A propósito del día del padre que este domingo celebra la sociedad civil, en mi camino sacerdotal he podido observar cómo algunos padres de familia -me refiero a los varones-, le dan una muy enorme lección de vida a sus hijos. Son hombres que viven en permanente espíritu de sacrificio, dando todo por sus familias y por sus parroquias. Participan de la misa dominical con su mujer y sus niños y, al mismo tiempo, buscan involucrarse en algún servicio de atención a los pobres, a los enfermos, en la evangelización o sirven como lectores o ministros extraordinarios de la Comunión. De ellos sus hijos aprenden una valiosa cátedra: a la vida se viene para amar a Dios con el alma entera, y que a este mundo no nacimos para ser servidos, sino para dar la vida por los demás. Dichosos los hijos que reciben este ejemplo de su papá.

Tuve la fortuna de ver siempre en mis padres una relación de alianza, entre ellos y con Dios. Aunque la cultura hoy nos dice que varón y mujer somos iguales, yo siempre aprendí lo contrario. Mi padre y mi madre nunca fueron iguales, ni física, ni psicológica, ni emocional ni espiritualmente. La misma dignidad y derechos siempre los han tenido, pero son personas complementarias. Sus diferencias me hicieron entender que el varón y la mujer resultan incomprensibles uno sin el otro. Con su ejemplo de unidad y sacrificio por llevar adelante su matrimonio tengo siempre claro que en el origen de mi vida existe una alianza sagrada, y que la vida tiene sentido cuando vivimos en relaciones de alianza.

No hace mucho tiempo, en un programa de televisión apareció una pareja que llegaba en su coche a una tienda con servicio de compras por ventanilla. Ordenaron su boda por el escaparate y sentados en el asiento del coche celebraron su matrimonio; después de hacer el pago correspondiente, les fue entregada una botella de champán junto con su certificado nupcial. Esta escena nos enseña lo patético y trivial en que hemos convertido hoy la alianza santa del matrimonio. Así han llegado a veces a la parroquia jovencitos que piden el sacramento del matrimonio teniendo tres o cuatro meses de noviazgo. A esos los regresamos a que maduren su amor, porque la alianza del matrimonio es sólo para quienes tienen una hombría madura.

Hace tiempo mi amigo José Luis Gabilondo me contaba que una de las experiencias que lo marcaron más en su vida fue ver nacer a su primer hijo. Cuando lo tuvo en sus brazos, José Luis lo recibió temblando de emoción y comenzó a llorar como un niño. Profundamente enternecido, sintió que aquella vida inocente era carne de su carne y hueso de sus huesos. Sintió que ese nuevo ser humano, que él había ayudado a engendrar, era totalmente dependiente de él y de su esposa. Desde ese día en adelante habría de vivir para prodigarle todo su amor incondicional. Por primera vez en su vida, mi amigo experimentó lo que debe sentir Dios por sus hijos, y se sintió infinitamente amado por el Padre celestial, mucho más de lo que él amaba a su recién nacido.

Muchos padres varones han tenido los mismos sentimientos que José Luis cuando vieron nacer a sus hijos. Supieron que, desde ese momento, se abría una etapa nueva para sus vidas, y que desde el fondo de su ser nacía una relación de alianza con sus hijos. Firmaban un pacto con Dios que los llamaba a entregarse totalmente a sus pequeños, con espíritu de abnegación y sacrificio. Dios los invitaba a morir a ellos mismos y a estar dispuestos a sufrir por sus hijos para darles amor y educación. Así son las relaciones de alianza.

Me decía un amigo que él entendía que para mí, por ser sacerdote, era muy fácil amar a Dios primero que a todo lo demás. Sin embargo para él, que tenía su esposa y sus hijos, la prioridad eran ellos, y después Dios. Pasó el tiempo y mi amigo tuvo una relación de adulterio. Su esposa se enteró y tuvieron grandes dificultades para superar la tormenta matrimonial que se desató. Esta experiencia sirvió a mi amigo para entender que sin el amor a Dios como el más importante de la vida, es imposible ser buen marido y buen padre. Y que solamente si tenemos el amor de Dios grabado en el corazón podremos superar muchas tentaciones y estar en mejores condiciones para entregarnos a nuestras familias.

Este domingo en que celebramos a los padres, pidamos a Dios, de quien proviene toda paternidad, que haya más hombres dispuestos a vivir en relaciones fuertes de alianza con Dios, con su esposa y con sus hijos. Sólo en las relaciones de fidelidad a estas alianzas el hombre encuentra la unidad interior y el camino de su felicidad.

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