Cuando nos enseñaban ortografía nos decían que las Estaciones del Año se escribían con mayúsculas. Ahora el ordenador marca error. Pero si es una Estación que va marcando la vida y definiéndola, Otoño hay que escribirlo con mayúscula porque es el rito y el ritmo de la vida. “Cierto, a mi primavera / seguirá el invierno / mas tú no me dijiste / que mayo fuese eterno/, cantaba nuestro Nervo. Y entre esa Primavera florida y el final Invierno media el Otoño.

Sí, la luna más hermosa, la luna de octubre, la de Otoño, la que ilumina la ilusión de las almas que han querido ser dichosas al arrullo de su Primavera, (J.A. Michel), brilla esplendorosa. La Primavera ha quedando atrás, lejana; ese divino tesoro que se va para no volver y que ni siquiera podemos ya llorar. Pero nadie sabe el bien que tiene hasta que lo ve perdido, advierte el Eclesiastés:

Tú has gozado de la hora amable

y oyes después

la imprecación del formidable

Eclesiastés.

“Vanidad de vanidades – dice el Eclesiastés -; vanidad de vanidades y todo vanidad” (1,1). Todo es soplo liviano, suspiro leve; o bien, vacío completo, total sin sentido. ¿“Qué saca el hombre de todas las fatigas que lo fatigan bajo el sol”? (1,2). Y Darío apura al hombre a tomar el momento con frenesí pagano: “Carpe diem”, aconsejaba Horacio; aprovecha, toma el día, el futuro es incierto, “quia quam minimum crédula postéro”, porque poco puedes confiar en el mañana.

Te lamentas de los ayeres

con quejas vanas:

¡aún hay promesas de placeres

en las mañanas!

Que tiene la vejez horas tan bellas /como tiene la tarde sus celajes / como tiene la noche sus estrellas/. Y el sentido del tiempo que se pierde en una lejanía inaccesible, allá donde el mar y el cielo se juntan:                   Tú, que estás la barba en la mano

meditabundo,

¿has dejado pasar, hermano,

la flor del mundo?

Y el Otoño nos recuerda ese paso inexorable del tiempo que nos carcome; el leve viento más frío presagia el muerte del invierno, cuando natura se duerme. Y el día es gris y se encoje. Todo pone un tono de melancolía y se siente que ya anduvimos mucho trecho. Este canto no es para jóvenes; ellos no saben que la vida es corta. ¡Y bella! Bella porque es una sinfonía que tiene, también, sus temblantes compases últimos que no han oído. El Otoño ha pintado con sus nieves nuestra sien. Pero:

Aún puedes casar la olorosa

rosa y el lis,

y hay mirtos para tu orgullosa

cabeza gris.

Pero es engaño. El grito de Fausto es más bien desesperación e impotencia cuando quiere encerrar en un instante la eternidad, cuando quiera prolongar la dicha de un instante y hacerlo eterno; cuando diga a ese “instante”: ¡«detente, eres tan bello»!, (Goethe), solo expresa un anhelo imposible. Porque el instante huye. Del amor a la mujer ordinaria, corriente, sube al amor arquetípico de Helena. Ahí busca el hombre eternizar el momento:

Y no obstante la vida es bella,

por poseer

la perla, la rosa, la estrella

y la mujer.

El domingo de amor te hechiza;

mas mira cómo

llega el miércoles de ceniza;

Memento, homo…

Sí, dirá después, “Y la carne que tienta / con sus frescos racimos / y la muerte que aguarda / con sus fúnebres ramos/. Memento homo … “Acuérdate hombre que eres polvo y al polvo has de volver” (Gen.3,19).

El poeta va tejiendo con notas de contrapunto una melodía que destaca lo imposible; el tono natural puede ser alegre, pero a la manera de Beethoven los chelos, los tonos bajos profundos, advierten el peligro:

Huyendo del mal, de improviso

se entra en el mal,

por la puerta del paraíso

artificial.

 

Genial, Darío va tejiendo la trama de la vida del hombre anhelante de lo eterno y condenado al tiempo. Hermoso juego de estrofas de sílabas impares con las que el poeta nos habla de la tentación pagana que induce al hombre a la rebeldía contra el tiempo; querer sacar del tiempo lo que solo la eternidad puede dar.

Y sentimos la vida pura,

clara, real,

cuando la envuelve la dulzura

primaveral.

Pero la Primavera ya se fue:

y de nuestra carne ligera

imaginar siempre un Edén,

sin pensar que la Primavera

y la carne acaban también…

así se queja Darío en su “Canto de Otoño en Primavera”. Y entonces las pasiones innobles y por ello inútiles revelan que en el fondo también desconfiamos de la dicha, de la dicha y la felicidad inadvertidas que la vida nos brinda a cada instante:

¿Para qué las envidias viles

y las injurias,

cuando retuercen sus reptiles

pálidas furias?

¿Para qué los odios funestos

de los ingratos?

¿Para qué los lívidos gestos

de los Pilatos?

¡Si lo terreno acaba, en suma,

cielo o infierno,

y nuestras vidas son la espuma

de un mar eterno!

Y escuchamos la advertencia del “formidable Eclesiastés”: “Disfruta mientras eres muchacho y pásalo bien en tu juventud; déjate llevar del corazón y de lo que atrae a los ojos; y sabe que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo. Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: niñez y juventud son efímeras” (12, 9-10). Este misterioso autor adopta un tono lírico, melancólico, una pizca de pesimismo; va llegando al final de su libro formidable. A pesar del tono, negativo ama profundamente la vida. ¡Lástima que se acabe!

Lavemos bien de nuestra veste

la amarga prosa;

soñemos en una celeste

mística rosa.

Cojamos la flor del instante;

¡la melodía

que mágica alondra cante

la miel del día!

O, qué bueno que se acaba; si esta vida no se terminara sería tanto como eternizar la muerte. Darío como todos los poetas, sobre todo los de su generación resienten un influjo, la añoranza del paganismo griego; a veces, sobre todo los poetas franceses, ceden al fatalismo y hace de su acto poético una religión, una mística frente a la mística. Dice Darío:

En nosotros la vida vierte

fuerza y calor.

¡Vamos al reino de la Muerte

por el camino del Amor!

Aquí la palabra mal definida es la palabra Amor; en el original la pone en mayúscula; y por el camino del Amor no podemos ir al reino de la muerte. ¿O será ese el amor sensual que lo llevó a la locura?

En vano busqué a la princesa

que estaba triste de esperar.

La vida es dura. Amarga y pesa.

¡Ya no hay princesa que cantar!

Entonces la mujer será “un estallido tenebroso en la noche sin límites”. Por ello, también Darío terminó hundido en la locura, como Rimbaud.

 

El tiempo, pues, también necesita redención como el hombre; de hecho, el hombre es redimido cuando es arrancado del tiempo y puesto en la eternidad, junto a Dios, que tal es su vocación. El infierno no es más que la eterna e irreversible frustración de quien no llegó a esa meta, a esa eternidad feliz. Añoranza eterna “de lo que puedo haber sido y no fue”.

¡Y el Otoño advierte!

Leer el artículo en JesúsMaestro