A doble ocho columnas, El Diario publica el escalofriante asesinato de una niña de tres años. El asesino, una vez más, el amasio de la madre. El hecho se ha repetido esta misma semana varias veces.  Esto debe llevar a nuestra sociedad a un profundo examen de conciencia.  ¿Cómo y por qué suceden cosas tan terribles? También la función de padrastro ha sufrido un deterioro completo; a cualquier amante de ocasión se le da este nombre que en muchas ocasiones se refiere a alguien que desempeña una función digna, como el que, por razones diversas, suplen la función del padre. La historia de esta niña puede ser el tema tanto de un relato de terror como de un trabajo sociológico profundo, en el caso de que la nuestra no fuera la sociedad de los sociólogos muertos. Hechos como el presente requieren una sesión de radiografía. Historia y entorno de los autores, condicionamientos sicológicos y sociales, antecedentes, etc., etc.  ¿Qué sucede en nuestra sociedad que permite, favorece tales hechos? Somos una sociedad permeable, porosa, sin raigambre. Juárez parece una ciudad de paso, de botín.

 

La declaración rendida por el inculpado ante el MP se relata que el viernes pasado, tras haber recibido los puñetazos en el estómago, la niña no lloró, solo le preguntó a su asesino si podía dormir y él le respondió que sí. Entonces se acostó en un colchón acomodado en el piso y minutos más tarde perdió el control de esfínteres, por la que el hombre de 19 años la llevó al baño y le dio unas nalgadas.

 

La niña se volvió a acostar y le pidió a Jerel un jugo, él la escuchó agitada como quejándose y notó que hablaba más despacio. En realidad, la niña estaba agonizando.  Habían estallado sus viseras, el estómago, los pulmones, en realidad la niña estaba próxima a morir. ¡En la escena del crimen había aún un niño de un año y un bebé de tres meses!

 

Cuando el hombre vio que el problema de la niña se agravaba, decidió pedir ayuda a su tía. Él y sus familiares llevaron a la niña al IMSS, pero la pequeña iba ya en estado de coma y minutos después, murió.  El dato revela que las hermanas y madre del acusado, así como la abuela, la madre y los tíos de la víctima estaban enterados que golpeaba a la menor, incluso, una doctora tuvo conocimiento porque quince días antes de la muerte de la niña la pareja la llevó por una lesión en el ojo.  Pero nadie denunció a las autoridades lo ocurrido.  La mamá de la niña refirió que ella y sus hijos estaban sometidos a un entorno de violencia y en varias ocasiones ella quiso separarse de su pareja, pero él la amenazaba con quitarle a los niños.

 

El caso es que él cuidaba a los niños mientras ella «laboraba en una maquila». La madre refiere que el imputado no quería a la niña como una hija propia y pudo notar que tenía amenazada a la niña para que no dijera lo que él le hacía.  El parte médico es escalofriante. Estamos ante un caso de patología pura, de patología social de terror.

 

Esto obliga a una revisión seria sobre las estructuras sobre las que queremos hacer descansar nuestra sociedad. El horror del hecho en sí mismo es equiparable a la indiferencia social, a la inconciencia, a la lejanía, al ‘mientras no me toque a mí, en tanto nos desgañitamos en tantos otros temas, tales como reuniones para la seguridad, mesas, conferencias de alto nivel, etc., etc. Lo diabólico de la situación es que queremos hacer el bien sin contar con Dios.   Saliéndose del esquema, Papa Francisco en su homilía pronunciada en El Punto, dijo: “Al venir hacia aquí, cuando me mostraban a los niños de Juárez en la calle para que los viera, sentí ganas de llorar. ¿Qué va a ser de estos niños?”

 

El caso horripilante que tratamos debería ser un «detonador» – palabra tan querida a la I.P.  – de la conciencia social.  “La mentalidad reinante en todas partes propugna la mayor cantidad de ganancias posibles a cualquier costo y de manera inmediata.  No solo provoca la pérdida de la dimensión ética de las empresas, sino que obliga que la mejor inversión que se puede realizar es invertir en la gente, en las personas, en las familias”, decía Papa Francisco, al mundo del trabajo.

 

¿Qué mundo queremos dejarles a nuestros hijos? Creo que en esto la mayoría podemos coincidir. Este es precisamente nuestro horizonte, esa es nuestra meta y, por ello, hoy tenemos que unirnos y trabajar. Siempre es bueno pensar qué me gustaría dejarles a mis hijos; y también es una buena medida para pensar en los hijos de los demás…

 

“¿Qué quiere dejar México a sus hijos? ¿Quiere dejarles una memoria de explotación, de salarios insuficientes, de acoso laboral o de trafico de trabajo esclavo? ¿O quiere dejarles la cultura de la memoria del trabajo digno, de techo decoroso o de tierra para laborar?… ¿En qué cultura queremos ver nacer a los que nos seguirán? ¿Qué atmósfera van a respirar? ¿Un aire viciado por la corrupción, la violencia, la inseguridad y la desconfianza o, por el contrario, un aire capaz de generar alternativas, generar renovación o cambio?

 

Mientras el ‘llano está en llamas’, la algarabía política no cesa; por discursos y reuniones no paramos, planes y proyectos para ver cómo solucionamos problemas de seguridad son diarios. Mientras “los malos” trabajan ordenada y linealmente.  Tampoco paramos por dinero. Pero la destrucción del ente familiar es descomunal entre nosotros, embarazos de adolescentes, abortos, divorcios, uniones consensuales u obligadas por las circunstancias y casos extremos – y muy frecuentes -, como el presente, son el pan de cada día.

 

Sabemos que nuestra sociedad no descansa, ya, sobre los antiguos fundamentos cristianos, ya no está estructurada sobre esos sólidos cimientos religiosos. Somos modernos. Proféticamente, B. XVII, escribía: “Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas. Tal es el fondo del problema.

 

Lo que está en juego en el trasfondo de la crisis de la  familia en el horizonte del siglo XXI, es la suplantación o el rescate de la naturaleza «natural» del hombre, la enajenación o la salvaguarda de su condición y dignidad de persona humana, única y repetible, libre y responsable de sus actos. Cual sea la naturaleza de la persona humana, tal la sociedad, tal el hombre. La claudicación o el reencuentro de la auténtica naturaleza de la persona humana es el ojo del huracán, la raíz de la crisis del matrimonio y la familia en el mundo contemporáneo, la causa nuclear del riesgo de una sociedad deshumanizada. Reconstruir el matrimonio y la familia – en consecuencia la entera sociedad -, a la luz de las exigencias de la dignidad personal del hombre:  tal es la cuestión.

 

Ir en sentido contrario da como resultado lo que estamos viviendo, da como resultado la calidad de hombres y mujeres que forman nuestra sociedad. Da como resultado la calidad de los hombres y mujeres que actúan en el orden público.

 

 

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