G. Lipovetsky, ha escrito un libro inquietante, “La era del vacío. Ensayos sobre el individualismo contemporáneo”. Escribe: “Si nos limitamos a los siglos xix y xx, deberíamos evocar, citar en desorden, el desarraigo sistemático de las poblaciones rurales y luego urbanas, las languideces románticas, los genocidios y etnocidios, Hiroshima devastada en segundos y con 75.000 muertos, los millones de toneladas de bombas lanzadas sobre Vietnam y la guerra ecológica a golpes de herbicida, la escalada del stock mundial de armas nucleares, las figuras del nihilismo europeo, los personajes muertos-vivos de Beckett, la angustia, la desolación interior en Antonioni, seguramente la lista se alargaría desmesuradamente si quisiéramos inventariar todos los nombres del desierto. ¿Alguna vez se organizó tanto, se edificó, se acumuló tanto y, simultáneamente, se estuvo alguna vez tan atormentado por la pasión de la nada, de la tabula rasa, de la exterminación total? En este tiempo en que las formas de aniquilación adquieren dimensiones planetarias, el desierto, fin y medio de la civilización, designa esa figura trágica en la que la modernidad prefiere la reflexión metafísica sobre la nada. El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos hasta su término apocalíptico”. ¡!Uff! Y la lista no es exhaustiva.

 

El vacío. «¡Si al menos pudiera sentir algo!»: esta fórmula traduce la «nueva» desesperación que afecta a un número cada vez mayor de personas. En ese punto, el acuerdo de los psicólogos, parece general, los desórdenes de tipo narcisista (Trump) constituyen la mayor parte de los trastornos psíquicos tratados por los terapeutas, mientras que las neurosis «clásicas» del siglo xix, histerias, fobias, obsesiones, sobre las que el psicoanálisis tomó cuerpo, ya no representan la forma.

 

Si nuestra sociedad, en efecto, está comprometida en un gran proceso de personalización, lo que es un bien, al mismo tiempo promueve un individualismo nunca antes conocido. Por lo mismo, los hilos que tejen una sociedad activa y portadora de valores y de sentido para la existencia se están diluyendo en una especie de apatía o indiferencia. Los referentes sociales, morales y religiosos se difuminan cada vez más. El orden de los fines reconocidos desaparece. Cada uno busca su felicidad de acuerdo con sus propios principios.

 

Dice nuestro autor: “Esas formas de aniquilación, llamadas a reproducirse durante un tiempo aún indeterminado, no deben ocultar la presencia de otro desierto, de tipo inédito, que escapa a las categorías nihilistas o apocalípticas y es tanto más extraño por cuanto ocupa en silencio la existencia cotidiana, la vuestra, la mía, en el corazón. Un desierto paradójico, sin catástrofe, sin tragedia ni vértigo, que ya no se identifica con la nada o con la muerte. Consideremos esa inmensa ola de desinversión por la que todas las instituciones, todos los grandes valores y finalidades que organizaron las épocas pasadas se encuentran progresivamente vaciados de su sustancia, ¿qué es sino una deserción de las masas que transforma el cuerpo social en cuerpo exangüe, en organismo abandonado?”. ¡Análisis perturbador!

 

El individuo se encuentra entonces frente a sí mismo en una especie de desierto en el que nada tiene ya sentido. Vive la prueba de la soledad y ve cómo se le impone una forma nueva de narcisimo, que la vida económica con la publicidad, la vida artística con la canción, la novela, la vida mediática con sus innumerables expresiones, la misma vida política, no dejan de alimentar y fomentar. Todo trata de seducirnos de la manera más elemental y más inmediata. En este nihilismo pasivo, la cuestión misma del sentido de nuestra existencia, se encuentra obturada: «Vivir sin ideal, sin un fin trascendente, se ha hecho posible», (B.XVI).  No se plantean ya las cuestiones últimas, como lo verdadero y lo falso, el bien y el mal, sino que la gente se limita a resolver los problemas de la vida diaria lo mejor o lo menos mal posible. Todo esto se vive por lo general sin drama, con tranquilidad y naturalidad. Pero no por ello se es feliz.

 

Sin dejar de ver lo bueno que hay, y es mucho, no podemos soslayar las manifestaciones de ese vacío-desierto que domina la cultura de nuestros días. EE.UU nos ha dado estos días un espectáculo siniestro en los sucesos en Charlottesville; un herida vieja, transversal a la historia de esa gran nación, revive con destellos hirientes un pasado inaceptable que sería mejor sepultar de una vez por todas; en vez de ello, el Presidente, con su ambigüedad y tibieza, ha hecho uno de sus peores papales en lo va de su mandato. Los ideales de Hitler siguen vigentes. A favorite JFK quote: “The hottest places in hell are reserved for those who, in times of great moral crisis, maintain their neutrality.’ Gran verdad. Y por las renuncias en cadena vinimos a darnos cuenta que la mayoría de los asesores son grandes empresarios con intereses económicos globales. Bueno, al menos renunciaron. Trump sería un buen personaje de ‘las pandillas de N.Y.’. Y es que toda revolución es un éxito, decía don FN., cuando los ricos esperan ganar más y lo pobres sueñan con dejar de serlo.

 

Esos desiertos se ve en datos fríos:  en 2015, por primera vez entre los estadounidenses de raza blanca, de 45 y 54 años y sin educación, la tasa de mortalidad comenzó a subir: un aumento del 46% en la cirrosis hepática, del 78% en suicidio y del 323% en las sobredosis de drogas (opiáceos)”. ¿No es, ello, la experiencia del vacío?

 

México el 2º país en desigualdad; Por el grado de violencia, toca los bordes de un estado fallido. EPN hubo de bajar la foto con Julión; las tumbas clandestinas imposibles de contabilizar; por ser eso, por clandestinas, regadas por todo el país. Los salarios más bajos en la OCDE. En la revisión del TLC, México se negó a discutir el salario de los trabajadores. Canadá le reclamó. Salarios bajos son cebo para tiburones. Las políticas – o políticos -, erráticos. Corrupción. El 1% de los mexicanos acumula más de la tercera parte de la riqueza nacional. México está entre los 20 países con más millonarios del mundo y entre los 15 en los que más personas no pueden alimentarse correctamente. Los millonarios de México hicieron millonarios a los Legionarios. (G. de Cardenal).

 

Por supuesto, tal estado de nuestra sociedad nos deja en una inmensa frustración contra la cual muchos reaccionan, a riesgo de parecer héroes a los ojos de los demás. La necesidad de encontrar sentido a la existencia sigue estando ahí, aun cuando se niegue. La forma religiosa de esta búsqueda de sentido se manifiesta en el gusto por las filosofías orientales o en el mundo sectario o en un misticismo sin Dios.

 

¿Quién se ha salvado de ese maremoto? Aquí como en otras partes el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, etc., ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en ellos ya nadie invierte nada, dice nuestro autor. (Ellos sí en sí mismos). ¿Quién cree aún en el trabajo cuando conocemos los salarios, cuando el frenesí de las vacaciones,  de los week-ends, – ¿qué sería de nosotros sin los antros? -,  cuando la jubilación se convierte en una aspiración de masa, o incluso en un ideal?; ¿quién cree aún en la familia cuando los índices de divorcios no paran de aumentar, cuando los viejos son expulsados a los asilos, cuando los padres quieren permanecer «jóvenes» y reclaman la ayuda de los «psi», cuando las parejas se vuelven  «libres», cuando el aborto, la contracepción, la esterilización son legalizadas?; ¿quién cree aún en el ejército cuando por todos los medios se intenta declararlo inútil?; ¿quién cree aún en las virtudes del esfuerzo, del ahorro, de la conciencia profesional, de la autoridad, de las sanciones?.

 

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Ante  panorama tan desolador, me refugié en la Riviera del Papigochi donde  asistí a un foro con el rimbombante nombre de ‘Encuentro Matachí: problemas contemporáneos de México y de la zona serrana”. Un poco iluminados por el infame sotol, los escritores, pensadores, filósofos, señor cura, (del pueblo), incluido, dieron su diagnóstico: “mercado interno débil, abandono y olvido, desempleo, salarios de hambre, emigración, soberanía mermada, escaso ahorro interno, desequilibrio en la balanza comercial, desigualdad social hiriente, sin de agua potable (¿?), falta un pozo; salud y educación imposibles, violencia al rojo vivo, un régimen político agotado y debilidad democrática”.  Pero el pueblito vive; a penas, pero vive, gracias a los heroicos paisanos y sus remesas.

 

Es lo que Lipovetsky llama desiertos, vacíos, seducción a la carta y como resultado final, desesperanza, cansancio, apatía y opciones de muerte. En ese desierto habitan los jóvenes de los que se nutren el yihadismo y el narco. Veinteañeros los que matan y mueren aquí, igual que los terroristas en Cataluña. Allá, la seducción religioso-política, aquí el brillo de dinero fácil y el poder.

 

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Fatales 5 de la tarde en Barcelona. A la misma hora, Enrique Ponce indulta un toro de Juan Pedro Domecq, en Málaga. El paseíllo se hace a los acordes de ¡O Fortuna! La sinfónica en los tendidos y en el ruedo la vida que se expone con arte. Picasso de fondo.

 

 

 

 

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