Uno de los recuerdos no gratos de mi niñez fueron las lavativas. Era la panacea universal que curaba muchos males. Apenas enfermábamos de alguna fiebre o de algún mal de estómago, mi madre llamaba a mi abuela por teléfono para solicitar un consejo, y el remedio era casi siempre el mismo: un enema, y si era con un huevo crudo, mejor. Era ya un tormento psicológico ver, mientras uno se bajaba los pantalones, cómo mamá preparaba aquella bolsa de hule con esa cánula amenazadora, lista para ser conectada al cuerpo por las partes más recónditas y respetables, y después ver cómo aplastaba el contenedor con los dedos mientras gritaba “no te muevas”. Entonces entraban violentamente torrentes de agua a los pobres intestinos en sentido contrario, casi medio litro por segundo, arrasándolo todo. Al sentirnos ahogados por dentro, corríamos al baño tratando de contener las aguas caudalosas que reclamaban su salida.

Son anécdotas de mi niñez que hoy recuerdo con una sonrisa, pero que en su momento fueron un verdadero suplicio. Hoy, gracias a Dios, es prácticamente imposible llegar al baño de una casa y ver colgada la bolsa de plástico con la cánula, lo que hace apenas unas décadas era la curación para muchos males. Pero antes no fue así. En tiempos de mis abuelos y más atrás, dejar de ir al baño un solo día era considerado gravemente anormal, por lo que las lavativas estaban a la orden del día. Se utilizaban enemas con manzanilla, con leche, miel, caldo de res y vino blanco, azafrán, clavo y canela; o bien, las naturales de agua con sal.

Uno de los culpables de mis sufrimientos en la infancia provocados por los enemas, fue el doctor John Kellog, quien junto con su hermano, en 1898 fue el creador de los cereales que desayuné durante muchos años antes de ir a la escuela. Sí, ese doctor era gran aficionado a los enjuagues intestinales porque creía que el colon era fuente permanente de intoxicación de la sangre. Por eso hizo esta práctica muy popular y fue el inventor del aparato que me dio tanto terror cuando era niño. Dicen que el artefacto que se inventó, lograba que 50 litros de agua entraran en el cuerpo en pocos segundos. Es increíble que la gente sobreviviera a ese salvajismo. Curioso, el señor Kellog nos motivaba a consumir cereales por la mañana y con sus inventos de los lavados de intestino nos hacía expulsarlos a veces por la noche.

Según José Alberto Palma, la época dorada de las lavativas fue el siglo XVII en Francia, donde se desató una verdadera fiebre y gusto por ellas. Fue el siglo de los enemas, en todas las clases sociales. Se cuenta que Luis XIV, conocido como el Rey Sol, era tan aficionado a la cánula que se la colocaban incluso cuando despachaba los asuntos en la corte. Del rey hicieron burla Moliere y Cervantes, pero al rey poco le importaban las mofas. Estaba orgulloso del trato que daba a su trasero y a ello atribuía su salud y larga vida. Fueron 72 años de reinado, uno de los más largos de la historia.

Hoy las lavativas se siguen empleando para limpiar el colon de parásitos, desinflamarlo y remediar el estreñimiento severo. Sin embargo no se deben aplicar sin el consejo de los médicos, ya que puede haber efectos secundarios o contraindicaciones. Lo mejor es ir creando en nuestras familias una cultura de la prevención de enfermedades del colon, primeramente tomando suficiente agua para estar bien hidratados. La ingesta de fibra con alimentos como frutas frescas, hortalizas y legumbres, así como los cereales integrales, también previene las enfermedades del intestino. Y, por supuesto, educar a los hijos a que tengan buenos hábitos evacuatorios, enseñándoles que cuando las tripas llaman, hay que atender con prontitud: no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy. Procuremos evacuar siempre a la misma hora y realizar algún ejercicio físico.

Si nuestras madres y abuelas, hace cuarenta años, hubieran tenido la cultura de la nutrición que hoy está emergiendo, muchos no habríamos conocido el tormento de la cánula, y nunca habríamos salido corriendo despavoridos cuando escuchábamos “pónganle una lavativa al niño”.

Ver en el Blog del Padre Hayen