IV Domingo “A”

Sof.2,3;3,12-13; Salmo 145; 1Cor 1,26-31; Mt.5,1-12

¡Felicidad, palabra mágica que despierta en nosotros un eco profundo! ¿A quién dirigirnos para recibir la felicidad sin límites, que anhelamos? A Jesús, que nos la ofrece a través del mensaje desconcertante de las “bienaventuranzas”.

 

Sof.2,3;3,12-13 – Una nueva historia – En la biblia, con frecuencia, los narradores interpretan los acontecimientos históricos como intervenciones divinas; así, las desventuras de Israel son consideradas frecuentemente como signos de la cólera de Dios. Sofonías, por el contrario, suprime esta interpretación. El verdadero Israel es el «pequeño resto», los pobres, la parte humillada del pueblo, la que sufre la explotación de los poderosos sin renegar de la alianza de Dios. De ahora en adelante, explica el profeta, se escribirá una nueva historia: la de los pequeños, los pobres, los humildes, preámbulo de la historia que culminará en las bienaventuranzas evangélicas.

 

Salmo 145 – El salmo se presenta como himno: junto al afecto básico de la alabanza, se abre paso la confianza del salmista, como experiencia propia y como invitación a otros. La confianza se funda en los predicados hímnicos del Señor. vv. 6-9. Después de recordar la acción creadora, recuenta una serie de obras de misericordia, que caracterizan a Dios. v. 10. En eso consiste el reinado del Señor. El Dios del universo es el Dios de Sion, porque eligió un pueblo y un templo.

 

Transposición cristiana. La misericordia de Dios se fue revelando en el AT, preparando la gran revelación de la misericordia divina en Cristo. En la sinagoga de Nazaret leyó un día Cristo un pasaje de Isaías que expone el mismo tema que nuestro salmo, y comentó: «Hoy está cumplida esta escritura que habéis oído» (Lc. 4,21).

 

1Cor 1,26-31 – Las predilecciones de Dios – La comunidad de Corinto está constituida por personas “insignificantes”, no hay ‘muchos’ sabios, ‘según el mundo,’ ni poderosos ni aristócratas. Pablo ve en ello el indicio de que Dios es la base de esta comunidad: como ha creado de la nada el universo, como ha revelado su misterio a los pequeños, así hace nacer de la nada su iglesia. El espectáculo de nuestra debilidad, de nuestra impotencia, de nuestro pecado que, con frecuencia, nos desalienta; pero, ¿no será precisamente por esto que Dios nos ha llamado, nos ha elegido? Nuestras asambleas cristianas incluyen también a los cristianos ocasionales, igual que a sabios y poderosos. Pero celebran, todos, siempre a Aquel que ha venido en la debilidad y  la locura.

 

Mt.5,1-12 – La revancha de los pobres – He aquí la puerta de ingreso al reino de Dios. Por ella pueden pasar solo los pobres, los humildes, los últimos, los vencidos, los oprimidos, los mansos, los que trabajan por la paz. La primera de estas bienaventuranzas nos recuerda directamente la situación angustiosa de los hebreos en Egipto, reducidos a los límites de la resistencia por la dura esclavitud (cf. Ex. 6,9). Más para los infelices de todo tiempo, los de Egipto, Babilonia, o los de hoy, ha llegado el libertador. Las bienaventuranzas, que son la carta magna del Reino, proclaman que la gran esperanza del éxodo es siempre actual; no ha desaparecido, de hecho, el largo cortejo de los pobres. Buscar a Cristo significa unirse a ellos, tomar su defensa y trabajar por su esperanza.

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¡Tu nos ad te fecisti, et irrequietum  est cor nostrum donec requiescat in te! (S. Aug. Conf. 1. 1. 10)

¡Felicidad!, mágica palabra que despierta en nosotros un eco profundo, pero al mismo tiempo palabra humana cargada de equívocos y ambigüedad, usada con mucha frecuencia para cosas que no lo merecen. No debemos olvidar, en efecto, que hay en el hombre, «algo que supera al hombre», aquello que el filósofo llama «la sed de trascendencia»: una inquietud que siempre renace, una insatisfacción esencial, un deseo jamás apagado del pensamiento y del corazón. ¿A quién iremos para recibir la felicidad sin límites, a la que aspiramos?

A Jesús, que nos la ofrece a través del mensaje desconcertante de las Bienaventuranzas. Dado que la felicidad de Dios consiste en la felicidad del hombre, (la gloria de Dios es el hombre vivo), la bienaventuranza es algo a lo que el hombre naturalmente aspira, como naturalmente aspira a la verdad, a la belleza,  la justicia. Y esto, siempre. ¿De qué modo? Siendo pobres, con la capacidad de confiar plenamente en Dios, es decir, siendo humildes y mansos; esperando la salvación sólo de Dios, teniendo un ánimo recto e intenciones limpias, (los limpios de corazón. Cf. Sal.15; 23. Is.), trabajando por la justicia y por  la paz, y siendo capaces de dar testimonio, incluso, y sobre todo, por la fidelidad hasta la persecución.  Quien acepta vivir sobre la tierra este programa, se entrega a la dinámica subversiva de la palabra de Dios, que propone al mismo tiempo una promesa y un compromiso que desarrollar.

Las bienaventuranzas son la felicidad no como nosotros la queremos y la organizamos, sino como Dios la desea para nosotros. En definitiva, nosotros ni siquiera sabemos acoger la felicidad, nos innumerables momentos de felicidad que Dios nos concede, incluso, en medio de la adversidad; nosotros, más bien, tenemos la rara habilidad de hacernos infelices y hacer infelices, muchas veces, aún a los que queremos. Gracias a Jesús; él ha venido a ajustar un mundo destrozado: un mundo donde domina el dinero, el afán de posesión y la codicia; un mundo de mentira, de engaños, de exterioridad; un mundo de violencia abierta o enmascarada en la que los prejuicios, la falsa cultura, los egoísmos de clase o de casta, separan, dividen, excluyen. Descartan.

No nos contentemos con una felicidad demasiado fácil. Solo Dios puede colmar nuestros deseos; la paz del alma la regala solo Dios. A condición de que aceptemos “descentrarnos” de nosotros mismos y buscar el reino, avanzaremos, poco a poco, de las bienaventuranzas a la bienaventuranza.

«Señor, tú nos hiciste para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

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En función de las bienaventuranzas, parece ser que la felicidad de los cristianos implica tres cosas: tener un porvenir en el horizonte, cumplir actualmente ciertas condiciones y apoyarse en alguna cosa que ya ha sucedido.

1.- Un porvenir en el horizonte.

Las personas dichosas de las que habla aquí Jesús son felices ahora en virtud del porvenir que se abre ante  ellas. La dicha actual de la que tienen que tomar conciencia no excluye, ni mucho menos, la experiencia del sufrimiento; pero lo que el presente contiene todavía de penoso queda iluminado por lo que tiene que venir después.

Esas personas son dichosas porque tienen una esperanza  magnífica, en el sentido en que Pablo habla del gozo de los que esperan: “Alegres en la esperanza” (Rom. 12,12; cf. Spe Salvi. 1).

 

Las bienaventuranzas se dirigen hacia el porvenir, como lo indica su construcción gramatical; el enunciado consta de dos miembros: a) dichosos, b) por…. Y es precisamente esa tensión entre la primera parte, que describe situaciones poco halagüeñas, y la segunda, que evoca un porvenir totalmente distinto, lo que caracteriza a la esperanza. Por ello no son la invitación a una guerra suicida, desesperada.

Aquí hay que ponerse en guardia contra todas las interpretaciones que se empeñan en eliminar la dimensión futura de las bienaventuranzas y en reducir al presente el objeto de su promesa. La tensión entre los dos miembros de cada bienaventuranza parece esencial para la comprensión exacta de la dicha de que se habla. No es inútil insistir en ello.

2.- Cumplir actualmente ciertas condiciones.

Esta esperanza no puede separarse de una realidad vivida en el momento presente.

Entre la primera palabra de cada bienaventuranza, “dichosos”, y la promesa que se formula en el segundo miembro, hay ciertas indicaciones que se refieren al presente. Se trata de personas que se encuentran en una situación de pobreza, material o espiritual, de privación (de pan o de justicia), personas que no tienen nada que ver con la  violencia ni ocultan ninguna falsía en su corazón.

En la perspectiva del reino venidero, las bienaventuranzas no invitan a alegrarse a todo el mundo ni a cualquier individuo. Van dirigidas a ciertas categorías de personas, caracterizadas por sus situaciones o sus disposiciones de espíritu. A ellas es a las que se ofrece la esperanza. Suponen, por tanto, ciertas condiciones. Esta dicha no se arraiga en un terreno cualquiera. Necesita un suelo donde tomar raíces, un suelo de una calidad especial que le permita cobrar vida y transfigurar la existencia del cristiano. Pobreza, humildad, limpieza de corazón, tal son las condiciones. (cf. Sal. 15; 24; Is. 32,10-16).

3.- Apoyarse en algo que ha sucedido ya.

Arraigada en el presente y abierta hacia el porvenir del reino de Dios, la dicha de que hablan las bienaventuranzas tiene también nexos con un pasado concreto; aquel momento en que se pronunciaron por primera vez. O mejor dicho, lo importante no es aquí el tiempo, sino la persona de aquél que, al proclamarlas, se presenta como garantía de las mismas. ¿Quién es ese que pretende decir a los hombres dónde está la verdadera dicha? “¿Quién soy yo, para ustedes?”; preguntaba ya a sus primeros discípulos. A esta pregunta no basta  responder con un nombre o con un título; cuando Pedro le respondió “Tú eres el Cristo”, poco después oyó que Jesús le trataba de “Satanás”. Sin embargo, la respuesta “Tú eres el Cristo” es correcta; pero hay que darse cuenta de lo que esto significa; tú eres aquél que habían anunciado los profetas, aquél que Dios nos había prometido, aquél que los hombres aguardan. El hecho de que tú lo seas lo cambia todo en la historia humana y en la vida de cada uno de nosotros. Tú anuncias el reino de Dios; pero como tú estás ahí, el reino de Dios se ha hecho muy cercano a nosotros. Todavía seguimos rezando para que llegue ese reino; pero, como tú has venido, ese reino ha comenzado ya. No es simplemente objeto de anhelo y de esperanza; se ha convertido en objeto de fe, es la fe que te reconoce por lo que eres, el Cristo, aquél después del cual ya no hay que esperar a ningún otro.

Excursus.

El porvenir dichoso que prometen las bienaventuranzas se ha hecho realidad presente en la persona de Jesús. Encuentra en él su garantía.

Pero Jesús no es solamente aquél en quien el porvenir se ha hecho presente. Es aquél que da al presente una figura nueva. Ese presente que las bienaventuranzas caracterizan como un tiempo de pobreza y de privaciones, de mansedumbre y de pureza de corazón, de persecución por la fe y por la justicia; es también el presente que Jesús ha asumido en su existencia terrena. Las bienaventuranzas no son la expresión de un ideal abstracto, sino que reflejan la experiencia vivida por Jesús en su existencia humana.

Jesús sabe de qué habla y es su experiencia de hombre lo que hay que saber reconocer en las bienaventuranzas; una experiencia que nos invita a compartir. La dicha de la que aquí habla Jesús es ante todo su propia dicha. Una dicha donde queda sitio para la cruz. Una dicha que para nosotros, brota de la esperanza que él nos da por su cruz. Una dicha que será a la medida de nuestra fe en él. ¿No dijo acaso a sus discípulos que había venido “para que compartáis mi alegría y así vuestra alegría sea total? (Jn. 15,11).  Por tanto, que sea él quien nos enseñe a ser dichosos.

La primera lectura de hoy, junto con el Salmo, constituye el claro trasfondo véterotestamentario de las bienaventuranzas. Jesús no inventa las bienaventuranzas; Jesús, después de todo no era «muy original»; Jesús bebe de las fuentes más puras de la piedad judía, tal como se refleja en la  primera lectura de hoy y en el salmo. Jesús purifica y lleva a plenitud la doctrina del A.T., bebe en las fuentes de la sabiduría de Israel, de la doctrina de los profetas y de la Ley. Las bienaventuranzas son una síntesis de lo que expresa la primera lectura de hoy, cuyos elementos dominantes son: la humildad, la pobreza que no son otra cosa que la confianza en Dios. Hay que buscar la justicia y la humildad. «En ese pongo mis ojos: en el pobre, en el abatido, en el que se estremece ante mi palabra». (Is.66,2).

Quedará un resto, un pequeño grupo de fieles pobre y humilde. Esta pobreza hará posible la confianza en el Señor. Y de ahí derivará una conducta. El concepto de pobreza, aquí, rebasa ampliamente la noción sociológica o económica, si bien no la excluye. De hecho las nuevas traducciones aluden a ello: bienaventurados los que deciden ser pobres. Hay una pobreza que se sufre y otra que se elige. No cometerá maldades ni dirá mentiras; no se hallará en su boca una lengua embustera, y la bienaventuranza, el premio, será: vivirán tranquilos y descansarán sin que nadie los moleste; ¡poseerán la tierra! (Sal. 37,3.9.22.27.28-29.34).  Se puede hacer un vaciado de las virtudes, como primer miembro de las bienaventuranzas, y el premio de las mismas, como segundo miembro. Dichosos…..porque.

Las bienaventuranzas y el Reino.

Es absolutamente necesario entender que las bienaventuranzas están íntima e inseparablemente unidas al «reino de los cielos»; separadas del reino no se sostienen. Son el camino y la consecuencia del reino que se hace presente en Jesús. Las bienaventuranzas se proyectan, por lo mismo, sobre todo el evangelio. Con razón ha escrito J. Jeremías que “a cada palabra del Sermón de la Montaña, le precede algo. Precede la predicación del reino de Dios. Precede la asistencia y consuelo de ser los discípulos, hijos del Padre. (Mt. 5,16. 5,45. 5,48, passim). Precede el testimonio sobre sí mismo dado por Jesús con sus palabras y sus obras. El modelo de Cristo está detrás de cada palabra del Sermón de la Montaña”.

Partiendo de ésta concepción totalmente decisiva para el recto entendimiento del Sermón de la Montaña, se aclaran muchas cosas, dice el autor citado. La primera es la dificultad de las exigencias de Jesús. “Ahora es cuando podemos comprenderla. La doctrina que Jesús propone a sus discípulos va dirigida a hombres liberados ya de los poderes del demonio merced a la buena nueva. A hombres que ya están dentro del reino de Dios cuya calidad irradian. A hombres que han sido perdonados, que encontraron la perla preciosa y han sido invitados a las bodas. A hombres pertenecientes por su fe en Jesús a la nueva creación, al mundo nuevo de Dios. Doctrina dicha a hombres en cuyas vidas irrumpió ya ese gran gozo del que nos habla la parábola del tesoro escondido en un campo, cuando quien la encuentra se llena de alegría, va y vende todo lo que tiene, dirigida a hijos pródigos recibidos nuevamente en la casa del Padre”. (J. Jeremías. Parábolas del Reino).

Es Jesús mismo, el Reino, el que hace inteligibles y “posibles” las bienaventuranzas con las que se inicia el Sermón de la Montaña. Hay quienes están afuera y no las entenderán jamás; para ellos serán algo imposible, excéntrico, impráctico; serán sólo un bello ideal irrealizable.  Pero hay quienes están adentro y para ellos constituirán el eje de sus vidas. (cf. Mc. 4,10-12; Mt. 13,11-17).  De tal manera, pues, que es la persona de Jesús, el Reino, la clave que hace inteligible el Sermón de la Montaña. Para el hombre que vive prisionero del pecado, de la materialidad, el Sermón de la Montaña es un llamamiento a la libertad; el anuncio del evangelio es, por ello mismo, profundamente liberador. Los milagros, que prueban la presencia del Reino, son siempre liberadores: de las enfermedades, de las obsesiones, de las esclavitudes de todo género que padecemos los mortales. Solamente los que están sanos y no son pecadores, no necesitan a Cristo. Solo quien vive el espíritu de las bienaventuranzas puede rezar el Padre Nuestro.

 

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