Se presenta en Ciudad Juárez, en una nueva versión la del año anterior, el Circo de las pesadillas. Hace unos días tuve la ocasión de presenciar este espectáculo circense en esa atmósfera de inframundo que se crea bajo la gran carpa en la Pedro Rosales de León y Avenida Tecnológico. Fueron dos horas de entretenimiento llenas de acrobacias espectaculares en las que seguí las aventuras de la pequeña Isabela, niña que desaparece de casa de sus padres para viajar al inframundo o, lo que es lo mismo, el reino de los demonios.

La creencia en el inframundo ha sido una constante en la historia de las religiones. En la antigua Mesopotamia se creía en seres malvados que traían la destrucción, semejantes a los espectros que salen de las tumbas, sedientos de sangre, grotescos y repugnantes. En el antiguo Irán se creía, además del dios del bien, en dioses maléficos que tenían sus cortes de demonios para incitar a los hombres al mal y también para provocarles enfermedades, errores y muerte. Creencia semejantes se encuentran en la cultura egipcia, griega y romana. No se diga en el cristianismo, donde Dios ha revelado la existencia de un reino alternativo al Reino de Dios con la presencia de Satanás, de los ángeles rebeldes y de las almas condenadas.

Una amplia variedad de estos repulsivos caracteres desfila por el Circo de las pesadillas ejecutando toda suerte de contorsiones y malabares dentro una historia de horror, salpicada de momentos de buen humor e improvisaciones con la participación espontánea de algunos miembros del público. De esa manera ilustra la existencia de un mundo espiritual que está en interacción con el tiempo y el espacio nuestro.

Muchos se preguntan si el inframundo es real o el producto de nuestra imaginación. Hemos de admitir que se trata de algo que no puede ser visto normalmente con los sentidos. Se trata de un mundo misterioso de espíritus caídos que habita en una dimensión oculta. El inframundo no es algo que puede probarse científicamente, sin embargo los efectos de su presencia sí los podemos percibir. En los años de servicio a la diócesis, como sacerdote, he podido observar conductas muy extrañas de algunas personas que se introdujeron en el mundo de lo oculto, y acabaron, con sus cuerpos, siendo vehículos de expresión de este reino siniestro.

Muchos afirman que el inframundo no existe y que todo debe tener explicaciones científicas. Cuando un exorcista hace algunas oraciones de su ritual sobre alguien perturbado por el inframundo, la persona suele ponerse mal, puede contorsionarse, rugir como un animal, ser arrojado por el suelo por una fuerza descomunal, volverse agresiva y transformar su voz y semblante. Todo esto pudiera tener explicaciones psicológicas tales como el Trastorno de Personalidad Múltiple, pero muchas veces los mismos psicólogos y psiquiatras reconocen que hay casos que los sobrepasan.

Un número espectacular dentro del circo es la presentación de dos mentalistas que dicen utilizar la telepatía para comunicarse. Mientras que miembros del público muestran sus identificaciones a uno de ellos, el otro, a distancia, va mencionando el nombre y la fecha de nacimiento de cada persona que enseña su documento. Parece increíble.

Sin embargo sabemos que la transmisión de las ideas o el conocimiento de cerebro a cerebro, sin mediaciones técnicas, es algo científicamente imposible. Aunque el gato está muy bien encerrado en el espectáculo, hay muchos ingenuos que creen que se trata de un poder auténtico. Varios de ellos, imprudentes todos y carentes de fe y de sentido común, se pusieron a consultar su futuro con los adivinos durante el intermedio de la función. ¡Incautos! Justamente estas actividades de lo oculto es lo que toca las puertas del inframundo, con la posibilidad de ser perturbado por él.

¿Podemos asomarnos al inframundo con nuestros ojos? En un principio no, por tratarse de una dimensión que no es la nuestra. Sólo por una especial permisión de Dios puede ocurrir. Así sucedió en las vidas de algunos santos. Santa Lucía, vidente de la Virgen de Fátima, cuando la Señora les mostró a ella, a Francisco y Jacinta, la realidad del infierno, así lo cuenta: “Sumergidos en este fuego estaban demonios y almas en forma humana, como tizones transparentes en llamas, todos negros o color bronce quemado, flotando en el fuego, ahora levantadas en el aire por las llamas que salían de ellos mismos junto a grandes nubes de humo… Los demonios podían distinguirse por su similitud aterradora y repugnante a miedosos animales desconocidos, negros y transparentes como carbones en llamas”.

Después de dos horas de divertido espectáculo, salí de la carpa del Circo de las Pesadillas, encendí el coche y regresé a la Catedral, donde vivo. Decidí no poner música durante la ruta y hacer un poco de oración. No tenía miedo, en absoluto. Solamente necesitaba serenidad y silencio en la presencia de Dios. Ahí estaban, a lo largo del camino, la prostitución, los abortistas, el narcotráfico, la trata, las drogas, el vicio. El inframundo -pensé- está más cerca de lo que creemos.

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