Nos cerca y visita en la partida de los que amamos. No es solo simple anhelo de supervivencia  que solo sería una vida muerta. Así era el “más allá” de los griegos y romanos, los paganos. Sospechaban una vida continuada, más lúcidos que nuestros ateos, pero a la manera de una pálida réplica, entre los asfódelos del hades o las sombras del sheol. De ahí la melancolía que dominaba al mundo antiguo y el frenesí de placer que no es sino el reverso de la desesperación.  “Y la carne que tienta con sus frescos racimos/ y la muerte que aguarda con sus fúnebres ramos”.

Morimos solos. La vida dice siempre comunión o comunidad, aun en el seno de la madre, – y, ¿dónde se estará en comunidad más íntima? -, hasta el punto que un yo humano aislado, solitario, no puede ni nacer ni subsistir, ni ser, en absoluto, pensado; la muerte, en cambio, logra suspender, por un momento intemporal, esta ley de comunidad, de la comunión de los seres. Y cuando quien muere es el padre o la madre, cuando el que cruza el umbral sin retorno es aquel o aquella con quien nuestra vida ha estado, y en cierta forma se ha hecho, la sensación de soledad y ruptura alcanza su tensión más alta. De momento, el golpe desimanta y la brújula que guía enloquece. Los recuerdos se agolpan y confunden.

El tramo final, antes de la meta última, se hace en solitario. Los vivientes o dolientes pueden acompañar al moribundo hasta el umbral postrero, y él puede sentirse acompañado por ellos, sobre todo si es en la comunión de los santos, – dogma dolorosamente ignorado por los cristianos -, la que lo acompaña por la fe en Cristo que también cruzó en el más completo abandono y soledad esa meta. Esa soledad hace que la muerte sea realmente «el pago del pecado» (Rom.5,12), es lo que le da el carácter terrible de amargura, de hecho, incontestable y brutal que cancela todo. «Por el hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte» (Rom.5). “La muerte es la enfermedad mortal que los humanos contraemos al nacer”, (S. Agustín). Resulta ocioso especular cómo hubieran sido las cosas en caso contrario, cómo hubieran sido de no haber existido el pecado, ruptura y rebeldía original.

Cuando la muerte pega tan cerca algo de nosotros también muere. Fisiológicamente somos un proceso ininterrumpido de descomposición. Pero también en el espíritu sucede este ir muriendo, poco a poco, en la medida en que las experiencias humanas más profundas se revelan inestables. Sí; el espíritu se sacude, tiembla, se estremece, pues la inconsistencia parece la regla. Nada perdura, ni los amores más puros y bellos, ni el abrazo ni el beso de los amantes que se pensaron eternos. Entonces, ¿por qué existe en el alma la chispa del deseo de lo eterno, y se presiente y no nos resignamos a la desaparición? ¿Qué misterio es éste? Mientras llega la propia, la muerte de los que hemos amado, de aquellos con quienes nos hicimos tan íntimamente, se traduce en lección y advertencia*. Los versos de Becker son perturbadores:

¿Vuelve el polvo al polvo? ¿Vuelve el alma al cielo?

¿Todo es vil mentira, podredumbre y cieno?

¡No sé! Pero hay algo que explicar no puedo

Que al par nos infunde repugnancia y duelo,

Al dejar tan tristes, tan solos los muertos.

 

La Revelación cristiana no es una explicación entre otras explicaciones que el hombre ha podido dar al enigma en existencia. Tampoco es la proyección de nuestras aspiraciones en un cielo fantástico que nos devolvería solo nuestra imagen agrandada. Todo lo contrario, nos revela a nosotros mismos lo que no sabíamos que éramos. Nos introduce en una dimensión nueva de la existencia.

Así ocurre de un modo muy especial en la resurrección. No se trata de una cierta concepción de la supervivencia en que se expresaría la aspiración de los hombres a la inmortalidad. Tampoco se refiere a lo que llamamos la vida ni a lo que llamamos la muerte.  Lo que hace es revelarnos qué es la verdadera muerte y qué es la verdadera vida.  Porque Pascal tenía razón al decir: «Fuera de Jesucristo no sabemos qué es la muerte, ni qué es la vida, ni qué es Dios, ni qué somos nosotros mismos».

No muero, entro en la vida.

  1. Claudel consagra una página inolvidable comentando la muerte de Teresita de Lisieux, la pequeña Santa carmelita. «No muero, entro en la vida», decía la religiosa al acercarse el final. ¿Qué se necesita para contemplar la muerte con esa serenidad confiada? Teniendo el crucifijo en sus manos, mientras lo contemplaba, exclamó: «Mon Dieu…je vous aime!… ». Las hermanas se arrodillaron en torno al lecho y fueron testigos del éxtasis de la pequeña Santa muriente. Su rostro, destrozado por la enfermedad, recuperó de pronto el color de las flores que lucía cuando gozaba de salud plena, sus ojos estaban fijos en lo alto y brillantes de paz y de alegría. El éxtasis duró más o menos por el espacio de un Credo, y dio el último suspiro.  Así narra una testigo los últimos momentos de la religiosa.  A sus 27 años había completado su ciclo. Una hermana tomó una fotografía apenas levantado el cuerpo y el rostro expresa una belleza inédita y una paz incomprensible. Había entrado en la vida.

 

Sensible, Claudel escribe: “Creyentes o no, nadie puede esquivar la pregunta: ¿Por qué el mal? Si hubiera de resumir aquello que mide lo mejor de mi vida y de mi fe, yo respondería a esta cuestión preguntándome: “¿qué has hecho de la muerte? y ¿qué has hecho del amor?”. Y si ahora tuviera que confesar quién, después de los evangelios, me ha ayudado a continuar el viaje hasta el fin de estas interrogantes, sin duda respondería: Teresa de Lisieux.

Bajo los castaños marrones del Carmelo de Lisieux, una pequeña mujer se plantea la misma interrogación que Dostoievski, Pascal, Lutero, San Agustín, San Pablo, San Juan. Igual que estos gigantes de la historia, gracias a su fe, hizo estallar la cuestión que atraviesa toda nuestra historia como un grito del que no podemos liberarnos.

Pronto descubre ella que «la verdadera vida comienza más allá de la desesperanza». Ahora, a cada uno de nosotros, ella nos dice, no solo: «¿qué dices tú del mal?» sino «¿qué dices tú de la muerte?» «¿qué dices tú del amor?».

Esto es lo que me fascina de ella: No me da un catecismo sobre Dios,   me habla de mi vida y de Dios ‘al mismo tiempo’. Ella ha conocido la búsqueda desesperada de un sentido de la vida, ella sabe que no existen respuestas hechas pero tampoco rechaza los retos.

Ella nos recuerda ahora en el momento de los desarrollos tecnológicos  más impresionantes, que, ante la muerte, estamos todavía en un estadio de aprendices, ante la muerte seguimos en pañales.  Sí, todos tenemos que vencer el miedo: al porvenir, al pasado, a los otros, a sufrir, a todas las limitaciones, finalmente el miedo a nosotros mismos.  Teresa entonces se convierte en una igual a los más grandes revolucionarios: Sí, todos tenemos en nosotros una fuerza infinita, una fuerza explosiva, loca, que permitirá a todos los hombres trascenderse. Aquél que dice:  entre más Dios, más límites y más miedo, Teresa le responde: la única oportunidad es que Dios me ama hasta la locura; vengan, todos estamos llamados; para beneficiar esta fuerza, victoriosa de todo miedo, basta solo una cosa: hacer una opción; cierto, hay que pagar un precio, terrible y cercano: “renunciar a nosotros mismos cotidianamente a causa de Cristo”.  «El que quiera salvar su vida la perderá, pero el que la pierda por mí, ese la ganará». Los genios del cristianismo así lo han entendido.

Vencer el miedo, por ésta «pequeña vía» de la confianza absoluta, incondicional, hasta la locura: «vengan, no tengan miedo, soy yo», tal es la única posibilidad. Teresa sabe que ahí está la victoria. Pero sabe también que puede no resolverse la cuestión si no se entiende el problema.

«¿Qué has hecho de la muerte?»  «¿Qué has hecho del amor?».

Cristo fue hasta el final; ‘nadie tiene amor más grande a sus amigos que el que da la vida por ellos’. Teresa también fue hasta el fin para invitarnos a esa confianza, a esa rendición incondicional”.

¿Cómo entender la muerte si no entendemos el amor?

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