Todo lo que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas (Mt 7,12)

Hace unas semanas un buen número de sacerdotes, junto con el obispo, acompañamos a un hermano sacerdote que sufrió vejaciones por parte de la policía, en su parroquia. Ese sacerdote agradeció públicamente nuestra visita, visiblemente emocionado y con lágrimas en los ojos.

“Traten a los demás como ustedes quieren que los hombres los traten a ustedes”, es la regla de oro que Dios nos ha dejado. Si aprendemos, poco a poco, a mirar a los demás como una prolongación de nosotros mismos, iremos alegrándonos en sus alegrías y conmoviéndonos en sus tristezas.

Dios nos puso esa regla de oro porque nos creó por amor y para el amor. De hecho Dios es amor. Él sabe que cada ser humano tiene una profunda necesidad de amar y sentirse amado. Si vivo con la atención de comportarme con los demás como quiero que ellos se comporten conmigo, pronto se abrirán en mi vida espacios de paz y de luz, y la vida se convertirá en una red de relaciones en armonía.

Haz la prueba en tu matrimonio, en tu familia, con tus amigos y vecinos, con quienes comparten contigo tu espacio de trabajo. Empieza a tratar a todos como tú quieres ser tratado por ellos. Te sorprenderás de ver cómo la paz y la alegría llenarán tu vida.

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