Una radiografía de la vida cristiana

El pasado 3 de junio Ignacio Echeverría patinaba con sus amigos en un parque de Londres cuando vio que un hombre atacaba con un cuchillo a una mujer. Se trataba de un terrorista del Estado Islámico. Inmediatamente Ignacio bajó de la bicicleta en que iba y golpeó al agresor con su patineta. Pronto llegaron dos terroristas que apuñalaron a Ignacio y lo dejaron tendido en el suelo. Al poco tiempo estaba muerto.

¿Quién era Ignacio Echeverría, cuyo asesinato conmocionó a españoles y británicos? Se trataba de un abogado que trabajaba, desde hacía un año, en HSBC en la capital británica. Sus amigos lo describen como una persona muy religiosa, un católico convencido, que nunca faltaba a misa los domingos. Lo recuerdan también como una persona sumamente recta que trabajaba en la prevención de delitos económicos y de lavado de dinero. Por su honestidad y rectitud de intención, muchas veces puso en riesgo su trabajo.

“Era todo bondad, sensible, generoso y siempre sonriente”. Así lo definieron sus amigos. “Tenía un alma pura, era como un lago azul, no conocía la maldad ni la mentira, ni el cinismo, ni la hipocresía, ni la falsedad”. Su párroco dijo que Ignacio pertenecía a la Acción Católica, que tenía un grupo de oración semanal y que era profundamente cristiano.

Ignacio Echeverría

Lo que hace que una persona sea buena, recta, sincera y caritativa hasta arriesgar su vida por ayudar a otra persona que está siendo atacada, es la presencia de Dios en su alma. Dios es real. Le participa su misma vida a las personas habitando en ellas. La vida espiritual es lo que transforma a los seres humanos. No es que nos convirtamos en dioses, sino que seguimos siendo criaturas. Dios nos participa realmente de su bondad, de su pureza, de la verdad, de la caridad.

Enseña Adolph Tanquerey que Dios obra dentro de nosotros por cuatro medios. Primero, lo hace por sí mismo. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitan en las personas cuando éstas fomentan el trato y la devoción a la Santísima Trinidad. Segundo, Dios obra en nosotros por medio de Jesucristo. Sabemos que Jesús tiene todos los méritos, Él es modelo y ejemplo para nuestras vidas. Tercero, Dios obra en nosotros por medio de la Virgen María, aunque de manera secundaria. Ella es la perfecta discípula de su Hijo Jesucristo, es modelo para nuestra vida y dispensadora de todas las gracias. Y, por último, Dios obra en nosotros a través de los santos y los ángeles, también de manera secundaria. Los santos y ángeles son imágenes vivas de Dios. Son nuestros intercesores y también nuestros modelos.

El testimonio de Ignacio Echeverría nos enseña que, ante todo, hemos de oponernos a que el mal cobre fuerza en nuestra vida. Seguramente este joven tuvo tentaciones y trampas que el diablo le tendió, pero supo afianzarse en la vida de la gracia a través de los sacramentos, y viviendo una vida recta y honesta.

El trabajo del laico en medio del mundo y su vida cotidiana son el escenario de su crecimiento en la vida cristiana. Abogados, banqueros, comerciantes, empleados y obreros, todos podemos ser honestos, y nuestras obras ofrecidas a Dios pueden ser meritorias para la vida eterna.

Como Ignacio Echeverría, también nosotros podemos recibir los sacramentos de manera fructuosa, especialmente la Eucaristía y la Confesión. Si los recibimos con las debidas disposiciones interiores, el Señor nos comunicará su gracia, que nos hará más semejantes a Él. Cultivando el trato frecuente con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo; consagrándonos a la Virgen Santa y teniendo devoción a los ángeles y a los santos, estaremos preparados para obras cada vez más heroicas que nos harán santos anónimos de la vida cotidiana, como lo fue aquel de dio su vida el 3 de junio pasado, por salvar la de una mujer en peligro en un parque de Londres.

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