Dt 5,12-15; Sal. 80, 3-8.10-11; 2Cor 4,6-11; Mc. 2,23-3,6

 

¡No hay días en los que esté prohibido amar! Todos los días y en especial los domingos, el recuerdo de la redención nos invita a llevar a nuestro entorno el amor mismo de Dios y de Cristo.

Dt. 5, 12-15 Guarda el día del Señor, santifícalo, como el Señor te ha mandado – En toda civilización y en toda religión se observan días de reposo, más o menos sagrados, durante los cuales uno se abstiene del trabajo. Ya los hebreos habían instituido el sábado, y lo respetaban con temor. En el Dt., este día de miedo se convierte en día de libertad. Estamos en el contexto de la alianza cuando Dios se convierte en el Dios de Israel e Israel en el pueblo de Dios.  Desde que lograron la independencia, los hebreos son un pueblo libre, y darán testimonio de ello al menos una vez a la semana.  El sábado, para nosotros el domingo, es profecía, es liberación.  Si se poseían esclavos, se les hacía partícipes de esa  libertad haciéndoles participar del don de la libertad y del reposo que habían recibido de Dios. Y este es el motivo por el cual los hebreos se han abstenido el día de fiesta de los trabajos serviles; pero a veces lo hacían con un espíritu de servilismo que era ya más bien pérdida de aquella libertad que habían adquirido a un precio tan alto.  Detrás de ello está la teología del Decálogo.

 

Sal. 80, 3-4.5—6.6c-8, 10-11.- Después de una introducción litúrgica en forma de himno (v.2-6), un profeta en nombre de Dios acusa al pueblo (v.9-15)  e invita a la conversión (v. 16-17).

La palabra de Dios conserva su función acusadora para el pueblo de la Nueva Alianza: la carta a los hebreos nos urge escucharla (3,12). Ahora adquiere la acusación una urgencia nueva, cuanto más alta es la nueva redención; pero también las invitaciones son más eficaces, porque al «corazón de piedra» ha sucedido un «corazón de carne», y porque las bendiciones prometidas son más íntimas y duraderas. (Leer el salmo completo)

 

2Cor 4,6-11.- El signo de la cruz.- La iglesia vence las oposiciones y las persecuciones no con el poder humano, sino con la confianza en Dios y con la conciencia profunda de la propia debilidad, segura que aquél que ha iniciado en ella la obra de la salvación, la llevará a su término. Los rechazos y los obstáculos no impiden la esperanza.  La cruz, para los cristianos, es siempre un signo de victoria y una derrota aparente.  Es la auténtica “inversión de los valores”.

 Mc. 2,23-3,6.-  El domingo, día de libertad – Sopla un viento de libertad, en nuestros días como en el evangelio. Nuestro tiempo ha tomado conciencia del valor de la responsabilidad personal y hace posible la ley. También Jesús ha manifestado una gran libertad respecto a la ley; demuestra que la ley de Moisés fue una etapa provisoria, que con él ha llegado a la plenitud de sentido apropiándose del título de “Hijo del Hombre”, que evocaba para los hebreos un personaje enviado del cielo, se proclama señor de la ley y revela el verdadero objetivo de la ley antigua: liberar al hombre de la servidumbre.  El domingo no es un nuevo sábado con las obligaciones suplementarias; es el día que los cristianos se encuentran, se reúnen, y hacen memoria de la liberación total que han recibido de Cristo, y que ha tenido su punto de realización en su Pascua.  

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Es necesario devolver a la liturgia dominical su verdadero significado liberándola de la simple etiqueta de «precepto», o de obligación legal. Día del encuentro con Dios, día de la recuperación interior, día del renacimiento del amor con el prójimo, día de la comunión con Dios y con los hermanos, día que alimenta el fluir del tiempo semanal sin separarse de el en una serie de gestos y acciones sagradas. Para el cómputo civil, el domingo es el último día de la semana, en el lenguaje del N.T. y del cristianismo todo, es el «primer día de la semana», raíz, sostén y alma de los otros seis días.  Es decir, de la vida que discurre en nuestro día a día. Sin ese día sacro nos disolvemos, nos desintegramos también físicamente.  Por ello el domingo es profecía, es un anuncio del «domingo sin ocaso, cuando entraremos por fin en el descanso mismo de Dios».  El domingo, su celebración y su significado, el descanso que comporta para todos los pueblos, cristianos o no, para todas las gentes, creyentes o no, es un don que tenemos que agradecer al cristianismo. Como Dios descansó, también nosotros debemos descansar. No es un simple no hacer nada, es un día de comunión, de alabanza, un día en el que nos unimos entre nosotros como pueblo y todos nosotros con Dios como su pueblo. En la inscripción, en el mármol del  atrio de una basílica africana, se lee esta inscripción: «Entra bueno, sal de ella, mejor». Así debe de ser cada domingo, entrar al templo, al templo vivo con una buena actitud, bien dispuestos para escuchar la Palabra y salir dispuestos a vivir el misterio que celebramos.  Purificado del mal y del pecado cotidiano, el creyente sale del culto dominical como Moisés bajaba del Sinaí, irradiando la luz de la verdad y el amor de Dios.

Jesús es siempre Maestro de la “libertad” frente a la concepción de una religiosidad demasiado artificiosa y legalista. Esta libertad gozosa que es signo del amor debería permear principalmente nuestra fe purificándola de la rutina, de la vulgaridad, de la impresión de una obligación sin sentido. Es irreverente pero desgraciadamente real el señalamiento que Cecilia, la protagonista de la novela “Noia” (tedio) de Moravia hace a nuestras liturgias dominicales: personas perseguidas por la angustia, atentas solo a la conclusión del rito, satisfechas de haber aplacado a la divinidad con el acostumbrado rito religioso.  Y no, es mucho más. Pero también es cierto que hay personas que buscan en dónde la misa es más corta, donde no se extienda más de media hora, etc., etc. pero lo más grave es salir, como salimos de un evento deportivo o musical.  No salimos mejores como entramos.

El sábado – domingo, debe llegar a ser por lo tanto «momento creativo», no solo a nivel religioso sino también humano. El tiempo del domingo debe reflejar el esplendor de Dios y el esplendor del hombre y del cosmos. Igual que la vida del creyente debe, incluso, bajo los lineamientos frágiles y débiles de nuestra humanidad, reflejar la figura de Cristo, su vida y su amor.

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Oposición al sábado – En el evangelio de Marcos Jesús aparece, de forma inmediata, en conflicto con los poderes establecidos; diríamos, se enfrenta al stablishmen. Se enfrenta a todos los poderes que oprimen al hombre y uno de los más sutiles y desestabilizadores es el poder religioso. Hoy leemos un par de episodios en los que Jesús ilustra el verdadero sentido de la ley, de toda ley, «el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado». Violentar la ley del reposo sabático conforme lo entendían los judíos en tiempos de Jesús era un pecado inadmisible, una rebeldía contra Dios. Tan es así que, en el proceso religioso seguido contra Jesús, una de las acusaciones es que no respetaba el sábado.  En el fondo Jesús busca liberar al hombre y si la ley del sábado tiene un sentido, es el de liberar al hombre de la esclavitud del trabajo, liberarlo de sí mismo, de sus ambiciones, de su codicia.  Jesús ha venido para liberarnos de nosotros mismos. (Rupnik)

El primer fragmento, 2,23-28, se refiere a los discípulos que en sábado caminando por los campos en sazón cortan espigas, las frotan entre las manos y se comen los granos. El problema es que esto sucede en sábado.  Apelando a un episodio bíblico donde David quebranta una santa ley, Jesús establece la norma: el sábado ha sido para el hombre y no el hombre para el sábado.

1.- El mandamiento del sábado, o el del domingo, tiene una importancia indiscutible que no está puesta en duda ni siquiera por Jesús. La crítica a la ley hecha por Jesús no apunta a una abolición; la palabra de Jesús, que no ha venido a abolir la ley sino a darle plenitud, es plenamente válida.  Pero el mandamiento positivo esclerotizado y absolutizado, que en las restricciones legalistas ha perdido de vista el fin, y el para qué, es una perversión de la intención divina. En esta situación se puede llegar al ridículo; los judíos discutían si el huevo puesto por una gallina en sábado debía comerse o no.  Los enfermos no podían ser trasladados a recibir curación en sábado. Con toda razón Jesús les reprocha: cuando su buey o su asno caen en un pozo, ¿no lo sacan aunque sea en sábado?, o también, ¿no llevan a pastar a su asno a su buey aunque sea en sábado?  En todas las épocas hay situaciones que justifican la trasgresión de la ley positiva: el servicio necesario al próximo, el peligro del cuerpo y la vida, pero también deberes extraordinarios dispensan del mandamiento, aunque sea bueno o vinculante.  La abuelita hermosa que viene a confesarse: no vine a misa el domingo, padre, porque estaba nevando. Y yo le respondo. Hubiera sido pecado que usted hubiera venido a misa en esas condiciones.

Las palabras de Jesús sobre el sábado ponen el bien del hombre más allá de la ley que ya carece de sentido.

El siguiente episodio en esta confrontación es la curación de un hombre con la mano paralizada en día de sábado. (3,1-6)  Aquí la pregunta de Jesús va en otra dirección: «¿qué está permitido en sábado? ¿salvar la vida o dar la muerte?» Deberíamos meditar mucho en las palabras que siguen, nosotros, los sacerdotes: «ellos callaban; entonces los miró con ira, aunque entristecido por la dureza de sus corazones… (v.5)»

Jesús bien hubiera podido esperar hasta el día siguiente para curar al paralítico. Pero no hubiera logrado el efecto que buscaba. Las acciones milagrosas de Jesús no son solo expresiones de la misericordia sanadora, sino también demostración de autoridad, y, como en el caso anterior, son una protesta contra un orden que más bien busca matar que salvar. ¿Qué está permitido hacer en sábado…? Indica veladamente las consecuencias involuntarias, aunque tal vez conscientemente aceptadas en bloque del modo de pensar legalista, esclerotizado, endurecido. Donde la interpretación literal choca con los más sencillos intereses naturales del hombre, hay algo que no funciona. La oposición de Jesús a este modo de interpretación no puede perder su carácter de principio. Esto lleva al apóstol Pablo a exclamar: la letra mata, el espíritu da vida.  Y el fariseísmo de todos los tiempos se queda en la letra muerte.

 

 

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