Hui de la ciudad unos días con rumbo a mi pueblo natal, Matachí, con el ánimo de sentir la naturaleza, ver la belleza verde en que la transforma la lluvia abundante de la temporada. La naturaleza siempre es bella y reconforta el ánimo. Los espacios inmensos, la sinfonía en verde, el cielo nítido, las montañas que montan la guarda geológica, testigos mudos, las nubes que se agolpan y se hacen densas para descargar a media tarde la tormenta. El silencio donde Dios se hace fuerte en el alma, todo, todo eso que la ciudad no tiene y por ello destruye al hombre, se encuentra en esos lugares donde parece que el tiempo se detiene. Ya he aludido a las palabras de Fromm según las cuales hemos perdido el binario sobre el que debemos caminar: el contacto con la naturaleza y los Mandamientos.

Cada mañana me situaba en las márgenes del río e hice amistad con las garzas, con su mansa blancura. Sin teléfono, sin oficina, sin citas, pude darme el lujo del silencio para la oración. Semana de santos: Mónica, Agustín, el asesinato del Bautista y santa Rosa de Lima. Una de esas mañanas, el himno de la hora sonaba raro:

Comienzan los relojes

a maquinar sus prisas;

y miramos el mundo.

Comienza un nuevo día.

Comienzan las preguntas,

La intensidad, la vida;

Se cruzan los horarios.

Qué red, qué algarabía.

Mas tú, Señor, ahora

eres calma infinita.

Todo el tiempo está en ti

Como en una gavilla.

Rezamos, te alabamos,

Porque existes, avisas;

Porque anoche en el aire

Tus astros se movían.

Y ahora toda la luz

se posa en nuestra orilla.

 

El jueves, temprano ya estaba yo en el lugar de la cita con las garzas; de pronto la niebla lo envolvió todo. El sol luchaba para disipar la niebla y dar color a las cosas; al fin lo logró; apareció el río y las garzas, blancas ellas, con su largo cuello, de pie en un islote del río. Pensé que la naturaleza lucha por sobrevivir a la codicia del hombre que no la piensa como su hábitat.

 

El jueves 30, día de Santa Rosa de Lima, hace ya 43 años, celebraba yo mi primera misa en mi pueblo. Al regreso del río, celebré la misa, como un eco más de aquella primera misa de hace 43 años, acompañado de los sobrevivientes: ya no estaban ni mi padre ni mis hermanos ni muchos de los amigos de entonces. Solo mi hermana Rosa, o Rosita como la conocen en el pueblo. ¡Cómo han pasado los años!, dice la canción. Y recordaba los versos de Lorca: “Por las calles de mi pueblo/ solo vagan los recuerdos”. Y el himno que la liturgia reserva a Santa Rosa, la primera santa de América me encantó:

Aplaudan a esta Rosa

las rosas de la tierra;

resuene su alabanza

del sol a las estrellas.

 

Una Rosa de gracia

en un rosal de penas;

por las culpas del mundo

hirió su carne tierna.

 

Roja Rosa del cielo,

virgen Rosa limeña:

un puñado de gozo

y un haz de penitencias.

 

Danos, Padre, el perfume

de esta Rosa pequeña;

que su rocío fecunde

estas tierras de América. Amén.

Ya en la noche, mi hermana, su hija y yo, platicamos hasta, bien pasada la media noche, de todos los recuerdos y todas las anécdotas, penas y alegrías, glorias y derrumbes de una vieja familia, porque somos más que nombres y apellidos, en cuanto que la vida es mucho más que trabajo material o ganancia económica, soporte jurídico o defensa física. Es más bien memoria acumulada y protectora que se fraguó en una familia, un padre, una madre, los hermanos, las abuelas los parientes. Los viejos amigos. Y recordé los versos de J.R. Jiménez: ¡“Qué bien le viene al corazón / su primer nido! / ¡Con qué alegre ilusión / se torna siempre volando a él; con qué descuido / se echa en su fresca ramazón, / rodeado de fe, de paz de olvido!”

Y la reflexión de la liturgia, ese día, dice: Cristo proclama puras todas las cosas de la creación. La creación es buena, o mejor, muy buena. Todo lo que existe fue creado por medio del Verbo, es decir, por medio de él, Jesucristo, Hijo del padre. Por eso, la creación lleva inscrita en sí misma su sentido. La creación se convierte en motivo para dar gloria a Dios creador, y encuentra su sentido cuando se hace don, de manera que nosotros los hombres tengamos algo que entregarnos. La creación quiere convertirse en parte del amor entre los hombres y con Dios. Pero para esto, hay que custodiar el mundo de modo que no sea poseído por nuestra pasión. El corazón humano encuentra su paz en la adhesión al Señor. Si se adhiere al Señor, es libre de las pasiones y todas las cosas le hablan de Dios. Lo que arruina la vida del hombre y de la creación es la pasión posesiva y el egoísmo de la autoafirmación.

Ese jueves, de pronto, el ruido inhumano de un helicóptero asustó a los lugareños y a las garzas; entonces me dijeron que venían a repartir a los niños de la escuela creo que uniformes. No lo sé a ciencia cierta. Sé que a los niños de la escuela parroquial les dieron cuatro cuadernos, dos lápices y un sacapuntas. Les dejaron una caja de uniformes ante el serio disgusto de la religiosa directora porque la caja traía las siglas del gobierno. También a los mayores, por el día del abuelo, les dieron: frijol 2, portolas 3, sopa instantánea 2, arroz 1. No lo supe, de lo contrario me acerco a ver qué me toca pues, aunque no soy abuelo, tengo edad para bisabuelo o más.

Sea lo que fuere, me quedé entre triste y decepcionado. Las familias de los niños y los niños de Matachi necesitan agua. La razón es esta: los habitantes de Matachí creyeron en las promesas sucesivas y en el progreso lineal y sostenible y ¡taparon sus norias!, seguras fuentes permanentes de agua limpia; entubaron el agua, hicieron un pozo, el pozo se trastornó y ahora el agua está racionada. En dos administraciones no se ha podido arreglar el desperfecto. Los papás de esos niños necesitan fuentes de trabajo para alentar el consumo. Se trata del municipio más pequeño y está a punto de desaparecer. 15 km., de carretera hacia el poniente abriría el pueblo a la gente que habita en lo alto de Sierra Madre, lo que redundaría en beneficio de todos, como se trazó, en su momento, la carretera Soto Maynes-Matachí con gran provecho para la región.. Entonces no habría necesidad de repartir lápices, cuadernos, sacapuntas y uniformes ni portolas. Y los niños irían a la escuela bañaditos y comiditos.

Nada impidió que en familia se sacrificara un suido, vulgo marranito, que fue totalmente aprovechado, chorizo incluido.

Con razón termina J. R. Jiménez:

¡Y con qué desazón

Vuelve a dejarlo, pobre y desvalido!

Parece que en un trueque de pasión,

El corazón se trae, roto, el nido,

Que se queda en el nido, roto el corazón.

 

Y los rayos estremecían la tierra y rodaba el fragor entre las nubes y las montañas. Eran las noches mejores de Nietzsche y de Beethoven.

 

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