Hech. 3,13-15.17-19; Sal. 4; IJn. 2,1-5; Lc. 24, 35-48.

 

Hech. 3,13-15.17-19. Del milagro al sacramento – Pedro ha realizado un milagro: ha curado un paralítico que pedía limosna en la puerta del Templo. Es la prueba de que Jesús no está muerto, y que prosigue de un modo nuevo su obra restauradora de la humanidad (v.12). Él ha resucitado, y los apóstoles son testigos de ello. Por lo tanto, es posible todavía, para aquellos que no han reconocido al Mesías cuando estaba en medio de ellos en su carne mortal, reconocerlo ahora y convertirse, hecho que prolonga su acción de renovación del mundo mediante el testimonio de sus fieles.

 

El salmo 4 es una súplica en la que domina el tema de la confianza; lo rezamos a diario a la hora de Completas, para terminar nuestro día y entregarnos al descanso. Es una experiencia espiritual que se expresa en símbolos de paz, luz, anchura, alegría, sueño tranquilo, que tanta falta nos hace. En suma, es la confianza en el Padre que nos enseña Jesús.

 

IJn. 2,1-5. En realidad, esta unidad inicia el 1,8-10: “Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros (1,8).

Si confesamos nuestros pecados (Él) es fiel y perdonará nuestros pecados y nos purificará de toda injusticia (1,9).

Si decimos «no tenemos pecado» hacemos de él un mentiroso y su palabra no está en nosotros (1,10)”.

Ahora podemos leer con sentido nuestra perícopa, IJn.2,1-5.

Todo lo que el hombre carnal hace es pecado porque cualquier acción realizada es siempre una acción que proviene de una naturaleza corrompida y entenebrecida. El pecado no es una realidad inocua. Todo lo contraria. El mundo sigue bajo el encanto de su fascinación (2,16), impulsando al hombre a confiar en sí mismo, a separarse de la doctrina de Jesús y a cerrarse a sus hermanos: son los tres pecados que Juan considera como la raíz de todos los demás.

No obstante la omnímoda presencia del pecado y de su fuerza, tenemos «confianza». Los motivos podemos descubrirlos, entre otros pasajes de la carta, en el fragmento que leemos este domingo. (cf. 2,1; 5,16; 2,13-14; 5,4) «Él es expiación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino por los del mundo entero» (2,2). De este amor comprometido brota la exigencia, – si así se le puede llamar -, de corresponder con nuestro amor a su amor; el amor, no como un sentimiento fácil y consolador, sino el amor que se manifiesta en el cumplimiento de su Mandamiento (2,1).

 

Lc. 24, 35-48. En el fragmento evangélico de hoy, Lucas refiere una de las apariciones del Resucitado a los apóstoles. Para convencerlos, el Señor llega al punto de hacerse tocar y de comer ante ellos: él es el Crucificado, que ha vuelto a la vida; es completamente diverso, y sin embargo, siempre el mismo; la luz de su Pascua ilumina la Escritura, explicando el pasado y anunciando el futuro, «la conversión y el perdón de los pecados, predicado en su nombre a todas las gentes» (Lc. 24,47).

 

El fragmento de Hech es el núcleo central de la Buena Nueva. A propósito de la curación de un lisiado, Pedro pronuncia su segundo discurso. Nadie debe admirarse de ese milagro como si fuera la expresión de un poder propio de los discípulos: “El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob…” es quien “ha glorificado a su siervo Jesús al que ustedes entregaron y rechazaron ante Pilato, que buscaba su libertad….”. El milagro revela el triunfo del Resucitado, es el signo de su presencia. Luego, Pedro pasa revista los hechos principales referentes a la Pasión. La síntesis es muy fuerte e ilustrativa: «Disteis muerte al Autor de la vida»; tal es la paradoja. Pero lo que se ha realizado, en el fondo, es el plan de Dios: «Dios  lo ha resucitado de entre los muertos y nosotros somos testigos de ello». La paradoja mayor es que de esa muerte brota la vida. El tema de este domingo sería esta paradoja, tal como se manifiesta en el fragmento de Lc. 24 leído hoy. Se trata de lo dicho por los profetas. El lisiado que ha creído en Jesús resucitado ha recobrado el vigor de sus piernas. (v.16). El milagro es una admonición para el pueblo; el pueblo, tal vez, actuó por ignorancia; pero Dios es clemente y espera la fe y el arrepentimiento para hacer que el pueblo camine: “Arrepiéntanse conviértanse para que se les perdonen los pecados”. El pecado es una forma de parálisis. Se trata, en el fondo, de un  buen ejemplo del kerigma primitivo, del eco de lo que los primeros testigos de la resurrección anunciaron.

 

Con algo de imaginación, podemos encontrar elementos para la homilía; frases como: “ustedes mataron al autor de la vida”, o como, “Dios ha glorificado a su siervo”, “Sólo que Dios ha cumplido, así, lo anunciado por todos los profetas”, nos dan pistas de actualización. Por impactante y desconcertante que sea, la muerte de Jesús es la realización del plan de Dios: darnos vida por medio de su Hijo.

 

IJn. Por estos días, como en los días de Navidad, leemos la IJn. Se trata de un escrito cristiano que, tal vez, dice Bultmann, expresa como ningún otro la fe cristiana encarnada en la vida de la comunidad. El fragmento de hoy, 2,1-5, es una bella mezcla de doctrina y praxis. El objetivo del escrito es animar a la comunidad a no pecar; pero el pecado siempre es posible, parte debilidad y parte culpa, en la vida del cristiano. Pero una cosa es pecar y otra decir que no hay pecado, negar la realidad objetiva del pecado. El que dice que no tiene pecado es un mentiroso y la verdad no está en él, dice Juan. Tal vez la característica de nuestro tiempo sea esa: negar el pecado; la característica de nuestra cultura es la legitimación social del pecado. Lo vemos por todos lados: legalizar el aborto, o las drogas y la equiparación de la unión de personas del mismo sexo a la familia, etc., etc.

 

Pero cuando se reconoce el pecado como parte de nuestra naturaleza, y se hace el esfuerzo de superarlo, tenemos un intercesor ante el Padre que es, a la vez, víctima de propiciación por nuestros pecados y por los pecados del mundo; «Jesús, el justo».

 

Conocimiento de Dios y observancia de sus mandamientos. El conocimiento de Dios, no teorético o especulativo, sino existencial, se deja ver cuando se cumplen, (observan, guardan), sus mandamientos, (palabra). Lo contrario es mentira. Quien dice que lo conoce y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Por el contrario, quien observa (guarda) su palabra-mandamiento, el amor de Dios en él, es perfecto. El amor, la verdad y el conocimiento de Jesús, en Juan, son intercambiables. El amor deja de ser un sentimiento fácil, sin compromiso, para convertirse en exigencia de fidelidad continuada a la gracia. Juan sale al encuentro de un sofisma siempre actual: creer que estamos en lo correcto cuando afirmamos creer en Dios desvinculándonos de la dimensión moral de la vida; es una reacción del autor ante las teorías neoplatónicas tan atractivas y convincentes.

 

El larguísimo día de la resurrección, según Lucas, se cierra con una aparición del Resucitado a todos los discípulos. En este caso se presenta la realidad del cuerpo del Resucitado. Es el equivalente al relato paralelo de Juan leído el domingo pasado. Se busca disipar las dudas que dominan el ambiente, se busca suscitar la fe, de expresar, en el fondo, en el lenguaje humano, lo inefable.

 

Es importante el tema de Las Escrituras en Lucas. El Resucitado les abre la inteligencia para que entiendan Las Escrituras, la Ley, los Profetas y los Salmos, por que ellas se refieren a él. La Escritura revela la continuidad del proyecto de Dios que se realiza; por ello es decisivo conocerla. «Ignoratio enim Scripturarum, ignoratio Christi est», El que desconoce las Escrituras, desconoce a Cristo.  (S. Jerónimo). Les da el encargo de la misión universal: “en su nombre se habría de predicar a todos los pueblos la necesidad de volver a Dios y el perdón de los pecados, comenzando por Jerusalén, que también forma parte del plan de Dios atestiguado en las Escituras. «Ustedes son testigos de esto».

 

En todo esto hay motivos múltiples para la meditación personal y para la predicación. El evangelio se cierra con la frase: «Ustedes son testigos de esto» (Lc. 24,48); y en Hechos el tema del testimonio será un motivo literario muy importante: «Pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de esto» (v. 15). Este puede ser un motivo para la homilía.

 

El evangelio de este domingo vuelve a situarnos en el Cenáculo. En él vemos la reunión dominical como lugar privilegiado para encontrarnos con el Señor. Cada domingo celebramos su resurrección y, en el Sacramento de la Eucaristía, Jesús se hace presente en medio de nosotros.

 

Cuando Jesús resucitado se aparece a sus apóstoles, estos creen ver un fantasma porque, dice el evangelio, tienen miedo por la sorpresa. El Cardenal Vanhoye comenta: “Precisamente porque no tienen ninguna idea de la resurrección piensan que ésta es imposible”. De ahí que Jesús insista en mostrarles sus manos y sus pies (que mantienen las señales de la pasión), y que, para corroborar el gesto, pida algo de comer.

 

Muchos miran con escepticismo la predicación de la resurrección de Jesús y la resurrección futura de nuestros cuerpos. Quizás suceda que tampoco entienden bien a qué se refiere. Muchos aspectos de la resurrección nos son desconocidos, pero no todos. Al mostrar su cuerpo, el Señor nos indica que la resurrección es la culminación de la vida y, por lo mismo, nos indica el valor de todo lo temporal. El cuerpo del hombre no es malo y, aunque experimentemos la debilidad, la victoria sobre la muerte será completa. Pero, al contemplar a Jesús desfigurado para nuestra salvación, vemos también que el cuerpo no puede ser ensalzado en contra del destino del hombre. La glorificación señala la plenitud del hombre (en cuerpo y alma) y nos anima a que ya ahora sigamos, en todo, la enseñanza de Jesús, que pasa por el misterio de la cruz. La fe en la resurrección no nos lleva a despreciar lo material, sino a tratarlo en la perspectiva de esa vocación más alta a la que estamos llamados. Nuestro caminar no termina en el polvo, sino en la vida para siempre con Dios.

 

En la primera lectura asistimos a la curación de un paralítico. Esta, como señala Pedro, ha sido posible por el poder de Dios. La resurrección de Jesucristo transfigura toda la realidad, sea con acontecimientos milagrosos (como la sanación del paralítico), sea por la transformación  de nuestro interior. También ésta redunda en multitud de bienes externos, porque el hombre, al ser sanado en su corazón, aprende también a descubrir lo más bello en todas las cosas. La vida de la Iglesia prueba esa capacidad.

 

La resurrección de Jesucristo ha obrado también otra cosa: ha dado un nuevo sentido a toda la historia. San Pedro lo refiere en su discurso cuando dice: Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos. La loca historia del pecado condujo al hombre a condenar a muerte al mismo Hijo de Dios. Pero al resucitar, esa lógica quedó destruida. Lo que pretendía ser la victoria del mal se convirtió en su derrota definitiva. Cuando Pedro lo explica no se refiere sólo a un dato cósmico, sino que al decir somos sus testigos indica que esa victoria se da en todos lo que se encuentran con Jesucristo. De ahí que nos exhorte: Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados.

 

Conocer a Jesucristo resucitado, vivo para siempre, supone también una reorientación radical de nuestra vida en la que el tiempo, el de cada día, puede ser vivido como historia de salvación.

 

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

 

El evangelio pone de relieve que Cristo ha resucitado con su Cuerpo. Se trata de verlo, tocarlo y él come delante de los apóstoles. La resurrección no se puede reducir a algo etéreo, encerrada en un ámbito subjetivo, íntimo, como si se tratara de una visión interior. Cristo vuelve entre los apóstoles con su Cuerpo y quiere que los apóstoles constaten que el amor hacia el Padre y la obediencia a su voluntad también llevan al mundo palpable, físico –como el cuerpo-, a una comunión tan radical con él que este mismo cuerpo es arrancado de la corrupción y glorificado. La unión con Cristo, el hecho de haber sido injertados en él mediante el bautismo, deber custodiada con todas nuestras energías espirituales para que nuestra humanidad, nuestro cuerpo, nuestro trabajo y hasta la creación en la que vivimos estén cada vez más radicalmente orientados hacia Cristo y trasplantados en él. El Cuerpo de Cristo resucitado es la meta de la humanidad y no sólo como un ideal por alcanzar, sino como una participación real que se nos da.

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