Comentario a la Palabra de Dios, sábado XIV del tiempo ordinario, Mt 10, 24-33)

Los venezolanos atraviesan una situación muy difícil: hambre, enfermedades, escasez de bienes materiales, rapiña, inseguridad y violencia. Las protestas, que llevan más de cien días, han dejado una estela de muertos y desolación por todas partes. Hay muchos católicos en aquel país hermano que tratan de sobrevivir y vivir el Evangelio para fortalecer su esperanza.

Tengo algunos amigos por aquellas tierras del Orinoco, uno de ellos es obispo. Se trata de Víctor Hugo Basave, con quien compartí la vida del Seminario en Roma. Como obispo, Víctor Hugo debe estar sufriendo mucho al ver las heridas de su pueblo y de la porción del rebaño que Dios le pidió pastorear. ¿Cómo consolar a un pueblo tan lastimado, como es el venezolano?

Jesús nos dice hoy en el Evangelio: “¿Acaso no se vende un par de pájaros por unas monedas? Sin embargo, ni uno solo de ellos cae en tierra, sin el consentimiento del Padre que está en el cielo.
Ustedes tienen contados todos sus cabellos. No teman entonces, porque valen más que muchos pájaros” (Mt 10,24-33)

En tiempos de Jesús tampoco los israelitas tenían la vida sobre un lecho de rosas. Era un pueblo sometido a los romanos donde las condenas a muerte eran frecuentes y crueles. Los pobres, las viudas y los extranjeros llevaban una vida sin muchas perspectivas. En ese contexto Jesús predicó la confianza en Dios y la conciencia de que tenemos un Padre que nos cuida y nos ama hasta la locura de entregar a su Hijo a la muerte.

La vida no es fácil para nadie y, a veces, adquiere tintes dramáticos: aparecen catástrofes naturales, nos diagnostican enfermedades incurables, hay genocidios cristianos como los del Estado Islámico, el narcotráfico y las drogas que siembran violencia y muerte. Las páginas de los periódicos parecen más un boletín de guerra donde las malas noticias tienden a desaparecer ese libro blanco de buenas noticias que Dios escribe cada día sobre la faz de la tierra.

La protección de Dios nuestro Padre nunca faltará a los discípulos de Jesús. El Misterio que todo lo abarca no puede faltar en aquellos que han decidido seguir a su Hijo, dejando sus tierras y seguridades. Cuando la desolación nos invada, contemos algunos de nuestros cabellos, y con ello hagamos memoria de la presencia de Dios en nosotros. ¡Cuántas maravillas sigue haciendo el Señor en nuestra vida!

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