El Momento. El momento en que
México fue centro de los sucesos importantes del mundo tuvo lugar el martirio
de S. Felipe de Jesús. La vida de este santo, en efecto, está ligada con la
epopeya de España en los mares del pacífico. México era un punto central en
aquellas hazañas.

Magallanes,
después de atravesar el estrecho que lleva su nombre, llega el 6 de marzo de
1551 a las Islas Marianas o de Los Ladrones, y diez días después descubre las
Islas Filipinas que bautizó con el nombre de Islas de San Lázaro. Magallanes
recorre varias de las islas y traba amistad con la Reyna de Cebú. Poco más
tarde perece en una batalla que libra en defensa de un jefe que se había
bautizado y sometido a la soberanía del Rey de España.  Entonces su segundo, Sebastián De Elcano,
sigue el viaje con el único navío que quedaba a flote, llegando a España el 6
de septiembre de 1522 con solo 18 supervivientes y 3 años después de que
zarpara consumando la gloria de ser el primer mortal que le diera la vuelta al
mundo. ¡Qué epopeya!

Para
recoger los frutos de la expedición desventurada de Magallanes, se enviaron
otras, entre ellas dos que partieron de puertos de México. La última de éstas,
encabezada por Villalobos, dio su nombre actual al Archipiélago Filipino, en
honor de Felipe II. Pero la expedición destinada a consolidar la conquista fue
la que D. Luis de Velazco puso a las órdenes del vasco mexicano D. Miguel López
de Legaspi. Partiendo del puerto de Navidad el 21 de noviembre de 1570, Legaspi
llega a Cebú, donde encuentra la imagen del Niño Jesús que 44 años antes
obsequiara Magallanes a la Reina, imagen que es hoy venerada en un templo de
Cebú. Poco después ocupa lo que ahora es Manila, que pronto se convierte en el
centro de penetración española en el lejano Oriente.

Para
cuando Felipe de Jesús llega a Manila, tiene ya la población un carácter
colonial que recuerda a la Nueva España y una población de trescientos mil
habitantes. Felipe de las Casa o de Jesús nació en la ciudad de México el año
de 1572. Felipe llega bien recomendado por su padre y tuvo la oportunidad de
establecerse en el comercio y hacerse rico. Con posición y dinero, salud y
juventud, pudo haberse dedicado a las diversiones y a los negocios, sin
embargo, lo que le seduce es el ejemplo de abnegación y sacrificio que dan los
frailes franciscanos dedicado a curar a los enfermos en el convento y capilla
de Santa María de los Ángeles.

Felipe
abraza la vida religiosa movido de fe sobrenatural y al año de noviciado, entra
a la orden franciscana el 22 de mayo de 1594. 
Tres son los votos de la orden: pobreza, obediencia y castidad. Dos años
después se le concede volver a México, para ordenarse de Sacerdote. Al efecto
toma pasaje en el galeón San Felipe, de 500 toneladas y cargado de valiosas
mercancías, que es alcanzado por las terribles tempestades y vientos de
aquellos mares, los tifones que todavía hoy son temibles para buques mayores y
modernos. Tras de tormentas y penalidades, el galeón es arrastrado hacia la
Costa japonesa y logra guarecerse en el puerto de Hirado. El destino, pensó san
Felipe, lo llevaba a conquistar almas para el cristianismo, pero había caído en
tierra ingrata y hostil.

Los
españoles que por el momento eran los amos del mundo, tenían que hacer frente a
la rivalidad de los portugueses, allá igual que en la “reducciones del
Paraguay” en América, (Existe un filme inglés, genial sobre este conflicto
“reducciones jesuitas”, The Mission, que ilustra dramáticamente el problema
entere españoles y portugueses), y a la desconfianza propia de los gobiernos
orientales. Desde 1594, San Francisco Javier había logrado introducir el
cristianismo en el Japón, que en tiempos de S. Felipe contaba ya con Misiones
jesuitas y varios templos y una reducida pero ferviente población nativa y
cristiana. (Scorsese ha hecho recientemente un filme sobre las misiones jesuitas
en el Japón, exhibida,  en privado a papa
Francisco: “Silencio”. Tal historia se me antoja más interesante y
trascendental que Roma). Pero estaba el Japón gobernado por cierto gobernador llamado
Hideyosi el Conquistador. Las relaciones de Hideyosi y los españoles de
Filipinas eran tirantes.

Los
viajeros del San Felipe pensaron que podrían contar con la simpatía de los
cristianos establecidos en el remoto país. Pero lo primero que hicieron los
funcionarios fue dañar al San Felipe para que pudiera hacerse de nuevo a la
mar. Luego las mercaderías que portaba el barco encendieron la codicia de las
autoridades. Se ordenó que un juez averiguara las causas de la presencia de los
españoles en Hirado. El objeto de la averiguación era implicar a los
tripulantes en una supuesta conspiración de los cristianos japoneses y los
españoles. Felipe se dirige al interior del país con la intención de
establecerse en alguno de los conventos ya existentes.

No se
le impide hacerlo, pero el 30 de diciembre, cuando Fray Felipe estaba rezando
las vísperas, se vio aprendido brutalmente por los soldados, así como los demás
religiosos del convento. Un religioso quiso salvar a Fray Felipe diciendo que
no lo arrestaran, pues no era de aquel convento, sino recién llegado en el
Galeón, pero él reusó escapar exclamando: “No permita Dios que mis hermanos
estén presos y yo en libertad. Será de mí lo que fuere de ellos”.

El
destino y su propia voluntad de sacrificio ligaron a Felipe con los religiosos
que por todo el país estaban siendo encarcelados por órdenes de Hideyosi. Lo
primero que se hacía con los prisioneros era cortarles la oreja izquierda. Fray
Felipe, en vez de quejarse del agudo dolor, dijo en suplicio: “Ya estoy marcado
por Cristo”.  Una vez desorejados, se
paseó a los prisioneros por la ciudad de Meaco, sobre carretas, al paso lento
de yuntas de bueyes. Los cristianos japoneses se le acercaban, besaban los
hábitos desgarrados de los frailes y adornaban las calles por donde se les
hacía desfilar.

Acompañaban
a los frailes en la befa, algunos catequistas japoneses, que también
desorejados en castigo a su adhesión al cristianismo, entonaban cánticos y
salmos. Pero la masa popular hacía mofa de las víctimas y les arrojaban
piedras. De un lugar a otro fueron llevados los presos, cada vez más demacrados
por las privaciones y sufrimientos.

El
General Landecho y los oficiales del San Felipe, fueron también desorejados,
pero se les puso en libertad y más tarde se les permitió embarcarse fuera del
Japón por Nagasaki. La caravana de los frailes siguió por el interior del Japón,
en donde los campesinos acudían a injuriarlos y les llenaban la boca de hiervas
para significar que no eran sino bestias.

El 5
de febrero de 1597 volvieron a reunirse en Nagasaki los españoles liberados y
los frailes condenados al suplicio. En vano el general Landecho, jefe del San
Felipe, trató de interceder. Los católicos nipones, portugueses y españoles,
recibieron con angustia a los frailes; sendas cruces les esperaba en lo alto de
una colina. Varias fueron también las gestiones de algunos jesuitas que en su
mayor parte estaban ya presos. De las 26 cruces, 22 eran para los franciscanos,
16 de ellos japoneses y 3 para jesuitas destacados.  Con aros de hierro fue cada uno sujetado a su
cruz. Al levantarse las cruces, los verdugos mataban a lanzadas a los reos,
dejando los cuerpos colgados del madero.

Fray
Felipe que con tanta prisa fuera a su cruz, fue el primero en morir; los aros
de sus piernas, mal ajustados, cedieron y lo dejaron deslizar hasta quedar
ahogándose colgado de la argolla del cuello. Pudo solamente invocar a su Señor
diciendo: ¡Jesús! ¡Jesús!

Dos
lanzazos dirigidos al corazón dieron término a sus sufrimientos y México empezó
a figurar en el martirologio cristiano.

En
realidad, la Iglesia celebra el día 6 de febrero el martirio de todos estos
frailes en Japón encabezados por S. Pablo Miki el cual, “viéndose colocado en
el púlpito más honorable de los que hasta entonces había ocupado, empezó por
manifestar francamente a los presentes que él era japonés, que pertenecía a la
Compañía de Jesús, que moría por haber predicado el Evangelio y que daba
gracias a Dios por un beneficio tan insigne; a continuación añadió estas
palabras:

«Llegado
a este momento crucial de mi existencia, no creo que haya nadie entre vosotros
que piense que pretendo disimular la verdad. Os declaro, pues, que el único
camino que lleva a la salvación es el que siguen los cristianos. Y, como este
camino me enseña a perdonar a los enemigos y a todos los que me han ofendido,
perdono de buen grado al rey y a todos los que han contribuido a mi muerte, y
les pido que quieran recibir la iniciación cristiana del bautismo».

Pío
IX, en 1862, canonizó a Felipe de Jesús juntamente con Pablo Miki y sus
compañeros de martirio. S. Felipe es muy venerado y querido en la iglesia
mexicana. ¿O, era? ¡Qué lejos está, hoy, la iglesia de esos tiempos heroicos!

+Nunca
he entendido por qué a los Constituyentes del 17 les gustó el 5 de feb. para
promulgar la Constitución, (tan parchada, remendada. AMLO).

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