Selexyz Dominicanen, la iglesia que se convirtió en librería en Maastricht, Países Bajos.

Imaginemos que dentro de 200 años un grupo de visitantes en la Ciudad de México llega al Museo Nacional de Antropología e Historia. El guía muestra a los turistas la sala donde se encuentra, colgado en una pared, el ayate del indio Juan Diego con la imagen de la Virgen de Guadalupe. Explica el guía: “Este ayate, considerado milagroso para muchos católicos durante siglos, fue venerado y traído a este museo hace algunas décadas, cuando cerraron la basílica porque los católicos se fueron extinguiendo. Hoy quedan apenas pocos cientos de católicos que celebran clandestinamente su fe”.

Para los creyentes esto se antoja, al mismo tiempo, imposible y escandaloso. Pero no es algo que no pueda suceder. Recordemos que en la historia del cristianismo desaparecieron regiones enteras del norte de África donde fue removida la cruz para implantar el islam. Hoy en Europa el cristianismo languidece ante un secularismo materialista muy agresivo, donde iglesias han cerrado por falta de fieles y se han convertido en librerías o restaurantes. Duele decirlo: los cristianos de Occidente somos hoy una especie en vías de extinción. Me refiero a los cristianos de verdad creyentes y practicantes, porque los cristianos de cascarón son muchos: dicen creer, pero Dios, en realidad, no tiene la mínima influencia en sus vidas. 
Es impresionante la vivacidad y el compromiso con el que los musulmanes difunden el islam. Sabemos que los misioneros cristianos, durante siglos, difundieron a Cristo en el África formando comunidades. Sin embargo los musulmanes han alcanzado también el continente negro. ¿Cómo lograron difundir el islam, que hoy tiene un número importante de creyentes y fervor religioso? El secreto es muy simple. Cada musulmán se siente misionero y todos comerciantes que llevaban las mercancías del norte al sur del continente africano esparcían, al mismo tiempo, las enseñanzas del Corán.

Esto ha de hacernos reflexionar. ¿Cómo ocurrió que nosotros los cristianos, con el pasar del tiempo, nos hemos convertido en personas cada vez más pasivas, casi hasta llegar a ver a la Iglesia como una institución extraña, a la que se acude a veces como cuando se va a realizar algún trámite a las oficinas públicas, cuando, en realidad, la fe católica es el cimiento de nuestra civilización occidental? Abramos los ojos. Somos cristianos y Jesucristo nos necesita: “Llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros”. La experiencia de ser primero llamados antecede a la misión. Dirá el papa Francisco: “La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento”. (Evangelii gaudium 1)

Alguien no puede ser apóstol si primero no es un buen cristiano. La primera cualidad de un apóstol debe ser hablar con convicción. Un católico convencido es un apóstol. La convicción nace y crece en el corazón en la medida en que Jesús se convierte en una presencia viva en la propia vida. “Lo que existía desde el principio, lo que hemos visto y oído, os lo damos a conocer”, dirá san Juan. Es del encuentro con Jesús y de la intimidad con él de donde brota el deseo de darlo a conocer y hacerlo amar. No se trata de dar a conocer un producto comercial. La fe se comunica por contagio. Si Jesús no está vivo en el corazón, no se puede donar a nadie.

Muchos tienen el deseo de ser misioneros en las praderas africanas. Sin embargo las batallas más decisivas por el futuro de la Iglesia están en nuestro mundo Occidental, que ha dado la espalda a Jesús. Aquí se necesita una movilización general que los papas llaman “la nueva evangelización”. En Ciudad Juárez y en México somos testigos de la pérdida del sentido de la vida para tantas personas que viven en el mundo tenebroso del crimen organizado sembrando destrucción y muerte. Vemos a miles de jóvenes que no encuentran sentido para sus vidas, metidos hasta el fondo de la diversión, el alcohol la droga y el sexo.

En los próximos años se plantea el cierre de 14,000
de las 35,000 iglesias protestantes y católicas que hay en Alemania.

¿Podremos permanecer pasivos viendo cómo se destruye nuestra cultura? San Benito Abad no se resignó a contemplar la caída del Imperio Romano. Por inspiración divina fundó una red de monasterios que permitió la difusión posterior del cristianismo en Europa. Nos preguntamos qué podemos hacer nosotros. Hay un apostolado que se llama “de la vida cotidiana”, que consiste en vivir la fe con coherencia y serenidad, en el cumplimiento de los deberes en familia y en el trabajo, en el ofrecimiento de la oración, de los sufrimientos y la práctica del amor fraterno. En este ambiente silencioso y discreto es donde Dios realiza, con sus humildes instrumentos, las conquistas más grandes.

Algunos fieles se acercan a su parroquia con la misma frecuencia con la que acuden a las oficinas de gobierno: cuando se nace, cuando se casa y cuando se muere. Otros participan asiduamente en la misa del domingo, pero continúan viendo a su parroquia como algo extraño. Hoy el clima de individualismo y el anonimato que caracteriza a nuestras ciudades han acabado con los vínculos de pertenencia a la comunidad católica.

Hay que hacer una gran obra de reconstrucción de las parroquias. Ellas son el corazón de la comunidad cristiana, de la cual somos miembros. Es necesario pertenecer a una parroquia y ahí alimentar la vida cristiana. Presentémonos al sacerdote de la parroquia y démonos a conocer. Participemos sobre todo en la vida de oración cuyo centro es la Eucaristía. Podemos informarnos de las varias iniciativas y, en la medida de lo posible, donar un poco de nuestro tiempo.

A algunas personas Dios no se limita pidiéndoles el testimonio ordinario de la vida cristiana. No son raros los casos en donde Dios lo pide todo a la persona, todas sus energías, todo su tiempo, toda su vida, como hizo con los apóstoles. Te pide ser un instrumento totalmente disponible en sus manos. Esto ocurre normalmente con la vocación al sacerdocio o a la vida religiosa, pero no sólo ello. A muchos laicos Dios confía una misión especial, pidiéndoles plena disponibilidad para sus planes. Dios necesita apóstoles de este tipo para la gran obra de evangelización en el mundo. Si tienes la certeza de ser llamado, no dudes en decir ‘sí’ y entregarse sin reservas. Nunca te arrepentirás.

Ver en el Blog del Padre Hayen