Dt 26,4-10; Sal 90; Rm 10,8-13; Lc 4,1-13

La
liturgia se desarrolla en el tiempo.
El Año Litúrgico es como un difuso
«sacramento» de la presencia del Señor en el tiempo. El Año Litúrgico, en su
lento correr, analítico, nos permite desarrollar toda la historia de Jesús,
repasarla, imprimirla, a través de la contemplación, en nuestra mente, y de
recibir de ella las gracias “merecidas” por los varios misterios celebrados y
recibir, mejor, la gracia pascual, a donde confluyen todas las virtudes y
méritos de lo que S. Tomás llamaba “los sacramentos” del Hijo de Dios, ó
«acciones y pasiones de su humanidad».

Por esto, con todas las necesidades que
hay en el mundo, con el peso de la secularidad que avanza incontenible y lo
invade, con toda la oposición a la vida religiosa y a la vida de fe que existe
en nuestra cultura y la fuerza del pecado que lo trastorna todo, la liturgia
continúa impávida celebrando su tiempo y sus «estaciones». Cada año nos ofrece
una cita con la Navidad y con la Pascua, con el Adviento y con la Cuaresma, con
la regularidad de las cuatro estaciones, o del sol que sale en la mañana y se
pone en al atardecer.

En la liturgia, la Iglesia expresa y
encuentra el sentido profundo del tiempo. Cristo, en el misterio de su muerte y
resurrección, ha dado definitivamente a los días de la humanidad y a los de
todo hombre, el significado único y último, y la Iglesia es la comunión en el
tiempo, mediante la fe, en este significado. A través de la liturgia y su
desarrollo, la iglesia lo comprende cada vez mejor, lo desarrolla y hace crecer
según la medida y la dimensión de Cristo.

La
victoria sobre el diablo en el camino cuaresmal.
La experiencia de la
iglesia en el tiempo cuaresmal encuentra su interpretación y su posibilidad en
la Palabra de Dios más intensamente acogida y escuchada. No tendría sentido
«subir con el Señor a Jerusalén», – que eso es la cuaresma -, si no fuésemos
sostenidos por la fe en el proyecto de Dios que no concibe camino diverso para
el hombre más que este camino de la plena confianza en Dios. Solamente desde
esta confianza plena y total, indestructible, en Dios, se puede vencer al
diablo.

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Dt
26,4-10 – Dios no exige impuestos – ¡Feliz aquel que, al fin, trabaja en su
propia tierra! Israel había trabajado muchos años para otros, incluso, como
esclavo, para patrones y para opresores; pero ahora las cosechas que levanta
del campo son suyas. Su trabajo puede ser todavía penoso, pero es bello porque
es libre. Antes que el fruto de la propia fatiga llegue a la mesa para nutrir a
los hijos y ser motivo de satisfacción, el hebreo lo presenta a Dios en acción
de gracias; porque solo Dios es el dueño que no vive del trabajo de los otros.

Sal 90
– Exhortación sobre Dios, refugio del hombre, con un oráculo divino al final.
Los versitos 1-2; 10-11; 12-13; 14-15, leeremos este domingo. Sería mejor
leerlo completo: «Se puso junto a mí: lo libraré; lo protegeré porque conoce mi
nombre, me invocará y lo escucharé. Con él estaré en la tribulación, lo
defenderé, lo glorificaré; lo saciaré de largos días, le haré ver mi
salvación.»

Cuando
el demonio cita los versos 11 y 12: «porque a sus ángeles ha dado órdenes para
que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas para que tu pie no
tropiece en la piedra», para tentar a Cristo, está deformando el sentido de la
confianza; Cristo con su vida, muerte y resurrección, reestablece el sentido de
la auténtica confianza, que se apoya sencillamente en estar con Dios. El
cristiano está con Dios en Cristo Jesús.

Rm
10,8-13 – Confianza recíproca – En un pacto de alianza, los contrayentes deben
poder contar totalmente uno con el otro. Esta es también la actitud del
creyente; una confianza total en la fidelidad de Dios. No ha visto a Cristo
resucitado, sin embargo, cree. Confesar la fe, por lo tanto, ser «justos» es
salvarse, significa vivir ya desde ahora según la exigencia de la amistad
divina que se ofrece a todos; significa estar en comunión de pensamiento, de
acción y de vida con Dios, comunión que viene realizada en la eucaristía y debe
serlo también en la vida.

Lc
4,1-13 – La vida como elección – En la lucha que Jesús sostiene contra satanás,
el cristiano reencuentra su drama personal. En el desierto, Israel tenía que
elegir: ¿la palabra de Dios o la seguridad política y económica? ¿Dios o los
ídolos? ¿Aceptar a Dios o exigirle milagros? Para el autor del Deuteronomio, el
pueblo debió apoyarse únicamente en la palabra de Dios. Jesús hace suya esta
visión de las cosas, afirmando así de qué modo entiende ser «Hijo de Dios». Ser
tentado, no es simplemente el riesgo de ser seducidos por el mal; significa
estar obligados a hacer una elección decisiva: o la seguridad de una vida
arreglada, o la total confianza en Dios, sin siquiera saber, como Abrahán, a
dónde tenemos que ir.

+ La Cuaresma abre con el episodio de
las tentaciones. Cristo  vencedor del
demonio, que le propone tres tentaciones, o mejor dicho, tres propuestas cuya
intención última es sembrar duda, quebrar la confianza en el Padre; Cristo, en
esta encrucijada, es la antítesis de Adán y de Israel;  el primer Adán fracasó porque no confió
plenamente en el proyecto de Dios; Israel, – cuyo «credo histórico» (G. von
Rad) leemos en la I Lectura de hoy -, fracasó, desconfió, dudó, puso a prueba,
«tentaron»,  a Dios, “aunque habían visto
mis obras”. Israel se revela contra Dios en el desierto y duda de la viabilidad
de proyecto divino de liberación. Llegan al extremo de construirse un ídolo.

+ El Diablo presenta a Jesús, – puesto
que es el Hijo de Dios -, la posibilidad de usar otros medios, tomar caminos
alternos, para «realizar» la voluntad del su Padre. El relato de las
tentaciones es un modelo acabado de la psicología de la tentación, de la
dinámica del pecado. El tentador comenzará, siempre, sembrando una duda sutil,
delicadamente, la posibilidad de otras posibilidades. La tentación comienza con
la duda, con un simpe ¿por qué? La única forma de vencerla es mediante la
confianza total en Dios y en su misericordia; fe en su proyecto, aunque no lo
comprendamos.

+
La tentación de Cristo
. Cristo ha padecido realmente la tentación. No
se trata de un simple ejercicio estilístico, ni es sólo el afán de darnos
ejemplo lo que inspira el relato. Se trata, nada menos, que del realismo de la
Encarnación. “Él se hizo semejante a nosotros en todo, menos en el pecado”. En él,
la tentación es lucidez. El demonio sabe muy bien como tiene que actuar. No se
trata primeramente de desobedecer a Dios, sino de buscar un “mejor camino”;
existe un perfecto mecanismo de justificación. En Cristo, es una tentación
terrible. Porque ceder a ella no sería ni debilidad ni abandono. No sería ni
siquiera gusto por el mundo. La tentación aquí, quiere decir lucidez. Yo veo
claramente que plan de Dios es inviable, no es “realista”. ¿Tenemos la
delicadeza de consultar, en la oración, nuestros planes de pastoral, o lo
ponemos ante hechos consumados? Nosotros ya hemos tomado la decisión. Nosotros
sabemos el cómo. Lo que está en juego es la manera de obrar de Dios. La
tentación intenta destruir la confianza incondicional que debemos tener en
Dios. Gibson, genial, ha presentado en su filme el drama pavoroso de la
tentación: el demonio sabe tocar el punto preciso del que depende todo, conoce
el punto de quiebre.

En la tentación, Dios mismo es puesto en
el banquillo de los acusados, se pone en tela de juicio su amor, su sabiduría,
su providencia.  Se le discute a Dios su
manera de obrar en relación con los hombres. La tentación pretende que uno se
haga consciente de que el cuidado que Dios tiene de los hombres es totalmente ridículo
para todo el que tenga los ojos abiertos. Dios, sencillamente se ha equivocado,
ha calculado mal, por eso el hombre debe de corregir su obra, desde la
biotecnología hasta los parlamentos y congresos de los hombres.  Esa “realidad objetiva” es la que el diablo
pone ante Jesús. El camino de la cruz es una estupidez, existen alternativas
mejores

+ La tentación de la iglesia.  La iglesia tiene continuamente necesidad de
recordar este hecho porque, ella, no pertenece a un proyecto humano. No es un
producto nuestro. Ni la historia ni la naturaleza podrían revelarle jamás “su
esencia” o presentarle un proyecto de realización. Más que la creación, la
Iglesia es la obra y el término de la Palabra de Dios manifestada por su
misterio. ¡Qué terrible convertirla en estructura empresarial, en una entidad
burocrática! ¿No esa la tentación hoy?

Cuando una filosofía de la historia o
del hombre abren un fácil espacio a la iglesia, o, correlativamente, cuando
ésta no duda en encontrarse inmersa en las ideologías, o incluso llegue a
creerse la respuesta a las exigencias y vacíos, enigmas e impotencias de la
historia, es el momento de una viva reflexión crítica. Para estar presente en
el mundo, la Iglesia no puede aliarse con ningún poder que no sea aquél que se
expresa en Cristo crucificado. Debemos leer de nuevo Ecclesiam Suam.

“Ustedes no son del mundo”; “no te pido
que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno”; cierto, la
comunidad de Jesús es levadura que ha de estar e interactuar en la masa, pero no
ha de perder su virtud ni confundirse con ella, de lo contrario, sería la sal
que ha perdido la capacidad de preservar y hay que tirarla a la calle para que
la pisoteen. El reino de Jesús no es de este mundo, aunque esté en este mundo.

+ Qué
relación tiene la tentación de Cristo con la del cristiano?
El mismo Cristo
nos la indica en la oración que nos enseñó y una de cuyas peticiones es ésta
precisamente: «no nos dejes caer en la tentación», y que debemos unir a la
siguiente: «Más, líbranos del Maligno». El texto original dice: «no nos sometas
a la tentación». Esta petición puede parecernos insólita: no es Dios el que
tienta. Pero es Dios el que nos deja en situaciones que son realmente
tentaciones. Pues bien, de esas situaciones es de las que el cristiano pide a
Dios que lo preserve. Si Cristo nos enseña a orar de ese modo, es porque la
tentación más terrible no es la que nace de la carne o del mundo, sino la que
brota de una situación en la que la actuación providente de Dios, su rostro de
Padre amoroso se borra de nuestro campo de percepción. El cristiano puede decir
entonces: «¿dónde está Dios?» En muchas de las situaciones por las que puede
pasar el hombre no encuentra más que indiferencia y silencio: Dios está tan
lejos que también entonces el cristiano experimenta el abandono de la cruz:
«Dios mío, por qué me has abandonado» 

+ La confianza incondicional es el único
camino de salvación, pero es un camino que bordea el precipicio de la revuelta
contra Dios. Semejantes situaciones son la tentación suprema para el espíritu.
Atacan a la fe en su misma raíz, y se comprende que Cristo pide a los
cristianos que huyan en caso de persecución: la no intervención de Dios se
palpa ahí de una manera tan cruel que puede destruir la fe.

No es extraño también que la Iglesia y
los cristianos recen todos los días para que Dios salga de su silencio, para
que abrevie los tiempos en los que no se despliega su poder amoroso.  El cristiano reza para que no se encuentre
nunca en una situación en donde las únicas salidas posibles son la confianza
ciega o la evidencia incrédula que parece estar segura de que “Dios no nos
ama”.

Hoy, la tentación más fuerte puede venir
de la cultura que parece convencernos de que podemos arreglárnosla sin Dios,
que parece decirnos que podemos vivir de forma plenamente humana sin él. “Hoy
se ha hecho posible vivir sin Dios”. (B.XVI). Que podemos corregir su obra
mediante la política, la economía, la tecnología o las ideologías, la
burocracia. Una cultura que convence a sus ciudadanos de que pueden vivir sin
Dios, que lleva a sus ciudadanos a olvidarse de Dios, es diabólica, ha dicho B.
XVI. Es ésta la tentación que nos toca vencer hoy. Individual y socialmente.

“La gran tentación del futuro será que
vamos a encontrar el mundo de la ciencia, de la técnica y del arte más vivo y
más fascinante que el Dios de las Escrituras. (T. de Chardin). Yo añadiría a
esos ídolos el deporte.

Bajo el sol de satanás. He aquí
un bello texto.

“Vosotros, que no conocéis del mundo más
que colores y sonidos sin sustancia, corazones sensibles, bocas líricas en las
que la áspera verdad se derrite como un chocolate – pequeños corazones,
pequeñas bocas -, todo esto no es para vosotros.

Vuestras acciones diabólicas están a la
medida de vuestros nervios frágiles, de vuestros preciosos caprichos, y el
satanás de vuestro extraño ritual no es más que vuestra imagen misma deformada,
porque el devoto de la carne es el satanás de sí mismo.

El enemigo os mira riendo, pero no ha
puesto sobre ustedes sus garras. No está en vuestros libros llenos de chistes,
ni en vuestras blasfemias y ni siquiera en vuestras ridículas maldiciones. No
está en vuestras miradas ávidas, en vuestras manos pérfidas, en vuestras orejas
llenas de viento.

Es inútil que lo busquéis en la carne
más secreta que vuestro despreciable apetito atraviesa sin saciarse; de la boca
con la que mordéis escurre una sangre insípida y descolorida.

Pero en la oración del solitario, en su
ayuno y en su penitencia, en el éxtasis más profundo y en el silencio del
corazón, ahí el enemigo está presente. Envenena el agua lustral, arde en el
cirio sacro, respira en el hálito de las vírgenes, se esconde en el flagelo del
cilicio; prueba todos los caminos.

Vigila los labios que se abren para
pronunciar la palabra de la verdad, persigue al justo entre los rayos y los
relámpagos del éxtasis beatífico, lo alcanza, incluso, entre los brazos de
Dios. ¿Para qué disputarle a la tierra tantos hombres que se retuercen como
gusanos, aceptando que ella los engulla de nuevo, mañana? Ese rebaño ciego va
por sí solo a su destino.

El odio de satanás está reservado para
los santos”. (G. Bernanos).

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