Catacumbas de Domitila, Roma

Asombrosa fue la difusión del cristianismo. Apenas iniciado el siglo II, en el año 112, el historiador Plinio el Joven fue enviado por el emperador Trajano a explorar la región del sur del mar Negro, y en una población llamada Bitinia, encontró numerosos cristianos. Ese lugar, localizado a mil kilómetros de Jerusalén y 2,400 kilómetros de roma, el Evangelio ya había sido predicado. Esa comunidad cristiana era tan vigorosa que provocaba envidias y denuncias entre los paganos. Escribió Plinio al emperador que aquellos cristianos eran una multitud considerable, y que su masa, incluso, ponía en peligro las instituciones religiosas y sociales oficiales.

Ante la realidad de las persecuciones al cristianismo hoy en el mundo, constatada en la descristianización de Europa, en el secularismo de Occidente y en la persecución salvaje de los islamistas radicales, nos preguntamos ¿hacia dónde va el cristianismo? ¿cuál es su futuro? Y Jesús nos contesta, como a Nicodemo: “El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu” (Jn 3,8). Dios sigue actuando, calladamente, convirtiendo corazones que se abren al viento del Paráclito. Así florecen silenciosamente nuevas comunidades cristianas llenas de vigor, hay una explosión vocacional en África, más musulmanes discretamente se convierten en cristianos, y ningún discípulo de Jesús apostata de su Señor por más amenazas que haga el Estado Islámico.

Nuestro mundo necesita del Espíritu Santo, y quizá también mi corazón es la puerta que debe de abrirse para que el soplo de Dios venga a comunicarse a otros hermanos.

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