I DOMINGO ADVIENTO.  A

Comentario a la liturgia dominical

Is.2,1-5; Sal. 121; Rom.13,11-14; Mt.24,37-44

 

La gente no se da cuenta de nada, entretenida en sus propias bagatelas, como en los días de Noé. (¿No nos preocupa la manipulación mediática de estos días desatada por el consumismo?) Y de improviso serán tomados, sorprendidos en su hibernación, en su descuido existencial. La liturgia nos permite colocarnos cristianamente en el tiempo que nos dispersa. “El Año Litúrgico, es Cristo mismo que pasa de nuevo en medio de nosotros con las mismas bondadosísimas intenciones con las que pasó haciendo el bien a todos y curando a los oprimidos por el demonio cuando vivió su vida terrena”. (Pío XII. Mediato Dei).

 

Is.2,1-5.- Una ciudad de paz – Jerusalén significa «ciudad de la paz», y es símbolo de la humanidad amada por Dios en la búsqueda continua de una paz no ilusoria. No obstante su infidelidad, Dios la restaura con paciencia y bondad. Es más, hará surgir de ella la palabra que anunciará la paz a toda la tierra y la misericordia de Dios hacia los hombres. Todos los hombres de buena voluntad que se comprometan a ser artífices de  la paz, serán ciudadanos de esta Jerusalén.  

 

Sal. 121.- Es un canto de peregrinación. Una de las peregrinaciones anuales, cuando Israel converge hacia el templo. Los dos primeros versitos recogen los dos momentos capitales: cuando el peregrino se pone en marcha «vamos», cuando pisa los umbrales de la ciudad Santa.

 

La segunda estrofa canta la gloria de la ciudad. Bien fundada  (se entiende por Dios); centro espiritual de todo el pueblo y lugar del culto «las tribus del Señor», «celebrar el nombre del Señor»; tribunal del rey que administra justicia en todo el reino. Centro religioso y político, fundación de Dios.

 

Los peregrinos pronuncian sus bendiciones sobre la ciudad.  Le desean todos  los bienes, sobre todo las síntesis de bienes que es la paz. La razón de este deseo, al mismo tiempo garantía de su eficacia, es la casa del Señor de la alianza.

 

La iglesia es la nueva Jerusalén, bajada del cielo y fundada por el Señor; centro de peregrinación de todas las tribus de la tierra, que se profesan «tribus del Señor». El cristiano busca en ella e invoca por ella la paz. Pero la iglesia terrestre es imagen e invitación para la celeste: en la iglesia los cristianos realizan la gran peregrinación hacia la casa del Señor nuestro Dios.   Es la teología del Apocalipsis. (Sabiamente la liturgia repite el mismo salmo procesional que en la fiesta de Cristo Rey: 121)

 

Rom.13,11-14.- La hora de la espera vigilante – En un mundo que cree en el progreso, también la iglesia tiene también el compromiso de avanzar. Ella va al encuentro de Cristo. Por el cristiano radica aquí el sentido de la historia de los hombres y la suya propia.  Es necesario, sin embargo, mantener los ojos abiertos, para saber leer los signos del progreso en sí y en torno a sí. El cristiano es un impaciente: quiere acelerar el encuentro con Cristo. No puede dormir desde que Cristo ha vencido la noche y ha instaurado el día. El mundo no podrá recibir la luz de Cristo si los cristianos son hombres opacos, crepusculares, adormilados.

 

Mt.24,37-44.-  Dios nos llama todos los días – Este texto refleja la atmósfera de febril espera del retorno de Cristo, imperante en el tiempo de los nuevos cristianos. Mientras el mundo caminaba a la deriva, sin ideales y sin esperanza, los cristianos esperaban algo que debía ser inmediato y definitivo. Pero Dios «viene» cada día; es eterno  y al mismo tiempo imprevisible. No se trata, sin embargo, de estar tensos e inquietos como ante una imprevista catástrofe, sino al contrario, estar atentos y concentrados; no por miedo a la muerte, sino para no perder la oportunidad de estar siempre con el Señor.

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El Libro de la Sede trae una Monición de entrada  que sintetiza la naturaleza del Adviento: “Hoy comenzamos el adviento para recordar que siempre es adviento. Adviento es mirar al futuro; nuestro Dios es el Dios del futuro, el Dios de las promesas. Adviento es aguardar al que tiene que venir: el que está viniendo, el que está cerca, el que está en medio de nosotros; el que vino ya. Adviento es la esperanza, las esperanzas de todos los hombres del mundo. Nuestra esperanza de creyentes se cifra en un nombre: Jesucristo”.

 

Adviento: Breve período que nos prepara a la Navidad. Mientras que la naturaleza se hunde lentamente en el sueño del invierno, escuchamos la advertencia de Pablo: «Ya es tiempo de despertarnos del sueño porque nuestra salvación está ya más cercana. La noche está avanzada y el día encima».

De hecho, a partir de la Pascua de Jesús, la vida de los hombres y de las sociedades avanza irresistiblemente hacia el fin y hacia el juicio. Debemos de decidir por él, y comprometer todas nuestras energías para «inventar nuestro futuro con Dios» (E. Mounier). El evangelio de este domingo nos pone en guardia, insistiendo en el hecho estar preparados, atentos, “atentos y vigilantes”, ante el imprevisible acontecimiento del Hijo del hombre. Como en los días de Noé, también hoy, y más hoy, vivimos en una ‘distracción existencial’. Existe la distracción como industria, (Entertainment Industry). Y de improviso serán tomados, distraídos en su propia hibernación, en su descuido de las cosas esenciales.  En realidad, ¡cuántas cosas nos distraen, nos preocupan, nos alteran, hacen de nosotros personas hipertensas, nerviosas, siendo así que sólo una cosa es necesaria. Debemos de pensar, y no como mera posibilidad, en el hecho de que nuestra vida avance por un camino de completa distracción olvidándonos de nuestro destino verdadero.

La imagen del Señor, parangonado a un ladrón que viene a media noche, expresa en modo significativo la necesidad de una continua vigilancia. El adviento es una advertencia que ha de durar siempre: ¡Estad preparados! «He aquí que estoy a la puerta y llamo». (Ap. 3,20)  No podemos decir que Cristo no esté llamando a nuestra puerta; lo que sí puede suceder es que no abramos la puerta y él pase de largo. Nuestra vida, decía S. Catalina de Siena, está atravesada por miles de voces de Dios. La iglesia corre, siempre,  el riesgo de no escuchar a aquél que llama a la puerta para despertar a los cristianos a las llamadas del espíritu.

Ahora más que nunca, la iglesia y los cristianos deben desempeñar un rol profético de contestación frontal en relación a un mundo adormilado, distraído, embotado, que se prepara para la navidad con un paroxismo consumista manejado hasta el exceso por la mercadotecnia; debemos gritar nuestro total desacuerdo, expresar nuestra más completa inadecuación ante semejante deformación. Un mundo así, amenaza ruina y nuestra actitud ha de ser una advertencia. ¿Qué tenemos que hacer para mantenernos despiertos, para dejar correr en nuestra vida una corriente de agua viva que nos impulse al servicio generoso del reino? ¿Qué tenemos que hacer para no ser tomados por sorpresa por el juicio, en la tarde de nuestra vida, en la tarde de nuestro mundo?

Papa Francisco, abre su fresca Exhortación, EG., con unas palabras que cuadran muy bien en el adviento:

Alegría que se renueva y se comunica

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado.

Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Aquel que nos invitó a perdonar «setenta veces siete» (Mt 18,22) nos da ejemplo: Él perdona setenta veces siete. Nos vuelve a cargar sobre sus hombros una y otra vez. Nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga este amor infinito e inquebrantable. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!” (2.3)

La liturgia puede prestar en este orden de ideas un gran servicio. Tenemos que llevar a nuestros fieles a la liturgia. Vivir el adviento, preparar el camino al que viene, celebrar la navidad, resulta imposible, materialmente imposible, si permanecemos alejados de la liturgia, de la iglesia. En la liturgia, obra de Cristo y de la iglesia, el Padre nos aguarda para colmar nuestra esperanza; en ella Cristo nos alcanza con su poder sanador aun en las circunstancias más adversas de nuestra vida. El adviento nos prepara para la gran revelación de la navidad.  Para nosotros, sacerdotes, la liturgia de las horas, la meditación e intensificación de la oración, son caminos obligados.

Sabiamente la liturgia nos propone el mismo salmo procesional que en la fiesta de Cristo Rey: Salmo 121.

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Un minuto con el Evangelio

Marko I. Rupnik, SJ

 

Cada vez que se habla de la venida del Señor o de su día, de su hora, Cristo insiste en que hay que estar preparados, estar despiertos, velar, estar listos, porque no sabemos ni el día ni la hora de su llegada y, además, su llegada tiene un aspecto terrible. Será como en los días de Noé: una tragedia. La muerte cruzará el mundo, pero, para quien esté listo, supondrá la liberación: el tiempo del amor, el tiempo en el que todo me hablará del amado. Su presencia se hace densa, por eso quien ama logra reconocerla y alegrarse de ella. Todo se convierte en recuerdo del amado. El amor nos hace contemplativos y disponibles. El adviento es el tiempo de la espera contemplativa. Vamos hacia el encuentro con el Señor; de lo contrario, no nos damos cuenta de nada, vivimos en la miopía de lo cotidiano. Perderse la cita con el Señor significa, de hecho, perder la vida y ser engullido como en los días de Noé.

 

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Pastoral del adviento.

Sabiendo que, en nuestra sociedad industrial y consumista, este período coincide con el lanzamiento comercial de  la campaña navideña, la pastoral del adviento debe por ello comprometerse a transmitir los valores y actitudes que mejor expresan la visión escatológica y trascendente de la vida. El adviento, con su mensaje de espera y esperanza en la venida del Señor, debe mover a las comunidades cristianas y a los fieles a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación y sin sentido parecen más extensas que las del hambre y del subdesarrollo. La auténtica toma de conciencia de la dimensión escatológica–trascendente  de la vida cristiana no debe mermar, sino incrementar el compromiso de redimir la historia y de preparar  mediante el servicio a los hombres sobre la tierra, algo así como la materia prima para el reino de los cielos. En efecto, Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de hacer más humana la vida terrena (cf. GS 38). Si la pastoral se deja guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas teológicas, encontrará en la liturgia del tiempo de adviento un medio y una oportunidad para crear cristianos y comunidades que sepan ser almas del mundo.

Espiritualidad del adviento.

Con la liturgia del adviento, la comunidad Cristiana está llamada a vivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida, la vigilante y gozosa espera, la esperanza, la conversión.

La actitud de espera  caracteriza a la iglesia y al cristiano, ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre (cf. 2Cor 1,20). Durante el adviento la iglesia no se pone al lado de los hebreos que esperaban al Mesías prometido, sino que vive aquella espera de Israel a niveles de realidad y de definitiva manifestación  de dicha esperanza, que se ha hecho actualidad esplendente en Cristo. Ahora vemos “como en un espejo”, pero llegará el día en que “veremos cara a cara”. (1Cor. 13,12) La iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozosa. Por eso clama: “Maranatha: Ven, Señor Jesús”. (Ap. 22,17,20)

El adviento celebra, pues, al “Dios de la esperanza” (Rom. 15,13) y vive la gozosa esperanza (cf. Rom. 8,24-25) El cántico que desde el primer domingo caracteriza al adviento es el del salmo 24: “A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío: no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados”.

Entrando en la historia, Dios interpela al hombre. La venida de Dios en Cristo exige conversión  continua; la novedad del evangelio es una luz que reclama un pronto y decidido despertar del sueño. (cf. Rom. 13,11-14) El tiempo de adviento sobre todo a través de la predicación del Bautista, es una llamada a la conversión en orden a preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. El adviento, enseña a vivir esa actitud de los pobres de Yahvé, de los mansos, los humildes, los disponibles, a quienes Jesús proclamó bienaventurados. (cf. Mt. 5,3-12)

 

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