Ocurrió el 18 de agosto de 2017. Pasó de la agonía a la muerte. Durante la tarde, sentada en un sillón de su habitación en el hospital, había conversado con Toña sobre asuntos de la familia. Cuando la llevaron nuevamente a la cama, inició su tránsito hacia la otra vida. Esa noche nos reunimos varios miembros de la familia para ayudarle a preparar su viaje. Oraciones, el sacramento de la Unción de los enfermos, los salmos, el rezo del Rosario, la Coronilla de la Divina Misericordia… eran las últimas recomendaciones a esta gran mujer que había vivido cien años, 75 de ellos como esposa y madre, 54 de abuela y 40 años dedicada a las Voluntarias Vicentinas.

En diversas partes de la ciudad, otros enfermos también murieron esa noche. Muchos de ellos escucharon los llantos -gritos quizá- de sus familiares, como si la muerte fuera un castigo, una injusticia cruel que llega inevitablemente. Pocos ven la muerte como un regalo de Dios, un favor divino, un salto de calidad para nuestro crecimiento. A veces imagino este mundo como el último y definitivo, y no soporto esa idea. Nuestro corazón fue creado para el mundo futuro, para el Señor. Es consolador pensar que Dios, para asociarnos a su vida divina, ideó que tuviéramos que atravesar por la puerta de la muerte. Bendita muerte que se abre como un gran puente entre la orilla de este lado y la orilla de la casa del Padre.

Días antes mi abuela había rechazado el marcapasos, ese aparato pequeño que hace latir el corazón por diez años más. Ya estaba cansada. Hubieran sido, quizá, algunos años más de vida para un corazón inquieto que buscaba su descanso en Dios. “Nos creaste, Señor, para ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti”, escribió san Agustín. Cuando su muerte era inminente, el personal sanitario quiso aplicarle técnicas de reanimación, pero la familia -sabiamente- rechazó el procedimiento. Después de un siglo de vida su misión estaba terminando y lo más prudente era dejarla partir. Como la Virgen, al pie de la cruz entregó a su Hijo, así mi familia, llena de fe y esperanza, puso a mi abuela en los brazos de Dios.

“Una buena ama de casa, ¿quién la encontrará?, dice el libro de los Proverbios. “El corazón de su marido confía en ella y no faltará compensación”. Mis abuelos se casaron en 1941 en Casas Grandes, pueblo que a ella la vio nacer. Con recursos económicos limitados, subieron al tren para venir a vivir a Ciudad Juárez. Acostumbrada al trabajo de casa, a hacer conservas para el invierno, a desplumar pollos para cocinar un caldo, mi abuela fue una mujer que trabajó toda su vida en su hogar. La vimos muy hacendosa en la granja Las Abejas -ese pequeño paraíso donde pasamos horas entrañables en familia durante mi infancia y adolescencia entre caballos, vacas, ovejas, gallinas, pavos reales y cerdos, con un gran pastizal, una huerta y una acequia escoltada por grandes álamos, y que ahora se ha transformado en Plaza Juárez Mall-, disecando carne, matando algún animal para preparar un guiso, trayendo la leche bronca o recogiendo los huevos del gallinero. Mi abuela nació para trabajar, sin duda.

Mientras ella agonizaba aquella madrugada, mi abuelo se había quedado en casa. Él, a sus 97 años, no sabía bien qué sucedía. Siempre los vimos unidos, juntos en todas partes, con sus discusiones y desavenencias, pero siempre siendo un solo corazón. En su lecho de muerte estuvieron sus hijos, Bertha Ofelia, Toña y Pablo. Ellos la recordarán como la madre que les enseñó a respetar su padre, a entrar en las labores del hogar, a tener el hábito del ahorro, a cultivar el valor de la responsabilidad y de la unión familiar. Pero también enseñó a sus hijas a conquistar a sus maridos por medio de sus secretos de cocina. ¡Qué bien lo hacía! Manejaba tan bien el sartén y las ollas que un día cruzó por mi mente que ella se dedicaba a la brujería. Sí, a todos nos hechizaba con sus platillos.

No fue una mujer tierna. Más bien era de carácter fuerte, enérgica y directa para decir las cosas. Su voz era de profeta. Lo que decía, se cumplía. “Si lo dijo tu abuela, es que así va a suceder”, me decía mi madre. No se perdía los grandes pleitos de box, los deportes en la televisión y las corridas de toros, con su tequila o su cerveza.

Como Voluntaria Vicentina trabajó en obras de caridad durante cuarenta años. Hizo servicio en el Hospital General e impartió clases de cocina. Fue tan activa que inspiró a su marido a construir y regalar el Centro Vicentino en Ciudad Juárez. Cuando la edad y la pérdida de fuerzas le imposibilitaron el servicio, se dedicó en sus últimos años al apostolado de la oración silenciosa en casa.

Mi abuela nos enseñó a morir, a desgastar la vida para ganarla luego, porque “Si el grano de trigo no muere, queda infecundo, pero si muere dará mucho fruto”. La muerte se volvió su aliada. Aprendió bien de Jesús de Nazaret eso de que hay que morir para resucitar. Supo pasar del egoísmo al amor, murió muchas veces a ella misma para vivir para los demás. Por eso san Francisco de Asís llamaba ‘hermana’ a la muerte, porque sabía que estaba conectada con la vida.

¡Oh abuela, cuánto bien nos hiciste! ¡Qué magníficas lecciones de vida nos dejaste como heredad! Gracias por enseñarnos a no mirar lo caduco sino lo duradero; a no fijarnos en lo intrascendente, sino en lo sustancial. Tu muerte no la vivimos con dolor, sino con serenidad espiritual, porque sabemos que quienes murieron aprendiendo a donar su vida están en las manos de Dios, en el reino de la luz, y ahí son felices. Descansa, abuela, en los brazos del Señor, y que la paz de Dios sea tu reposo.

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