Los padecimientos de esta vida presente no son nada en comparación con la gloria futura que se ha de revelar en nosotros. (Rom 8,18)
La mujer llegó puntual a la cita, entró y se sentó. No dijo ni una sola palabra. Sólo comenzó a gesticular, como queriendo romper en llanto pero silenciosamente. Pasaron varios minutos mientras yo estaba sentado frente a ella. Comprendí lo que sucedía porque ya conocía su caso. Las últimas ocasiones que me visitó había tenido la misma reacción, pero en esta ocasión era más evidente que los espíritus malignos se manifestaban en ella frente a la presencia del sacerdote.

Empecé a orar en lo secreto del corazón. Invoqué al Señor y a la Virgen santa. Imploré a san Miguel Arcángel, así como al ángel custodio de la mujer y al mío. Ella quiso devolver el estómago y tuve que acercarle un bote de basura al que solamente arrojó espuma blanca. Tomé mi ritual de exorcismos menores y comencé a hacer las oraciones en silencio, concentradamente.

Los espíritus inmundos se manifestaron de manera más fuerte. Al imponer mi mano sobre su cabeza, éstos la arrojaron al suelo. En tanto, yo seguía concentrado en la oración de liberación, de manera callada. De la garganta de la mujer comenzaron a salir alaridos, entre convulsiones y retorcimientos, como si se tratara de un animal llevado al matadero. No, ella no estaba loca. Desde hace meses sufría perturbaciones espirituales que se fueron haciendo más fuertes y frecuentes.

Casos como estos deben darse a conocer en la Iglesia, por dos razones: necesitamos comprender que hay una buena cantidad de personas que sufren este tipo de acosos del Maligno, y que necesitan nuestra comprensión y apoyo en la oración. El segundo motivo es que hemos de tomar conciencia de que en esta vida estamos marcados por la lucha espiritual constante contra el enemigo de Dios.

Demonio o demonios, nos preguntamos. En el Nuevo Testamento los nombres más usados para designar a los espíritus malignos son ‘Demonio’ (45 veces), Satán (15 veces) y diablo (13 veces). Con el nombre de ‘demonio’ el Nuevo Testamento llama a los ángeles malvados. En algunos casos los demonios son llamados espíritus ‘inmundos’, ‘impuros’ o ‘malignos’. También el Nuevo Testamento distingue entre Satanás y los demonios. Satanás parece causar casi exclusivamente el mal moral, ejerciendo su seducción hacia el pecado. Los demonios, en cambio, parecen ser causantes de opresiones físicas.

Enseña Giorgio Gozzelino que existe una especie de unidad y de pluralidad en el mundo demoníaco. Beelzebul se identifica con Satanás, a quien se llama príncipe o jefe de los demonios. El Maligno es uno y también son muchos. Por eso cuando el demonio es obligado por Jesús a revelar su nombre, él dice ‘legión’, porque ‘somos muchos’. El demonio es uno y es muchos, por ello se puede hablar de él tanto en singular como el plural.

Volviendo al caso de la señora que me visitó, ella dice tener varios demonios que la perturban. Después de que se tranquilizó, pidió el sacramento de la Confesión. Al imponer la mano para impartir la absolución, nuevamente se manifestaron los espíritus, haciéndola retorcerse y llenándola de náuseas. La cité nuevamente, dentro de poco tiempo, para volver a orar por ella.

Estamos viviendo en tiempos donde las infestaciones diabólicas y las posesiones han aumentado dramáticamente. El alejamiento de Dios y el no tener ninguna vida espiritual han dejado indefensas a muchas personas. El Maligno ha cobrado una fuerza muy grande porque las almas están más débiles que nunca debido a la abundancia del pecado, y más expuestas a vivir atrapadas en espiritualidades esotéricas. Pecado y esoterismo son la combinación perfecta para vivir atrapados en las redes del Maligno.

La misión salvífica de Jesucristo no se entiende fuera de la lucha contra Satanás y los ángeles rebeldes. Dice el Señor: “Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo a los demonios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios” (Lc 11,20). Califica además su misión como un exorcismo que nadie puede detener: “Vayan a decir a ese zorro –Herodes–: yo expulso a los demonios y llevo a cabo curaciones hoy y mañana, y al tercer día soy consumado” (Lc 13, 32). Al mismo tiempo, el Señor señala el poder que confiere a su Iglesia sobre los demonios como una de las características de la misión de los discípulos que continúan la obra de Jesús: “Entonces llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros” (Mc 6,7).

Aunque la vida cristiana consiste, principalmente, en que vivamos en comunión con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el combate espiritual contra el Maligno no puede ser descuidado. Oremos por quienes viven entre perturbaciones graves causadas por el príncipe de este mundo, con la certeza de que, si la lucha de Jesús contra el Enemigo continúa hoy en sus miembros, su Victoria será también la nuestra.

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