Hch. 2,14.22-33; Sal. 15; 1Pe. 1,17-21; Lc. 24,13-35

 

 

De niño, al término de la Hora Santa, el párroco decía una oración muy hermosa de lo que solo recuerdo el siguiente paso: “No basta que nos hablen de ti con la doctrina y ejemplos que acabamos de oír; es necesario que nos hables tú mismo en nuestro interior, que, como a los discípulos de Emaús nos expliques las escrituras y nos hagas sentir el incendio del amor divino”. Nos leían vidas de los santos y nos daban algunas indicaciones para la vida.  Con mucha frecuencia es necesario, aunque sea muy fatigoso, recorrer el camino de Emaús que va de la desesperanza a la fe gozosa. El relato de los discípulos de Emaús es un capo laboro de Lucas que abarca el difícil camino de la fe de todas las generaciones de creyentes. Lo importarte es que en este camino va siempre a nuestro lado el compañero que tantas veces no vemos.

 

Hch. 2,14.22-33.-  Cómo predicaban los apóstoles – No se trata de una reproducción estenográfica del primer discurso de Pedro: La tradición primitiva y Lucas mismo han redactado el texto a modo de hacer de él un ejemplo típico de la predicación apostólica. Se trata en sustancia de dar, a los primeros predicadores que recorrían Palestina, un esquema completo del testimonio y de las ideas que debían difundirse. Por el hecho de que la predicación se dirige a los hebreos, se supone que conocen la Escritura; ello explica que se recurra con facilidad a la Escritura con valor argumentativo; en particular se usan textos mesiánicos y davídicos. (Sal.16; 132; 2Sam7)

 

Sal. 15.- Este salmo comienza en forma de súplica y enseguida desemboca en una profesión de confianza  entrega exclusiva a Dios. Síntesis total: en la alternativa del bien y del mal, Dios es el bien (auténtica ciencia del bien y del mal). Afirmación de fe y experiencia religiosa: solo Dios es bueno, fuente de todos los bienes.

 

Aunque el autor, probablemente, no conoce la vida futura y el premio celeste, la experiencia de la intimidad con Dios le hace romper los límites de la doctrina tradicional y pronuncia fórmulas que quedan disponibles para recibir la plenitud de su sentido. Esto sucede en Cristo – Hch 2,31; 13,55 -, a quien el Padre no permite experimentar la corrupción del sepulcro, sino que lo levanta a su presencia y lo sienta a su derecha. Por Cristo, el cristiano, conoce la realidad de la vida celeste, espera en ella, la pregusta en la contemplación: en este horizonte reza el salmo, el cristiano, con toda su capacidad de sentido.

 

1Pe. 1,17-21.- El precio del rescate – Todo lo que tiene valor cuesta caro. También la libertad de un prisionero; Cristo ha pagado por nuestra libertad, pagando un precio superior al oro y a la plata, dando en cambio algo que no se corrompe, de valor incalculable: su propia sangre, su propia vida. Ahora la vida de Cristo llega a ser la nuestra; siendo incorruptible, no teme nada del tiempo es inmortal e insustituible.  

 

Lc. 24,13-3.-  Lo reconocieron en la fracción del pan – Lucas presenta en todo su evangelio la vida de Cristo como un largo viaje a Jerusalén, la ciudad donde mueren los profetas; y en las varias etapas de aquél viaje oímos a Jesús que explica a los apóstoles de hacer propio el destino del siervo sufriente de Isaías (cf. 9,44-45), hasta la muerte ignominiosa. «Y ellos no comprendían el sentido de estas palabras». Así, después de su muerte, perdurando la incomprensión, Lucas toma el asunto para resumir todo su evangelio en un encuentro que dos discípulos tienen con el Señor apenas resucitado. Un encuentro que solo es posible en la lectura y comprensión de las Escrituras  y en la fracción del pan, del pan compartido, muy semejante a los encuentros que nosotros hacemos con tanta frecuencia y que nos dejan indiferentes; para los dos discípulos fue como un rayo que los iluminó y los llenó de alegría y entusiasmo. Supieron que su gran amigo y maestro estaba todavía entre ellos. Tal es la experiencia que los cristianos, si han de serlo de verdad, han de revivirla siempre.

 

La experiencia pascual está a la base de ésta fina narrativa de Lucas: Los dos discípulos de Emaús son el símbolo de la multitud de discípulos de todos los tiempos. El contexto y la atmósfera ideal en la que se debe leer la perícopa son, sin duda, la liturgia de la palabra y la liturgia de la eucaristía como indican las frases fundamentales del relato: «Comenzando con Moisés y los profetas, les explicó todas las escrituras que se referían a él» (v.17) «Tomò el pan pronunció la bendición, lo partió y se los dio. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron» (v. 30-31).

 

Este camino a la plenitud de la fe y del culto, puede ser articulado en cuatro etapas. En la primera (v.13-18) aparecen los actores desconsolados «de camino», «discutiendo entre ellos, llenos de tristeza». Es un retrato vivísimo de la crisis de fe, de la desilusión, del recurso a las ideologías para superar el vacío y la angustia. Lucas nos hace ver la posibilidad de una solución: el Resucitado que camina con los hombres.

 

En la segunda fase (v. 19-24) el mensaje pascual es declarado por el creyente en crisis o casi incrédulo. Jesús permanece en la nostalgia como “un hombre potente en palabras y obras”, pero al fin de su vida, su pascua, fue un intento  fallido (nuestros sacerdotes y nuestros jefes lo crucificaron) o una ilusión (cierto algunas mujeres de las nuestras nos desconcertaron con una noticia, pero a él no lo hemos visto.

 

El tercer cuadro (v.25-27) está dominado por la lectura del evento pascual hecha por Jesús y por lo tanto compartida por el creyente. A través de la meditación de la Palabra de Dios, se logra penetrar en el misterio de Cristo. A las reflexiones de este personaje misterioso, el ánimo de los dos discípulos comienza a serenarse, a entusiasmase de nuevo (con razón sentíamos que ardía nuestro corazón cuando nos explicaba las escrituras), arde el corazón pero todavía no llega a la fe.

 

La última escena (v.28-35) está dedicada al reconocimiento en la fe de Jesús y del anuncio a los hermanos. Una vez lograda la plenitud de la fe, creyendo en el Cristo resucitado, los discípulos no pueden contener el secreto, la experiencia vivida. Como Pedro y los otros apóstoles al regreso de la tumba vacía, también éstos deben «correr para anunciar» la fe incapaces de retener para solo para ellos una experiencia tan grande. Incluso esta última etapa deberá ser alcanzada por todos aquellos que están caminando por los caminos no fáciles de la fe y tal vez hoy están todavía llenos de tristeza moviéndose en la oscuridad de la primera escena.  Estamos frente a un relato magistral de Lucas. El arte de narrar a Jesucristo, se titula uno de los últimos comentarios retóricos a Lc.  

 

 

 

Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

 

Los dos discípulos se van de Jerusalén y se ponen en camino. En Jerusalén han tenido lugar acontecimientos que, misteriosamente, se intuyen como importantes, fundamentales para la vida del mundo. En el camino debaten sobre lo que había ocurrido, con un velo de tristeza en el rostro; pero, sin que se den cuenta, se aproxima el Señor, que camina con ellos hablando precisamente sobre lo que había sucedido en Jerusalén. Cristo trata de abrirles los ojos y de inflamar sus corazones para que le reconozcan y cambiar así su camino. Les explica todos los pasajes de la Escritura que se refieren a él y ellos sienten que en su corazón renace la esperanza. Un impulso del corazón les sugiere invitarlo a pasar la noche en Emaús. El Compañero de busca a los desalentados discípulos y, ellos, en su tristeza, buscan a Jesús. El encuentro llega a su plenitud en la «fracción del pan». Lo insólito y la alegría del reencuentro los devuelve  a la Ciudad para comunicar a sus compañeros la experiencia que ha cambiado sus vidas. Luego del encuentro con el Resucitado, no se puede permanecer sentado.

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