Maduro, la Kirchner, Lula, Putin y Trump, la dinastía Castro, Ortega, los gobernadores y presidentes suramericanos en prisión, o en vísperas de, y los mexicanos en huida, la severa crisis violentísima mexicana, la zona bolivariana y los pueblos empobrecidos del Continente, nos convencen de que estamos bajo cualquier régimen, menos bajo un régimen  democrático.

Honoré Gabriel Riquetti (1749-1791), Conde de Mirabeau, revolucionario francés, escritor, diplomático, francmasón, periodista y político e incansable amante, entre otras cosas; “orador del pueblo” y “la antorcha de Provenza”, como se le conocía, en su «Ensayo sobre el despotismo», encontramos estas líneas: “El despotismo es una manera de ser, horrenda y convulsiva. El deber, el interés y el honor ordenan resistir a las órdenes arbitrarias del monarca, y de arrancarle el poder con cuyo abuso puede destruir la libertad, si no existen recursos para salvarla (…). El rey es un asalariado, y el que paga tiene el derecho de despedir al que es pagado”. Difícilmente se puede definir mejor la falsedad actual de nuestra situación política. Estamos dentro de lo que el Conde llama ‘el despotismo’. O, ¿tiene, usted, lector, alguna injerencia en lo que se hace con su dinero? ¿Decide sobre aquello que quiere se haga con su dinero? ¿Sabe, usted, siquiera, que el dinero llamado público, es de usted? ¿Es consciente de que usted paga el descomunal gasto de los déspotas, sueldos, prebendas, etc., incluida la corrupción en todas sus formas? Sarmiento escribe este viernes: ‘Nadie sabe realmente cuánto cuesta la corrupción … ésta preocupa más a los mexicanos cada vez … es la segunda preocupación de los mexicanos”. ¿A cuánto asciende?

No respondo por el acápite de su columna, que atribuya a Tácito: «Entre más corrupto el estado, mayor número de leyes», pero es una gran verdad. Ahí tiene, ahora, la precipitada ley anticorrupción. Una ley que, a mi nada humilde juicio, no debe ni existir; simplemente porque el que roba es un delincuente que debe ser perseguido; y si se añade el agravante de abuso y perjurio, daño a las arcas públicas, o sea desfalco, robo, a usted, lector, pues ni qué hablar. ¿Necesitamos una ley anticorrupción para castigar al corrupto? ¿O, simplemente aplicar la ley que castiga al ladrón? Ya decía don JV., en México las leyes siempre se hacen contra algo o contra alguien, o sea de emergencia.  Alguien me deslizaba una frase de cierto escritor americano según la cual, los mexicanos somos un país de esclavos debido a la corrupción. Sin ella, el país no funciona. Mire usted, ya hasta aprendimos una nueva palabra, más castiza que la calle de Alcalá: ‘socavón’, antes hubiéramos dicho, hundimiento u hoyote, de donde, por cierto, emana un fuerte olor a podrido. Todo ello está acabando con el capital del Presidente.

Así, pues, añade el Conde, que visitó con frecuencia la cárcel: «Nos diferenciamos de las mansas reses llevadas al matadero, solo que nosotros escogemos, (democráticamente, eso sí), a nuestros verdugos». Más vitriólico y desengañado, Nietzsche se refería a la democracia como “la dictadura de la estupidez”. Pero debemos ejercer el sagrado deber de votar, aunque sea por nuestros verdugos.

La característica de los despotismos, (totalitarismo. Aremdt), es fabricar la verdad. Se ha de negar el “dato”, es decir, el hecho; tienden a despreciar la evidencia y “fabricar su verdad”. Han buscado siempre realizar el dominio total sobre los individuos, es decir, intentan dominarlos interiormente, en todos los aspectos de su vida. El ciudadano modelo de tales regímenes es “el perro de Pavlov’, el ejemplar humano reducido a las reacciones más elementales, eliminable o sustituible en cualquier momento por otros tipos de reacciones que se comportan de idéntica manera. Nada nuevo, lector, recuerde al ‘pan y circo’ de Juvenal. El proyecto de dominio total busca destruir todos los factores de “imprevisibilidad” que existen en el hombre y por lo tanto la capacidad de reacción, para hacer de ellos súbditos completamente dóciles.

En “Los orígenes del totalitarismo”, Arentd concluye: “En el principio, antes de convertirse en acontecimiento histórico, está la suprema capacidad del hombre; políticamente se identifica con la libertad humana. «Initiuim ut esse, creatus est homo», ‘Al principio, el hombre fue creado para que existiese, (S. Agustín). Este inicio está garantizado en todo nuevo nacimiento; es en verdad todo hombre”. Asienta, así, el principio fundamental de toda antropología: la dignidad intransferible del hombre. Nadie debe olvidarlo. (nb. Lo que Mirabeau llama despotismo, hoy es totalitarismo; afán de dominio de una persona y su camarilla). Todo ello niega la dignidad del hombre y ofende gravemente a Dios.

Nos encontramos a millones de años luz, pues, de la idea de democracia que plasmó Pericles en su obra fundamental, el Discurso fundacional de a la democracia: «La Oración Fúnebre».

  1. Antonio Hermosa Andújar, profesor de Filosofía en la U de Sevilla, comentando dicha ‘Oración, escribe: «Nuestras democracias dan señales de fatiga por doquier. Allá donde las observamos no vemos sino la dispar gradación en la que la eterna juventud encarnada en su ideal se arrastra en cuerpos envejecidos que, a veces, despiertan más vergüenza que ilusión. Si dirigimos nuestra mirada a exterior no tardamos en darnos cuenta que son principalmente las democracias las que amenazan de muerte al planeta a causa del alocado desarrollismo económico. Y en la escena internacional es básicamente una democracia la que no ceja de amenazar de muerte con su acción la vida de la paz, con consiguientes tentaciones suicidas que convulsionan a nivel interno tanto su propia existencia como las otras democracias aliadas: una democracia que, con su política imperial, suma su peligro al de otras amenazas multiplicando así el de las tantas que compiten en el mismo escenario por dictar cuanto antes su sentencia de muerte contra la vida misma del mundo.

Si, en cambio, la dirigimos al interior, entre los muchos problemas que saltan a la vista, se hallan, en las más desarrolladas, la incapacidad de encontrar solución a los problemas migratorios – el grado de integración de los extranjeros, la extensión de la ciudadanías, el racismo galopante -, a las nuevas formas de delincuencia, al creciente nacionalismo, o el ciudadano reducido a consumidor, etc., en las menos desarrolladas, la manifiesta impotencia    a la hora de disminuir las desigualdades,  mitigar la corrupción, poner coto al narcotráfico, etc. Y, en todas, en éstas y aquellas, constataremos la  proliferación multiforme de la violencia, la propagación del gusto por lo sórdido, el desinterés por la cosa pública, el casi ínfimo desarrollo por la solidaridad, el desarraigo personal como estilo de vida…..

En ninguna parte, pues, salvo en modo cada vez más limitado, encontramos la parte necesaria de concordia social, la educación cívica y sus valores de racionalidad, tolerancia, responsabilidad, diferencia aliada a la socialidad, la libertad como telos (fin) común del engranaje institucional, no vemos el sujeto convertido en ciudadano o el ciudadano en Hombre, cualidades todas ellas, presentes en la vida social ateniense, al menos en la radiografía dejada de ella por Pericles». Hoy ya no contamos con materia prima. Solo nos contamos con ‘el hombre enfermo de sí mismo’, (FN).

Tal vez usted no ha leído a Tucídides y su “Guerra del Peloponeso”; ahí se reporta la Oración Fúnebre de Pericles. Tampoco Trump. Pero sus avispados speechwriter le permitieron ridículamente, fusilarse en su discurso en Varsovia, el discurso de Gran Ateniense y abanderarse como líder de la civilización Occidental. Cosas veredes, mío Cid.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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