Es tan intenso el drama de nuestras divisiones sociales que todo lo demás es engullido por el silencio. Se observa un cuidadoso silencio sobre lo esencial; y la truculencia, la superficialidad, la mentira, pues, afloran por todas partes. Se nos dice, que, en las actuales situaciones dramáticas, no hay tiempo de ocuparse de la compleja y fatigosa cuestión de la verdad, y que afrontarla significaría dejar a un lado los problemas acuciantes siguiendo el juego a ciertas minorías. Por otra parte, tenemos la impresión que se quisiera contraponer el amor y la verdad: por que los hombres se han venido agrediendo en nombre de la verdad, en tanto que el amor reconcilia y unifica. Pero no se dice que sean ni el amor ni la verdad. ¿Tendremos que volver al ‘Mundo de Parménides? Mejor al Evangelio.

Después de la primera guerra mundial, cuando en Alemania hervían el descontento y todos los fermentos políticos, había un sacerdote, Rupert Mayer, jesuita, quien no era ningún intelectual, ni un teólogo, ni un ideólogo, sino un buen pastor que acompañaba a su pueblo en esos momentos difíciles. Él residía en Múnich que en esos años convulsos era, casi, su parroquia. Había conocido a Hitler en el año 1919, cuando éste participaba como orador en una reunión de comunistas. En aquella hora temprana, cuando Hitler era un desconocido, causaba la impresión de que, aun sintiéndose un tanto contrariado por ello, podría convertirse en un aliado contra la tentación del bolchevismo. El propio Hitler jugará deliberadamente esta carta. Se conocieron a grado que, con ocasión de celebrar el padre Rupert Mayer el XXV aniversario  sacerdotal en 1923, Hitler le envió un telegrama de felicitación. Calculaba que, si tuviese de su parte a este sacerdote patriota, que había hecho méritos por su país y gozaba de gran prestigio en su ciudad, habría de serle de gran ayuda para ganarse a los indecisos, y en particular a los católicos. Mayer, en efecto, fue capellán en la I Guerra donde perdió una pierna y su trabajo a favor de los desempleados y enfermos en Múnich era heroico.

Hoy sabemos cuán difícil fue para los intelectuales alemanes -escritores, filósofos, políticos, y aún teólogos -, calar en la personalidad de Hitler, y advertir el riesgo que implicaba. No vamos a juzgar a la ligera el proceder de aquellos hombres; notables filósofos estaban confundidos ante el fenómeno Hitler, Heidegger, por ejemplo. Pero hemos de decir que el padre Mayer, que sólo era un pastor de almas, supo muy bien reconocer la máscara del anticristo. Y la reconoció fijándose en un aspecto que nadie había advertido hasta entonces. Nos ha dejado escrita la impresión que le causó Hitler: «Hitler exagera las cosas demasiado, y carece de escrúpulos ante la mentira». El no haber visto una cosa tan sencilla como ésta, pero tan terrible, preparó el desastre.  Hitler era una mentira; tenía la terrible facilidad de mentir, de engañar con la verdad.

De quien carece de respeto a la verdad es imposible que venga algo bueno, porque el escarnio de la verdad impide que florezcan el amor, la libertad y la justicia. La verdad, esa veracidad sencilla, humilde y perseverante del vivir cada día, es una base indispensable para cualquier otra virtud. Es venenoso y gravemente deformador del carácter que los niños aprendan a mentir, que vean que la mentira es eficaz, y que nosotros hablemos “de mentiras piadosas”. No existen mentiras, ni piadosas ni pequeñas. La mentira es una. Y Jesús llama al diablo el ‘padre de la mentira’, él es mentiroso desde el principio, igual que desde el principio es asesino.  ‘El que miente, tiene la intención de engañar’, (S. Agustín); aquí reside su gravedad.

Cuando hablamos aquí del amor a la verdad no nos referimos, ciertamente, a las verdades fundamentales sobre Dios, el universo y el hombre, sino a esa verdad menuda, pequeña de los hechos cotidianos; pero debemos fijarnos de inmediato que una y otra están ligadas de forma indisoluble. Quien con facilidad está dispuesto a pisotear una verdad pequeña, a mentir para salir del paso, a decir mentiras “piadosas”, a mentir fácilmente, jamás podrá ofrecernos garantías de que pueda  defender un día la gran verdad.

Miremos desde esta perspectiva nuestro presente, nuestras campañas políticas, el trabajo de los medios y nuestra propia vida personal, y preguntémonos que tal van las cosas y tendremos que aceptar con honda preocupación cómo a menudo, a propósito de noticias sobre cosas cuya realidad está en nuestra mano confrontar con lo que se dice, comprobamos la ligereza y la malevolencia con que se miente, y a la vez, de que lo realmente importante para los informadores es mucho menos la verdad que los efectos resultantes de decir una cosa u otra. Pero también debemos centrar la mirada en nosotros mismos y no juzgar a los demás, y examinar nuestras propias conciencias apoyándonos en los grandes testigos de la verdad.

El Padre Mayer comprendió inmediatamente que la facilidad con que Hitler incurría en la mentira, – y, ¡existen tantas formas de mentir! -, no era sólo un aspecto secundario y contingente de su carrera política, sino el producto de una postura ideológica, de un principio condensado en estos términos: es bueno, lo que al pueblo le resulta provechoso. Pero lo provechoso lo definía él sin ninguna referencia ulterior. Confundía lo moralmente bueno con lo que era meramente útil. La veracidad es devorada por la utilidad, como criterio soberano que justifica cualquier cosa. Y este es el peligro terrible que corre el político. Y si a esto se añade la ausencia de una verdadera ley de responsabilidades, el campo está libre; se puede mentir sin recato, sin miedo, sin pudor. Y si se pone al pueblo por delante, pretendiendo ayudarlo, y realzándolo como esfera moral suprema frente a los egoísmos particulares, con ello se comente la primera de las mentiras, que dimana del principio mencionado, la utilidad sobre la verdad, y que en la política contemporánea se conoce como populismo. El pueblo acaba siendo la primera víctima de su ingenuidad.

El pragmatismo político no se hace esperar. Aunque no se le reconozca, el verdadero fundador de la mercadotecnia en el campo político, es el Dr. Goebbels. Una mentira repetida mil veces, se convierte en verdad, tal es el axioma. No debe extrañarnos que, siguiendo ese principio a ras de lo humano, se mate luego sin reparos a indefensas criaturas no nacidas, se aniquile a los minusválidos y a los ancianos, después de todo, son una caga para el Estado; se coadyuve al suicidio, y que se hagan experimentos con la vida del ser humano, pretendiendo con ello prestar un servicio a las futuras generaciones, cuyas características y dimensiones deseables estarían justificándolo todo. Pueblos enteros terminaron en la peor de las muertes porque no se puso atención en la capacidad de mentir de un hombre. “Los alemanes sabemos lo que sucede cuando separamos la razón de la verdad”. (B. XVI, en el Bundestag). El P. Rupert, que no cesó de fustigar al nazismo, irrumpía en las cervecerías donde los mítines nazis para advertir a los católicos. terminó en un campo de concentración porque denunció al anticristo. Rescatado al final de guerra, volvió a su trabajo en el Múnich deshecho, pero murió luego por lo quebrantado de su salud. Fue un testigo de la verdad ante la mentira tenebrosa que puede anidar en la política. JP.II lo declaró Beato en el estadio olímpico de Múnich.

La Iglesia celebra este día el ‘Everest’ de su ciclo litúrgico, la efusión del Espíritu divino, el Espíritu de la verdad, sobre toda carne. Este suceso es la antípoda de Babel. En Babel, las lenguas se confundieron, los hombres se tornaron incapaces de entenderse entre ellos; restó solo el aislamiento, todo terminó en un diálogo de sordos. Es el relato arquetípico de la muta incomprensión humana. Pentecostés, al contrario, une la diversidad de las lenguas para que todos escuchen el mensaje de la unidad y del amor.

Lejos de esto, lo sabemos, nos movemos en aguas peligrosas. Hoy hay elecciones y todo parece indicar que el terreno está minado. Todo listo para las impugnaciones. Porque todo se asienta sobre la mentira.

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Lo peor que le puede suceder a Samalayuca, después del saqueo de arena a que fue sometido, es convertirla en basurero, es decir, en lugar de turismo. Lo que ha de hacerse ahí es lo han hecho los americanos con las “Arenas Blancas”. Samalayuca es un fenómeno paleontológico-Geológico único. Hay que salvarlo.

 

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