La historia de una chica transexual ha circulado en los medios pro-vida esta semana. Se trata de una adolescente de 17 años, cuyos padres fueron obligados por el gobierno de Ohio (EE. UU.) a renunciar a la custodia legal de su hija, luego de que ambos se opusieron a la decisión de la niña de cambiar de sexo para convertirse en varón. A la menor se le diagnosticó disforia de género con depresión y ansiedad. La niña fue llevada a vivir con sus abuelos, quienes dicen ser de mente abierta. Había que alejarla de sus padres conservadores intolerantes al capricho de su hija.

¿Se puede vivir fuera de la alianza con la naturaleza? No por mucho tiempo. Tarde o temprano el orden natural reclamará lo suyo o nos pasará una factura muy costosa. 

Es curioso que el hombre, tan preocupado hoy por consumir productos naturales y orgánicos, por cuidar la ecología y la salud del planeta, por reciclar y no contaminar, se desligue de la ley natural en la que fue creado y quiera vivir de la manera más antinatural, aceptando el divorcio, el adulterio, la pornografía, la homosexualidad y la contracepción; incluso el transexualismo que niega que exista la naturaleza humana.

La cultura se transforma rápidamente. Vivimos tiempos líquidos para los que no existen las verdades ni las mentiras; tiempos en los que se diluyen el bien y el mal. Todo se vale. Lo importante es la conciencia personal y la satisfacción de los propios deseos. Cobra mayor fuerza un mundo en el que no existen los arraigos, las raíces, la familia ni la naturaleza humana. Vivimos en un mundo de individualidades, pero no de alianzas.

La naturaleza humana nos dice que el hombre fue creado para vivir en relaciones de alianza con su naturaleza, con Dios y con los demás. 
A través de la Biblia, cuando Dios quiere establecer relaciones con su pueblo, hace una alianza, y no un contrato. En los contratos se intercambian los bienes, tienen caducidad y se pueden deshacer cuando una parte no está satisfecha. En cambio una alianza es un intercambio de personas: “Tú eres mi pueblo, y yo seré tu Dios”; “yo te acepto a ti como mi esposa”. En una alianza, el hombre se dona a sí mismo a otra persona, y viceversa, en una efusión de vida y amor. Las alianzas, y no los contratos, son las que llevan al hombre hacia su plenitud en un proyecto de vida.
Conocí hace años a Javier y Sofía, una pareja a quienes también asistí en su matrimonio. A ellos les nació un niño con una enfermedad congénita. Fue difícil, sobre todo al principio, cuando tuvieron que trasladarse a El Paso Texas por los tratamientos del bebé, siendo Javier ilegal en Estados Unidos. Tuvieron que recibir apoyo económico de sus familiares y amigos. Esta pareja me permitió ver lo que es la entrega del uno al otro en la alianza matrimonial en circunstancias difíciles. Hoy su niño ha salido adelante y viven más tranquilamente en Ciudad Juárez.

La relación de alianza es una relación de sacrificio centrada en el amor de Dios y en el amor a nuestros hermanos hechos a imagen y semejanza de Dios. 


El amor de alianza no es el amor egoísta y arrogante que promueve nuestra cultura colocando al individuo en el centro de todo, y donde la verdad se puede cambiar para que se acomode a nuestras creencias personales, situaciones y circunstancias.

Hace tiempo conocí a Adalberto, una persona con atracción homosexual que estaba cansado de su vida de relaciones con otros hombres. Las relaciones contrarias a la naturaleza desembocaban en una vida insatisfactoria y en la angustia. Sabía que con otro hombre nunca podría establecer una alianza de amor y de vida. Buscó los orígenes sobre su homosexualidad, fue descubriendo las raíces de su mal y decidió vivir en castidad. No se contentó con eso y quiso ir más allá. Adalberto acude hoy con un psicólogo y lucha por sanar su masculinidad. Su sueño es contraer matrimonio con alguna chica que lo quiera.
A todos Dios nos creó para vivir en alianza: matrimonios, sacerdotes y religiosos, y también a los solteros por su condición bautismal; alianzas de amor y vida que reflejan la imagen de Dios que es amor eterno de tres divinas personas. 
Nuestra alianza con el Señor es la más importante que podemos tener en la vida. Más importante que la alianza con la propia mujer o marido, más importante que la alianza con los hijos. 
Esto por la sencilla razón de que sólo Él nos da la fuerza para querernos, aceptarnos, servirnos y perdonarnos unos a otros. 

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