Don Juan era taxista en Ciudad Juárez. Había vivido del volante durante más de cuarenta años. A las siete de la noche iniciaba sus operaciones en el centro de la ciudad y siempre regresaba a su casa a las dos de la madrugada. Aquella tarde Martha, su esposa, lo despidió, como siempre, después de haber cenado, con un beso y una bendición. Pero Juan no regresó. Eran las cuatro de la mañana cuando su mujer se levantó preocupada. “Seguramente habrá tenido algún problema con el taxi”, pensó. El paso de las horas se fue convirtiendo en una angustiosa espera, hasta que dos días después recibió una llamada telefónica que le heló la sangre. Juan había sido encontrado muerto y decapitado.

Martha aún no se puede recuperar después del golpe que recibió. Sus ojos, cansados de llorar, reflejan tristeza. Sin embargo no es un dolor que la aplasta. Ella, como católica, se ha acercado más a la Iglesia donde encuentra consuelo, y piensa con frecuencia en aquel hombre llamado Jesús de Nazaret que murió otorgando el perdón a los que lo crucificaban: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Gracias a esas palabras hoy ella ha recobrado la serenidad y pide a Dios por la conversión de los asesinos de su esposo.

¿Habrá muerto Juan en amistad con Dios? Por un tiempo esa pregunta atormentaba el corazón de Marta. Y la misma pregunta está también en el corazón de aquellos que han visto a sus familiares morir repentinamente. “Me duele y me inquieta pensar –se lamentan muchos– que no se haya arrepentido, y que su alma se haya perdido para siempre”. Pero Marta tiene mucha esperanza. Aunque Juan no iba tan seguido a la iglesia, ella recuerda a san Dimas, el malhechor que, en el último minuto de su vida, miró las llagas de Jesús y lo amó infinitamente: “Acuérdate de mí, Señor, cuando estés en tu reino”. Y la respuesta del Señor la llena de esperanza: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Marta nunca ha trabajado. El taxi daba el ingreso suficiente para ella y para su esposo. Hoy que se quedó sin el ingreso de Juan, se ha ido a vivir a casa de Armando, el menor de sus hijos. Como la Virgen María, que al perder a Jesús empezó a vivir para los discípulos de su Hijo, hoy la única razón de la vida de Marta son sus hijos y nietos. “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, fueron las palabras del Crucificado que, como heredad, nos dejaba a María como Madre nuestra. Su Corazón inmaculado es refugio y consuelo para todos, especialmente para aquellos que, como Martha, se han sumergido en el mar del sufrimiento. La unión con la Virgen nos permite transfigurar el dolor en servicio amoroso.

El crimen de Juan el taxista es uno de los miles de asesinatos que oscurecen nuestro mundo. Los jóvenes inmersos en el infierno de las drogas, el mundo tenebroso del narcotráfico, la trata de mujeres y niños que son nuevas formas de esclavitud, la explotación a los migrantes, la pornografía, los abortos, adulterios y tantas formas que toma el pecado, hacen que las tinieblas recubran la faz de la tierra en pleno día. Terrible fue la oscuridad que envolvía el alma de Jesús en aquel Viernes Santo, y que lo empujaron a gritar: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Su clamor se prolonga misteriosamente hoy en tantas formas en que se pisotea la dignidad humana.

A raíz de la muerte de Juan, Martha se ha acercado mucho más Dios. En el Calvario ha podido contemplar más de cerca al Crucificado. Ahí, junto a la Cruz, puede escuchar dos palabras del Redentor: “Tengo sed”. ¿Sed de qué? A Marta le parece increíble que sea sed de su amor. ¿De ella, criatura insignificante y pecadora, tiene sed Dios? Estas palabras la asombran. Pero también la han llevado a comprender que hoy, tantas personas que sirven en la Iglesia, que viven en oración y que hacen el bien a tantos pobres, abandonados, tristes y cautivos, en realidad están calmando la sed de Jesús. Poco a poco ha comprendido que los retiros de evangelización, la Confesión, las horas santas, las Eucaristías, las devociones y las obras de misericordia son el esfuerzo de la Iglesia Esposa por llevar un refrigerio a Jesús, por aliviar su sed de almas.

“Todo está cumplido”, exclamó el Crucifijo. La obra de la redención, que el Padre le había encomendado, estaba concluida. Una sola gota de su Sangre bastó para salvar a la humanidad. Sin embargo la Pasión de Cristo hoy se sigue viviendo en sus miembros, en Juan el taxista, en Marta, en sus hijos, en ti, en mí y en tantos que lo crucifican o sufren en nuestro entorno. “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”, decimos como Él. A Él nos abandonamos pidiendo que nos proteja a la sombra de su cruz.  

(Artículo publicado el 13 de abril de 2014)

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