La política es una cuestión de hechos y valores, de interés personal y de lealtad a los demás, de preocupación y competencia. Si es verdad que los hombres propendemos con mayor facilidad a ver lo que deseamos, también lo es que para sobrevivir no podemos prescindir de la verdad. La proclividad a la mentira, la familiaridad con ella, es, tal vez, el verdadero significado de aquello que se ha dado en llamar «pecado original». Una inexplicable inclinación, una proclividad connatural a mentir. Y sabemos que las peores mentiras son las medias verdades, las ases bajo la manga, las restricciones mentales, los silencios cómplices, la dudosa diplomacia, etc.

Es la preocupación fundamental por la verdad, por el conocimiento que puede ser verificado, y por las políticas que funcionen, lo que convierte a la política en una ciencia; y a quienes la practiquen, en politólogos. Lo demás son apuestas, como en el hipódromo, charlas cafeteras, conjeturas y chismes. Sin la preocupación por la verdad, la política seguirá siendo un choque de opiniones, presiones, poder, dinero, propaganda, mera fuerza. Astucia, lucha innoble. Cuando hay preocupación por la verdad, la política puede convertirse en una búsqueda de soluciones y nuevos descubrimientos de acción fecunda, de nuevas formas de trabajo y decisiones conjuntas en orden a cuidar nuestro propio destino. Sin esta actitud, – que los filósofos griegos llamaban frónesis, (prudencia, actitud positiva, aún en las diferencias.  Pablo basa en la frónesis la vida cristiana), sin ella, pues, restan solo en encono, el resentimiento y la obcecación. Y ya sabemos quién es el perdedor.

Ya Heráclito se preocupaba del problema del conocimiento. Parece haber sostenido que la ‘calidad personal’ de la autoridad que sostiene una teoría resulta decisiva. Solo los dioses, seguidos solo por las mejores personas, ‘la élite’, pueden alcanzar algo así como el saber genuino o sabiduría, mientras que la mayoría de las personas, no solo actúan, sino que además piensan «como si estuvieran dormidas». Pero cuando los tiempos andan tal mal, pareciera que gobernantes y gobernados andamos ‘como si estuviéramos dormidos’. ¡Qué diantre de Heráclito!

Pero, aparte del conocimiento, existe otro factor importante en la política: el interés. A la mayoría nos interesa más la recompensa que el sacrificio. Todo queremos ir al cielo, pero nadie queremos morir. Una de las verdades fundamentales de la política es que gran parte de ella ocurre en la búsqueda de los intereses de individuos o grupos particulares. En el análisis histórico de la política, el tema del interés ha ocupado un lugar muy importante. Desde el s. XVI, esta palabra se incorporó al lenguaje común; te preso dinero o un servicio, pero, ¿cuánto llevo en el asunto? ¿Qué gano yo? Tal es el interés. Es interesante su etimología. Del latín, ‘inter-esse, la base es el verbo essere, ‘interessere  bello’, estar en medio de la guerra; estar en medio, estar entre, a la manera como el grano está en la vaina. Esto quiere decir que, entre un conjunto de cosas no deseables, existe algo que me inter-esa. Preguntar, ¿cuál es mi interés? es una forma de inquirir ¿en qué me beneficio yo? Hasta un cierto punto, esto es legítimo; pero cuando lo que prevalece es mi interés por sobre todo y sobre todos, las cosas cambian radicalmente. Y en la política, que de ello venimos hablando, tal actitud es la corrupción total. Es la vergüenza.

Así llego a mi credo político: “Si se destruye la civilización y se da muerte la mayor parte de la humanidad, dentro de los próximos 20 ó 30 años, ello no ocurrirá por las plagas o la peste: nos matará la política. La política se nos ha convertido literalmente en una cuestión de vida o muerte”. (Karl Wolfgang Deutsch, científico social y político de Praga. 1912-1992).

Lo hasta aquí dicho, ¿son palabras insustanciales, vacías de un contenido que no nos ‘interesa’? De sobra sabemos que nuestras ciudades son redes políticas, dice el autor citado. El agua que bebemos – y más la que desperdiciamos -, el aire que respiramos, la seguridad en nuestras calles, la dignidad de nuestros pobres, la salud de nuestros ancianos, la educación y futuro de nuestros jóvenes, la sobrevivencia de Matachí, están ligados a las decisiones que se toman en el palacio municipal o en la capital del estado.  Veamos algunos datos que ilustren la tesis.

Siempre que vea usted un artículo de John Carlin, inglés, no se lo pierda. Veamos cómo valora a May y Trump: “Tan antiguas las democracias, tan admirable el progreso científico, tan dominante su lengua, pero hoy Reino Unido y Estados Unidos están haciendo el ridículo frente al mundo. Para Donald Trump ya no quedan adjetivos; la absurda realidad supera toda posibilidad de parodia. El espectáculo político que presentan los británicos no será tan grotesco, pero es casi igual de confuso. Los anglosajones han dejado de ser, si alguna vez lo fueron, un ejemplo democrático para el mundo”. Así que no nos sintamos tan mal.

Todavía quedan adjetivos para Trump: mentiros y difamador, así se calificó a Trump. “Fue la hora de la verdad. El exdirector del FBI James Comey se enfrentó este jueves a sus propios actos. Ante el Comité de Inteligencia del Senado, en una sesión que sacudió a EEUU, el hombre del que dependió la investigación de la trama rusa sacó a la luz las entrañas del poder y mostró la peor cara de Donald Trump. Le acusó de mentir y difamar, de intentar “darle directrices” para desviar la investigación sobre el teniente general Michael Flynn e incluso de despedirle por el caso ruso. Toda una carga de profundidad que insufla nueva vida a una posible acusación de obstrucción”. Pero, en política, los hechos no existen. Hay percepciones alternativas: “He salido fortalecido”, dijo este viernes Mr. Trump.

Respecto a los candidatos inglese, ambos están anclados en el pasado: Corbyn en el de los sueños revolucionarios cubanos, sandinistas, chavistas; May en una imaginaria época dorada imperial en la que las clases sociales sabían cuál era su lugar en el mundo, los ricos comían sándwiches de pepino, los pobres, pasteles de carne y riñón y los europeos no habían contaminado la vieja Albión con sus “Spanish tapas”, vinos de Rioja, panettone, prosecco y demás nocivas influencias culturales.

Lo que dice Carlin de las elecciones inglesas, lo podemos decir de las nuestras. “La banalidad de la campaña electoral británica es fruto de las deficiencias de May y Corbyn, pero, para ser mínimamente justos con ellos, la decisión de sus compatriotas ingleses de salir de la Unión Europea ha puesto a ambos en una situación imposible. Repiten los mantras electorales habituales, intentan proyectar optimismo, pero los dos saben —May con más claridad, porque posee más información— que hay poco que hacer: el futuro de Reino Unido fuera de Europa es pobre, irrelevante y oscuro”. Política.

Antes de las elecciones inglesas: “El aventurerismo cortoplacista de la primera ministra británica, Theresa May, ha terminado su recorrido en las urnas en la primera ocasión en que la mandataria sometía su candidatura al escrutinio público. Si May adelantó, como aseguró repetidamente, las elecciones celebradas ayer para obtener un respaldo electoral claro de cara a la crucial negociación para Reino Unido sobre su salida de la UE, el resultado obtenido ha sido diametralmente opuesto. Si lo hizo, como todo parece indicar, para solucionar sus problemas de autoridad y legitimidad en el Partido Conservador, puede hablarse sin rodeos de un fracaso absoluto”, dice Carlin.

Después de las elecciones inglesas: “En la política, como en la vida, la tristeza o la felicidad dependen de las expectativas. El partido laborista británico perdió las elecciones generales de 2015 y su líder, hundido, dimitió. El partido laborista británico acaba de perder las elecciones generales de 2017, pero su líder, exultante, se siente más fuerte que nunca. Mientras, la líder del partido ganador, la conservadora Theresa May, se tambalea. Muchos especulan que ahora es ella la que se verá obligada a dimitir”. May o del Mazo han obtenido una victoria pírrica; otra de esas y se quedan sin ejército.

¿Qué ha pasado en México? Los ingleses, el jueves a las 8 pm ya sabían quién era el ganador sin necesidad de marchas ni tribunales. Los franceses, igual, el domingo de la elección, a las 8 pm ya sabían quién era el nuevo presidente. Una semana después tomaba posesión del cargo. Entre nosotros, cinco o seis meses después, el nuevo mandatario toma posesión. En el interim, su puede hacer todo lo que se quiera. Hasta contratar deuda. O refinanciarla. Barrer, limpiar, borrar, etc. Esto demuestra el atraso de nuestro sistema político. La pura vergüenza.

Arabia Saudí, no sé por qué, ha declarado la guerra a Qatar, pequeña península con dos millones de habitantes. Lo interesante es que, en su gira triunfal, Trump vendió a Arabia Saudí 100, mil millones de dólares en armamento. Todo ello es “política”. ¿Coinciden verdad y política? Y, si Trump ha decidido salirse del tratado de París que busca detener el deterioro ambiental, ¿qué es la política? Los hechos no existen, se trata de política.

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