Este pasaje que culmina, sin embargo, con el asesinato de
los Santos Inocentes, ha subyugado a los artistas, la curiosidad y la
imaginación de los hombres. Es fascinante, obra maestra de narrativa. Pero ¿quiénes
fueron los Reyes Magos y cuál es sentido, la intención del autor? Desde luego,
el relato hay que tomarlo en su conjunto. Mucho se ha estudiado, pensado e
imaginado en torno a estos misteriosos personajes. Pero la liturgia no es
arqueología, la liturgia interpreta el pasaje como la “manifestación” de la
salvación de Dios, en el Verbo hecho carne, para todos los pueblos, representados
en esos misteriosos personajes, cuyos nombres y número ignoramos. Es la fiesta
de la «epifanía». Sin embargo, hay que notar que el “mensaje” viene en un
ropaje literario; es literatura y como tal hay que analizarlo. La biblia es la
literatura sagrada de un pueblo. Tal vez el sentido último y la intención del
autor sean las mismas palabras de Isaías: «Caminarán los pueblos a tu luz y los
reyes al resplandor de tu aurora» (60,3), cumplidas plenamente en el Niño que
nace en Belén en quien reside la vida y esa vida es la luz de los hombres.
(ver. Jn.1,4).

1.En estos personajes confluyen las profecías y los salmos
que bien podemos sintetizarlos en las palabras de Isaías: «Te inundará una
multitud de camellos y dromedarios, procedentes de Madián y de Efá. Vendrán
todos los de Saba trayendo incienso y oro y proclamando las alabanzas del
Señor». (Is. 60,1.5). O el sal. 72,7-13, que es una súplica por el rey:, «Que
en sus días florezca la justicia/ y la paz hasta que falte la luna/; que domine
de mar a mar/, del Gran Río al confín de la tierra/. Que en su presencia se
inclinen sus rivales/, que sus enemigos muerdan el polvo/; que los reyes de
Tarsis y de las islas/ le paguen tributos/ que los reyes de Saba y de Arabia/
le ofrezcan sus dones/, que se postren ante él todos los reyes …” (Sal. 72,10).
El centro geográfico y religioso del oráculo es Jerusalén; de hecho, los Magos
llegan a Jerusalén. No deja de presentirse un trasfondo regio, mesiánico en
todos estos textos. Pero también está el hecho de que estos misteriosos
personajes sean llamados, sin más, “magos”, nunca se les llama reyes, tampoco
sabemos cuántos eran ni cómo se llamaban; y los magos se dedican a la magia;
además son guiados por una “estrella”, es decir, por la astrología.

2.Aquí cabe recordar la profecía de Balaán que extrañamente
no usa Mateo al construir su relato; Balaán era un vidente, servidor del rey de
Moab, o sea, no judío, posiblemente babilonio, la patria de la magia y la
astrología, al que se le pide que maldiga a Israel, pero en vez de maldición,
el vidente pronuncia esta profecía desconcertante: «lo veo, pero no es ahora,
lo contemplo, pero no será pronto: avanza una estrella de Jacob, y surge un
cetro de Israel» (Num. 24,17). Ve en un horizonte lejano, impredecible,
levantarse un reino y un rey en Israel. Esta profecía tiene un fuerte sentido
regio y mesiánico y tal fuera conocida fura de Israel. ¿No será, esta, la
expresión de la humanidad toda de el deseo de un reino de paz y de justicia tal
como lo expresa el salmo responsorial? Los Magos llegan buscando al “rey de los
judíos que acaba de nacer” porque han visto una estrella. ¿Cómo hemos de leer
estos datos bíblicos que, desde el punto de vista de la astronomía y la historia,
en sentido moderno, es punto menos que imposible comprobar? ¿Estamos frente a
una creación caprichosa y nada creíble? ¿O más bien, ante un relato densamente
simbólico para expresar una novedad radical anunciada en la Escritura, y que
ahora tiene cabal cumplimiento cuando nace un Niño, y por ello nace un nuevo eón,
llega la respuesta definitiva a los anhelos más profundos la humanidad, anhelos
de paz, de justicia, de belleza? Todo confluye en el rey que acaba de nacer. Ya
no serán las fuerzas de la naturaleza ni las estrellas ni la potencias oscuras
y anónimas de universo quienes guíen el destino del hombre. Las fuerzas cósmicas
y los sabios llegan y se inclinan ante el pesebre donde está el Niño.

3.En su libro “La infancia de Jesús”, de J. Ratzinger, B.
XVI reporta una cita muy significativa de Gregorio Nacianceno (329-390):  “Gregorio Nacianceno dice que, en el momento
mismo en que los Magos se postraron ante Jesús, la astrología había llegado a
su fin, porque desde aquel momento las estrellas se movían en la órbita
establecida por Cristo”. En el mundo antiguo los cuerpos celestes eran
considerados como poderes divinos que decidían el destino de los hombres. Los
planetas tienen nombres de divinidades. Según la opinión de entonces, dominaban
de alguna manera el mundo y el hombre debía tratar de avenirse con estos
poderes impersonales. La fe en el Dios único que muestra la Biblia ha realizado
muy pronto una desmitificación al llamar con gran sobriedad al sol y a la luna
– las grandes divinidades del mundo pagano – «lumbreras» que Dios puso en la bóveda
celeste. (cf. Gn. 1,16s). Y a las constelaciones las llama “sus ejércitos”.
“Conoce a todas las estrellas y las llama por su nombre”, dice un salmo.

4.Al entrar en el mundo pagano, la fe cristiana debía
abordar de nuevo la cuestión de las divinidades astrales. Por eso Pablo insiste
con vehemencia en sus cartas, sobre todo en Colosenses, en que Cristo
resucitado ha vencido todo principado y poder del aire y domina los ángeles y
todo el universo. También el relato de la estrella de los Magos está en esta
línea: no es la estrella la que determina el destino del Niño, sino el Niño
quien guía la estrella. Si se quiere puede hablarse de una especie de punto de
inflexión antropológico: el hombre asumido por Dios – como se muestra aquí en
su Hijo unigénito – es más grande que todos los poderes del mundo material y
vale más que el universo entero. «El él se esconden todos los tesoros del saber
y el conocer» (Ef.2,3. ver: 2,16-19).

Cuando el cristianismo irrumpe en el mundo mediterráneo, la
magia dominaba todo el espectro religioso. Estas religiones procedían de
Frigia, Siria, Egipto y Persia, las más importantes son las siguientes: a) el
culto a la “gran diosa madre” frigia, Cibeles, y su favorito, Attis. b) el
culto sirio de Adonis y Atargatis. c) el culto egipcio de Isis y Osiris. d) y
el culto irano-persa de Mitra. (Zoroastro o Zaratustra). La condena bíblica
sobre la brujería, sortilegios, astrologías y cosas de esas es absoluta;
abiertamente se condena ese intento porque la fe bíblica nos dice que la
suerte, el destino y la vida del hombre están solo en las manos de Dios, Padre
nuestro, y no sometidas a poderes astrales o demoniacos anónimos. Puede leerse el
estrujante oráculo de humillación contra Babilonia y sus magos y la desgracia
con la que es amenazada (Is. 47,1-15).

Con este telón de fondo podemos preguntarnos de nuevo cuál
fue la intención de Mateo cuando traza el relato de los Magos. Creo que, junto
a las profecías bíblicas sobre el rey mesiánico, ante quien habría de doblarse
toda rodilla, está también el mensaje de que con este Niño Dios da la respuesta
definitiva al problema del hombre, sobre el sentido de su vida y de su destino.
El anhelo de inmortalidad que ofrecían los misterios griegos, la magia, las
filosofías religiosas grecolatinas, y sobre todo Mitra, habían fracasado
estrepitosamente en dolorosas degeneraciones. Con este trasfondo emerge el
cristianismo con su mensaje que lleva a Pablo a exclamar: «Ya que habéis
resucitado con Cristo buscad los bienes del Cielo donde está Cristo, y no los
de la tierra».

Un teólogo del siglo VI escribió: “En este sentido el
Apóstol, consciente de toda la virtualidad de este misterio, dice: Jesucristo
es el mismo hoy que ayer, y para siempre, es decir, que se trata de un misterio
siempre nuevo, que ninguna comprensión humana puede hacer que envejezca.

Cristo, que es Dios, nace y se hace hombre, asumiendo un
cuerpo y un alma racional, él, por quien todo lo que existe ha salido de la
nada; en el Oriente una estrella brilla en pleno día y guía a los magos hasta
el lugar en que yace el Verbo encarnado; con ello se demuestra que el Verbo,
contenido en la ley y los profetas, supera místicamente el conocimiento
sensible y conduce a los gentiles a la luz de un conocimiento superior”.

El evangelio de Mateo, que es redactado en el ambiente
dominado por las tendencias mágicas orientales ya mencionadas, tal vez, y a su
manera, trate de decirnos precisamente eso: que el misterio del hombre, su
anhelo infinito de felicidad y plenitud, de inmortalidad, igual sus miedos y
temores, tiene su respuesta plena en el Niño que visitan los “Magos”
reconociéndolo como Rey y ofreciéndole regalos: oro, incienso y mirra. Pero,
sobre todo, su reconocimiento.

“Nos queda una idea decisiva, escribe B.XVI: los sabios de
Oriente son un inicio, representan a la humanidad cuando emprende el camino
hacia Cristo, inaugurando una precesión que recorre toda la historia. No
representa únicamente a las personas que han encontrado ya el camino que
conduce hasta Cristo. Representan el anhelo interior del espíritu humano, la
macha de las religiones y de la razón humana al encuentro con Cristo».

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