La tuitorrea.

La nueva forma comunicacional diseñada por los humanos, que ha trastocado no solo la forma gramatical sino la forma cognitiva del ser humano, es el tuit. Comienzo a escribir el jueves temprano, a unos minutos de los últimos tuits de Trump en los que afirma categóricamente la construcción del mentado muro que México, de una u otra forma, habrá de pagar. Basta un tuit y la entrevista de los presidentes para hablar como personas, no mediante el tuit, de asuntos que nos incumben, se va al caño. Creo que esa actitud es el verdadero e infranqueable muro.

No es, pues, un neologismo sino una herramienta nueva y equívoca que, en realidad, suple la comunicación que les es propia a los seres humanos. Pero, tal vez no nos damos cuenta que, al mismo tiempo, estamos reduciendo la amplitud del pensamiento en la comunicación; millones leen un tuit, muy pocos un ensayo sobre la real situación. Los lingüistas, muy a su pesar, hablan de «nuevalengua».

Trump ha adoptado plenamente, y con un éxito desmesurado, esta forma de comunicación; en realidad, ha inaugurado una nueva era en la comunicación aplicándola al de por sí fementido ámbito de la política. Se está operando, después de todo, como operó el doctor Goebbels en su momento: repite 20 mil veces una mentira y se convertirá en verdad. Y el tuiter lo hace en segundos. Trump y otros políticos instintivos han sabido utilizar exitosamente esta nueva herramienta. ¿Qué hubiera sucedido si EPN., en vez de responder a Trump, tan formal, desde el escenario tradicional republicano, le hubiese contestado con un simple tuit: ‘vamos a pagar pura….’? Es una forma más efectiva, contundente y barata. Hoy, los nuevos comunicadores, que no lingüistas, hablan de postverdad, verdad alternativa, hechos alternativos, postfactual, (postfaktisch en alemán), para referirse a lo que conocíamos como mentira, patrañas o medias-verdades, verdades a medias y medias mentiras, los hechos no existen. [Acabo de enterarme por el tuit del Presidente mexicano que cancela el encuentro con Trump. Bien].

V. Lapuente G., ha escrito sobre esta forma de comunicación usada por los populistas con éxito increíble. Recuerde usted aquello de, “Ya cállate, chachalaca” o “la mafia del poder”, por ejemplo. Y han tenido éxito. Trump y otros políticos instintivos conocen mejor que sus sesudos contrincantes cómo funciona el cerebro humano. Es la tesis del lingüista George Lakoff. Sus mensajes son breves y sencillos. Hay estrategias para salirse de esa trampa.

La primera es dibujar el marco del debate. No caer en el encuadre del adversario, como cuando atacamos con datos objetivos propuestas alocadas de cerrar las fronteras o construir muros. Al atacar, nos sometemos a su marco de discusión. Si no queremos algo, no lo discutamos. Que México pague el muro ni siquiera debería ser tema de discusión. Si te digo: “No pienses en un elefante”, lo que haces es pensar en… un elefante. Hablemos entonces de burros o mariposas. De lo que nos interese. ¿Cómo?

Ahí viene la segunda recomendación: plantea los asuntos con valores, no con hechos. Por ejemplo, en lugar de defender una ley o regulación que los populistas quieren eliminar, apela a la necesidad de proteger a los ciudadanos frente a las eventualidades. (Lo que hizo Trump con las empresas del automóvil). No digas que quieres mantener un determinado statu quo legal o constitucional. Di que quieres proteger a los ciudadanos. (El País).

Kellyanne Conway, la que ha sido su jefa de campaña y consejera del presidente en la Casa Blanca, ha acuñado el concepto de “hechos alternativos”, que consiste básicamente en negar las evidencias empíricas, los hechos, como ha ocurrido con la polémica sobre el número de personas que asistieron a la toma de posesión. Cuando le presentaron la evidencia fotográfica de la asistencia a la toma de posesión, según la cual, Obama reunió más gente que Trump, esta señora dijo que se trataba de hechos alternativos. Exactamente, ¿qué quiso decir? O mejor, ¿qué significa ‘hechos alternativos’? Nada que no sea ocultar la verdad.

La prioridad de todo dictador es apoderarse del ejército, de los bancos y de los medios; (que los medios se callen la boca, ha dicho un asesor de Trump), pero puede llegarse aún más allá, apoderarse del pensamiento de sus súbditos. Es extremadamente revelador que la obra genial y profética de George Wells, “1984”, escrita en 1947, se encuentre hoy mismo entre los libros más buscados y leídos. El autor crea el personaje tenebroso del big brother, el gran hermano que vigila todo, hasta las consciencias y el pensamiento de sus súbditos. Crea el Ministerio de la Verdad para que sea el estado quien diga qué es verdad y qué no. Se trata de un dominio total y terrible. Todas las libertades quedan suprimidas; ni siquiera se puede pensar lo que el estado no quiere. Alex Woloch, profesor de literatura en la Universidad de Stanford, escribe a propósito: “(En EE.UU.), No se ha suprimido la libertad de expresión, ni se ha impuesto la censura ni tampoco un sistema de vigilancia masiva, ni se llevan a cabo ejecuciones por motivos políticos, no es eso”, prosigue. “Pero el nacionalismo de Trump, su retórica autoritaria y, por encima de todo, su agresiva ignorancia de la verdad ha hecho saltar todas las alarmas, sobre todo su deslegitimación de sus enemigos. Todo eso nos lleva a Orwell y a la forma en que insistía en que las mentiras son mentiras y en que los hechos importan”. Son conceptos que resultan bastantes inquietantes en la actualidad.

Orwell también describe lo que llama los “dos minutos de odio”, que tienen profundos ecos en los venenosos discursos o tuits dirigidos a cualquiera que piense diferente o que sea diferente del presidente. Esos “dos minutos de odio” consisten en ofrecer a todos los ciudadanos la imagen del archienemigo del Estado, que en ‘1984’ era Goldstein, que defendía conceptos aberrantes como “la libertad de expresión, la libertad de prensa, el derecho de reunión y el derecho de opinión”. (Guillermo Altares. El País).

En la era de internet, no hay nada que viaje más deprisa que un tópico lanzado en el momento oportuno. Hoy, ningún discurso está completo si no incluye una referencia a que vivimos en la época de la posverdad. Como si, hasta ayer, hubieran fluido sin cesar de los labios de políticos y periodistas las aguas puras de la verdad. Para no hablar de Joseph Goebbels, Josef Stalin y las grandes mentiras totalitarias diseccionadas por Alexander Solzhenitsyn, (Archipiélago Gulag), y George Orwell, (1984), ha escrito Timothy Garton Ash.

Por último, México tiene mucho qué hacer al interior. Ante esta nueva forma de comunicación lo primero que hay que hacer es abandonar la retórica decimonónica, rancia y caduca, con conceptos gastados de dignidades y soberanías. Un país con las balanzas comerciales completamente desequilibradas, con un 60% de su población en niveles de pobreza, con los salarios más bajos según la OCDE, reprobado por PISA, con niveles de corrupción fantásticos, crimen e impunidad, resulta difícil hablar de soberanías y dignidades.

Hay que comprender que estamos en un mundo nuevo, tal vez en ‘1984’, donde la comunicación tiene que ser de otro modo.

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