DOMINGO II Adviento  A.

 Is. 11,1-10; Sal. 71; Rom. 15,4-9; Mt, 3,1-12

Y, ¿si el mensaje del Bautista tuviese la intención de hacernos conscientes del contenido divino de nuestras «crisis»? ¡Nuestras crisis! El mensaje del Bautista puede hacer pasar nuestra vida, del régimen de esclavitud al régimen de la gracia, en cuento nos prepara para recibir al “Otro”, al que viene después de él.

 

El tema central del Adviento es el tema de la esperanza. La esperanza es una virtud que suele tornarse extremadamente difícil porque hay que echar mano de ella o desarrollar todas sus potencialidades precisamente en los momentos menos propicios para dicha virtud. “Esperanza es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes fe y esperanza parecen intercambiables”. (B. XVI).

 

+++

Is. 11,1-10 – La sociedad perfecta – Isaías nos presenta con bellas  imágenes  una sociedad perfecta: un pueblo feliz y santo, donde las necesidades  de cada individuo y de la sociedad se realizan concretamente y permiten la convivencia en armonía.  Isaías es un poeta consumado que, como pocos, sabe usar el lenguaje imaginativo para expresar su mensaje. Al centro de estas exigencias está la paz; la paz es posible obtenerla y sostenerla mediante la justicia, y la justicia viene del Espíritu de Dios que es amor, y llenará la tierra.

 

La sociedad perfecta puede parecernos una utopía, pero Cristo la ha ratificado con su propia sangre rechazando ser el Dios del “templo”, es decir, al servicio exclusivo de una casta o de un pueblo, y asumiendo en pleno el drama de la humanidad para transformarla en “una novedad”, en una justicia perfecta que los hombres creen imposible porque no saben renunciar a su “templo”, es decir, a su egoísmo, a su individualismo clasista.

 

Esta paz y esta justicia que nosotros no podemos construir será posible porque “en aquél día brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de su raíz. Sobre él se posará el Espíritu del Señor, Espíritu de Sabiduría e Inteligencia, Espíritu de Consejo y Fortaleza, Espíritu de Piedad y Temor de Dios. Esta acción que, nosotros lo sabemos ahora, se realiza plenamente en Jesús y no en uno de los reyezuelos de la dinastía de David, refleja  la característica divina esencial: El amor y la fidelidad=misericordia.  También hoy, la paz será posible si acogemos el evangelio; Pablo habla del evangelio de paz.

 

Sal. 71 – La aclamación del salmo responsorial nos pone en perspectiva adventual: ¡Ven, Señor, rey de justicia y de paz! El anhelo más profundo, la necesidad más vital, que brota en nuestro entorno es, precisamente, esa: el deseo de justicia y de paz, sea en nuestro corazón o en nuestras familias, o en la sociedad. ¡Hasta las guerras se hacen para obtener la paz!, tal es la paradoja del ser humano. Queremos la paz manteniendo las injusticias de todo tipo, dejándolas incólumes. “No podemos hablar de paz con las armas en la manos” (Pablo VI en la ONU). Esta mixtificación  facilita muchas manifestaciones sociales a favor de la paz, porque dichas manifestaciones no nos obligan a cambiar el propio corazón, a renunciar a violencia y a injusticias. No exigen la conversión del corazón.

 

Este salmo canta al rey mesiánico. Si pensamos en el minúsculo rey de Palestina, soberano por algunas generaciones de insignificantes reyes vecinos, este salmo suena a sueño utópico, a adulación cortesana, a fantasía oriental. Salmos como éste, rezados sinceramente por generaciones, han alimentado y ensanchado la esperanza, han cultivado el sentido universalista, han hecho comprender el puesto de un salvador personal. Rezados por el rey presente, eran súplica; rezados por el rey futuro, iban siendo profecía y expectación. Solamente en Cristo alcanza el salmo la plenitud de sentido.

 

Rom. 15,4-9 – Cristianismo como comunión – Pablo, en este pasaje hace alusión a conflictos vividos en la iglesia primitiva; es un fragmento parenético, y propone el ejemplo y mandato de Cristo de ser hombres nuevos en el amor, los cristianos de todo tiempo somos propensos a olvidar la comunión fraterna,  hemos hecho derivar la fe en algo intimista, individualista, en expresión egoísta de una necesidad, como si pudiéramos entendernos con Dios al margen de los hermanos. Sin embargo, no hay otro modo de ser cristianos si no es dando testimonio de la misericordia de Dios en la comunidad. Por lo tanto, acójanse unos a otros como Cristo los acogió a ustedes para gloria de Dios. Quiero decir con esto, que Cristo se puso al servicio (diaconía) del pueblo judío para demostrar la fidelidad de Dios….

 

Dios ha entrado en comunión con los hombres sin traicionar su personalidad; así también el hombre, puede y debe amar a todos aunque tenga que luchar contra el mal, permaneciendo siempre fiel a la verdad.  

 

Mt, 3,1-12 – Un baño de fuego – El Mesías largamente esperado está por llegar. El Jordán, donde Juan bautiza a la multitud, no es una piscina milagrosa. Muchos de los turistas que todavía hoy visitan el Jordán suelen incluso traer agua para bautizar a sus vástagos y no pocos suelen tomarla con pésimos efectos para su estómago, otorgándole efectos milagrosos, no obstante la contaminación. No, el Jordán no es eso; el Jordán es el lugar donde Juan exige una rectificación de la vida, una actitud de penitencia, arrepentimiento y conversión, como únicas actitudes coherentes, ante la inminencia del reino que llega.

 

Someterse al rito de la purificación sin desear una renovación de la propia vida y de la propia comunidad, es algo que no tiene sentido. Ni la fe tradicional, ni las obras bastarán para justificar al fariseo. Juan tiene ante sus ojos a grupos de personas que no van con la intención de convertirse sino de espiar, contradecir, y en su momento, agredir. Son raza de víboras que ponen su confianza en las tradiciones, en la raza, en la sangre, en el templo.  Eso ya no sirve de nada; hay que entrar por un camino nuevo, algo radicalmente nuevo está por comenzar y el vino nuevo hay que ponerlo en odres nuevos. Nada de falsas seguridades.

 

No puede haber bautismo (vida nueva) sin un cambio de mentalidad. Nuestro propio bautismo – al cual debemos continuar sometiéndonos – nos debe renovar en el Espíritu de Dios y hacernos arder en su fuego.  Después de todo, el Bautista lo que menos hace es despertar falsas ilusiones u ofrecer atajos; él bautiza con agua pero luego viene Otro que bautizará con fuego y Espíritu Santo, es decir, realizará la nueva creación.

 

El Adviento debe meternos en esta dinámica de conversión, arrepentimiento y renovación interior.  

Minuto y medio  con el Evangelio

p.h. Trevizo.

 

En el desierto, el lugar tradicional del retorno a Dios, – lugar del encuentro, de revelación y de la tentación -, donde numerosas sectas, en aquel tiempo, multiplicaban los ritos de purificación, Juan impone únicamente un bautismo, antes del juicio. Con la lucidez del profeta, ve el hacha que ya comienza a golpear los fundamentos del mundo.

 

Jesús continuará la misma proclamación, la misma llamada ante el mismo auditorio. Predicando la venida del reino, el Bautista anuncia una crisis muy cercana, que no se podrá enfrentar más que a través de la penitencia que produzca frutos de conversión. Él no es ninguno de los profetas. Entre sus oyentes hay muchos que pertenecen a la clase dirigente, religiosa y social, que pondrá muchos obstáculos a él, y después a Jesús.

 

Este profeta, puro y austero, nos “mueve el tapete”. Su predicación proclama el juicio terrible de Dios sobre el mundo; Juan anuncia la urgencia del tiempo. Ahora es cuando tenemos que hacer las opciones que las circunstancias exigen. Jesús nunca bajará el tono aunque cambie de registro. Jesús mismo es la crisis del mundo. Lo hemos leído la semana pasada.   El Bautista nos invita a no tomar a la ligera el amor de Dios por nosotros. Su anuncio resuena en un clima de adviento y nos impulsa a mirar hacia adelante: hacia la aparición del Rey que en el último día, y ya desde ahora, separa la paja del grano. Jesús anuncia el tiempo final; Juan, prepara a la gente para que atienda a ese anuncio. Nos invita a tomar en serio las cosas. Seriedad con las cosas, como aconseja von Balthasar.

 

Con su ampulosa y genial elocuencia, el padre Lacordaire, pronunció estas palabras en Notre-Dame: «Si hubiese sido la justicia la que cavó el abismo, hubiera habido todavía remedio, pero ha sido también el amor: por esto ya no hay esperanza. Cuando se es condenado por la justicia, se puede recurrir al amor; pero cuando se es condenado por el amor, ¿qué recurso nos queda? Es la suerte de los condenados. El amor que ha dado su sangre por ustedes, ese mismo amor los maldice. ¿Qué pensáis? Un Dios ha bajado a vosotros, ha tomado vuestra naturaleza, ha hablado vuestra lengua, ha tocado vuestras manos, ha curado vuestras heridas, ha resucitado a vuestros muertos… ¿Qué digo? Un Dios se ha entregado por vosotros a las intrigas y a las injurias de la traición, se ha dejado ver públicamente en la plaza entre ladrones y prostitutas, se ha dejado clavar en una cruz, lacerar por los azotes, coronar de espinas, y en fin, ha muerto  por vosotros en una cruz, y, ¿después de todo esto pensáis que os estará permitido blasfemar y reír y andar sin temor de la mano de todos nuestros vicios? No, no os hagáis ilusión, el amor no es un juego; no se es amado impunemente por Dios, no se es amado impunemente hasta la cruz. No es la justicia desprovista de misericordia, es el amor. El amor es la vida o la muerte, y cuando se trata del amor de un Dios, es la vida eterna o la muerte eterna. (Conferencia 72).

Leer homilía en JesúsMaestro