En el mismo tren viajaban unos célebres médicos franceses, entre ellos Alexis Carrell y en la cucheta de alado viajaba una paciente en fase terminal aquejada por la tuberculosos. Era una niña. Todos iban a Lourdes. Los médicos. a comprobar la mentira de las curaciones milagrosas y la niña con la certeza de que la Virgen la curaría. Carrell se acercó a la niña y le preguntó, luego de auscultarla brevemente, que a qué iba a Lourdes. La niña le dijo: a que me cure la Virgen. Volvió Carrell con sus colegas y les planteó el cuadro clínico de la niña y agregó: si esta niña se cura, me hago monje. Carrell era un buen ateo. En resumen, la niña se curó y Carrell no se pudo hacerse monje porque ya estaba casado, pero se convirtió en converso furioso, como suelen ser los conversos. El 11 de febrero, día de las apariciones de Lourdes, es el día Mundial del Enfermo.

La enfermedad que nos va empujando a la muerte constituye la experiencia más radical de nuestra debilidad, de nuestros ser creaturas. ¡Y qué difícil es integrarla a nuestra vida! Desde la hondura existencial del dolor y, sobre todo, del sentido del dolor, brota el grito más desgarrador: ¿por qué? ¿por qué a mí? La enfermedad nos humilla, o nos hace humildes; nos dice qué somos o quiénes somos en realidad. Toda la arrogancia, toda la autosuficiencia, todo el engreimiento que nos es propio, se desvanece. Solo quedan la duda y el miedo. Entonces se pueden pronunciar las más amargas protestas.

«Muera el día en que nací, …!

¿Por qué se dio a luz a un desgraciado

y vida al que la pasa en la amargura?

Al que ansía la muerte que no llega…

Al que se alegraría ante la tumba…

Al hombre que no encuentra el camino

porque Dios le ha cerrado la salida?»

(Job.3,20-23).

Y más adelante exclama:

… la piel se me rompe y supura.

Mis días corren más que una lanzadera

Y se consumen sin esperanza.

Recuerda que mi vida es un soplo

Y mis ojos no volverán a ver la dicha.

(7,5b-7).

 

El hombre puede dirigir tal pregunta a Dios con toda la conmoción de su corazón y con la mente llena de asombro y de inquietud; Dios espera la pregunta y la escucha como podemos ver en la Revelación. En el libro de Job la pregunta ha encontrado su expresión más viva. La pregunta es sobre el sentido, el porqué, el para qué del sufrimiento. No es verdad que todo sufrimiento sea consecuencia de la culpa y tenga carácter de castigo. Tal es la disputa trágica de Job con los “defensores de Dios”; Job puede reclamarle a Dios: “Muéstrame mi pecado”. Si soy inocente, entonces, ¿por qué me castigas? El libro de Job no es la última palabra de la Revelación sobre el tema. En cierto modo es un anuncio de la pasión de Cristo. Pero ya en sí mismo es un argumento suficiente para que la respuesta a la pregunta sobre el sentido del sufrimiento no esté unida sin reservas al orden moral basado sólo en la justicia. El misterio del sufrimiento del inocente se hará claro en la muerte del Inocente por antonomasia, en la muerte de Jesús.

 

Job tiene muchos antecedentes, como todos los personajes tipo de la literatura. En los salmos los encontramos; ahí está el hombre que «desde lo hondo» del dolor pregunta a Dios y clama pidiendo ayuda, confesando, como lo hace el salmo, la fe en Dios “que sana los corazones quebrantados y venda las heridas. Tiende la mano a los humildes y humilla hasta el polvo a los soberbios”.

 

El hombre de la biblia sabe que la materia prima de la oración es la vida, así como es, con sus alternancias de dicha y de dolor, de exaltaciones y de hundimientos; por ello su oración suena a regateo:

“yo pensaba muy seguro

«No vacilaré jamás».

Pero escondiste tu rostro

Y quedé desconcertado.

A ti, Señor llamé …

¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la tumba?

¿Te va a dar gracias el polvo,

o proclamar tu lealtad? (Sal.29).

 

Ora el hombre seguro en su confianza inicial; pero sobreviene la prueba y sucumbe desconcertado en su alma y surge la súplica agitada ante el peligro de muerte.

El dolor es una realidad insoslayable en la vida de los hombres, que solamente acaba con la muerte. El dolor es algo que no se puede explicar satisfactoriamente. Las palabras se tornan vacías, aéreas y desarraigadas cuando queremos que tengan un tono consolador: ¡qué pueden las palabras cuando duele la vida! Cuando gritamos nuestro dolor en la enfermedad, en las noches largas del sufrimiento, nos revestimos de Job. ¡Qué cerca debemos de estar de los que sufren, del enfermo, del que lucha su última batalla!  “Debemos rezar mucho por los enfermos y moribundos, decía agonizante Teresita de Jesús”.  Pero si el dolor y la enfermedad son asumidos y vividos en unión con el Crucificado alcanzan perspectivas nuevas. Para ellos están los «sacramentos de la curación», (que lo son todos). A propósito, san Agustín afirma: «Dios cura todas tus enfermedades. No temas, pues: todas tus enfermedades serán curadas … Tú sólo debes dejar que él te cure y no rechazar sus manos».

A pesar de que la enfermedad forme parte de la existencia humana, nunca conseguimos habituarnos a ella, no sólo porque a veces llegue a ser pesada y grave, sino esencialmente porque estamos hechos para la vida, para la vida completa, nos decía en cierta ocasión, B.XVI. Justamente nuestro “instinto interior” nos hace pensar en Dios como plenitud de vida, es más, como Vida eterna y perfecta. Pero la enfermedad parece negar nuestra aspiración más profunda, el anhelo de vivir y vivir en plenitud parece una ilusión que se desvanece cruelmente.

Cuando somos probados por el mal y nuestras oraciones parecen resultar vanas, surgen en nosotros la duda y, angustiados, nos preguntamos: ¿cuál es la voluntad de Dios?

Es precisamente a esta pregunta a la que encontramos respuesta en el Evangelio. Por ejemplo, en el pasaje de hoy leemos que “Jesús curó a muchos que estaban afectados por varias enfermedades y expulsó muchos demonios” (Mc 1,34); en otro pasaje de san Mateo se dice que “Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo” (Mt 4,23). Jesús no deja dudas: Dios – cuyo rostro él nos ha revelado – es el Dios de la vida, que nos libra de todo mal. Los signos de este poder suyo de amor son las curaciones que realiza: demuestra así que el Reino de Dios está cerca restituyendo a los hombres y las mujeres a su plena integridad de espíritu y de cuerpo.

Digo que estas curaciones son signos: guían hacia el mensaje de Cristo, nos guían hacia Dios y nos dan a entender que la verdadera y más profunda enfermedad del hombre es la ausencia de Dios, de la fuente de la verdad y del amor. Y sólo la reconciliación con Dios puede darnos la verdadera curación, la verdadera vida, porque una vida sin amor y sin verdad no sería verdadera vida. El Reino de Dios es precisamente la presencia de verdad y de amor, y así es curación en lo profundo de nuestro ser.

Esto me ha quedado más claro, si se puede, cuando, mientras redactaba el presente, vino a platicar conmigo una joven mujer afectada por una esclerosis múltiple que avanzaba rápidamente; joven mujer y madre, clavada a su silla de ruedas, sentada ante un futuro desolador. Me expresaba su deseo de acercarse más a Dios; después de todo, hay tramos en la vida que no cruzaremos sin la ayuda de la fe. Universitaria y exitosa, ahora impedida por la enfermedad, y en la flor de la vida. ¿Cómo enfrentar una situación así? ¿Cómo conciliar tamaña contradicción? Y tenía sobre mi escritorio la homilía que B.XVI pronunciada en la misa con los enfermos el día 15.09.08, en Lourdes. Y le dije: mira; déjame compartir contigo estas palabras del Papa a los enfermos en Lourdes. Y leí. “Sabemos que, por desgracia, el sufrimiento padecido rompe los equilibrios mejor asentados de una vida, socava los cimientos fuertes de la confianza, llegando incluso a veces a desesperar del sentido y el valor de la vida. Es un combate que el hombre no puede afrontar por sí solo, sin la ayuda de la gracia divina. Cuando la palabra no sabe ya encontrar vocablos adecuados, es necesaria una presencia amorosa; buscamos entonces no sólo la cercanía de los parientes o de aquellos a quienes nos unen lazos de amistad, sino también la proximidad de los más íntimos por el vínculo de la fe.  Y ¿quién más íntimo que Cristo y su Santísima Madre, la Inmaculada? Ellos son, más que nadie, capaces de entendernos y apreciar la dureza de la lucha contra el mal y el sufrimiento. Cristo, “no es incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo exactamente como nosotros”. (cf. Hb. 4,15). Quisiera decir humildemente a los que sufren y a los que luchan, y están tentados de dar la espalda a la vida: ¡Volveos a María! En la sonrisa de la Virgen está misteriosamente escondida la fuerza para continuar la lucha contra la enfermedad y a favor de la vida. También junto a Ella se encuentra la gracia de aceptar sin miedo ni amargura el dejar este mundo, a la hora que Dios quiera”.

Creo que muchas veces, no solo los muertos, sino los enfermos se quedan muy solos.

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