Estamos en tiempos de guerra espiritual, sin duda. La controversia en torno al tema de la legalización del aborto en Argentina dividió profundamente a la sociedad de aquel país, aunque la mayoría del pueblo siempre se mostró a favor del respeto a la vida. Sin embargo aquellos que apoyan el aborto legal, especialmente los grupos feministas radicales, descargaron toda su furia contra la Iglesia Católica, como si el aborto fuera un asunto religioso, cuando en realidad es un tema de ética natural. Como repudio al catolicismo por su postura a favor de la vida, cientos de argentinos decidieron apostatar de la Iglesia, exigiendo a sus parroquias borrar sus nombres de los libros del bautismo. Su argumento era que la Iglesia ya no los representaba, como si la Iglesia fuera un partido político o una organización no gubernamental.

No son tiempos fáciles. A la Iglesia se le trata de callar por todos los medios, avergonzarla hasta el extremo, especialmente con el tema de los sacerdotes abusadores sexuales. Según esta lógica, la Iglesia no debería abrir la boca en temas de moral de la sexualidad y de la vida, cuando ella misma tiene su casa llena de basura. El informe del fiscal de Pennsylvania ha comunicado que durante 70 años, 300 sacerdotes abusaron sexualmente de menores en seis diócesis de ese estado. Esto quiere decir que cada año hubo, en promedio, menos de un sacerdote por diócesis que cometió un delito sexual. Por esos casos que merecen todo nuestro repudio y vergüenza, se enloda hoy al sacerdocio. Aunque el diablo se ensañe hoy desde fuera contra la Iglesia, pero principalmente desde dentro, debido al pecado de algunos sacerdotes, estoy convencido de que Dios quiere purificar a su Iglesia de los que somos malos ministros de Dios.

A pesar de todo, los sacerdotes no podemos ni debemos callarnos en esta guerra espiritual contra la vida. Si otros cometieron delitos, hemos de orar por ellos y, principalmente, por las víctimas, pero nunca jamás hemos de avergonzarnos del don que hemos recibido por manos del obispo, ni mucho menos dejar de enseñar lo que la Iglesia Católica enseña sobre temas de moral sexual y de la vida: que el aborto es el asesinato de un ser humano inocente, que la fornicación, el adulterio, la contracepción, la masturbación y relaciones homosexuales son un pecado grave; pero, sobre todo, que la formación en la virtud de la castidad dentro y fuera del matrimonio es la mejor capacitación para aprender a amar verdaderamente. Estas son las verdades que el mundo de hoy quiere que la Iglesia calle.

Es absurdo esperar que el mundo aplauda el Evangelio. La relación entre Jesús de Nazaret y las personas que escucharon su palabra no siempre fueron fáciles. Mientras que el Señor realizaba milagros y predicaba verdades que consolaban a las almas, la gente se entusiasmaba por su persona y lo aclamaban diciendo ‘hossana’. Pero cuando su doctrina se hizo exigente, la murmuración y el rechazo fueron abriéndose paso hasta gritar ‘crucifícalo’. No solamente repudiaron a Jesús los jefes del pueblo, sino también sectores amplios de la opinión pública, y hasta algunos de sus discípulos. Al final, Jesús se quedó solo con la Virgen María y algunas pocas mujeres.

Cientos de personas en Argentina y España han manifestado su apostasía de la Iglesia Católica. En México la sociedad también ha comenzado a manifestar su profunda división en el tema del aborto y de la familia. Es en este ambiente donde el Señor nos pregunta: “¿También ustedes quieren irse?” (Jn 6, 69). Tiempos difíciles, sin duda, estamos viviendo. Son tiempos para definir la propia postura.

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