¿Dónde está Dios?

Una vez más, los desastres naturales revelan la precariedad de nuestro desarrollo y la pésima relación que guardamos con la naturaleza. También que no observamos las más elementales normas dictadas por el instinto de conservación. Las imágenes son elocuentes. Además, el ecosistema político y social tampoco acompaña: la inseguridad, las perspectivas económicas sombrías y el hecho de despertar un día y otro también con un nuevo caso de corrupción, son una pesada losa sobre el ánimo colectivo. (ed. el País).

¿Será que Dios nos ha abandonado?

En 1971, Pablo VI, expresaba, tímidamente, una alarmante profecía: “Mientras el horizonte de hombres y mujeres se va así modificando, partiendo de las imágenes que para ellos se seleccionan, se hace sentir otra transformación, consecuencia tan dramática como inesperada de la actividad humana. Bruscamente, la persona adquiere conciencia de ella; debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación. No sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que la persona no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda”. (OA. 21). 50 años después, estas palabras suenan como una fría y fina admonición. Dos cosas terribles: la destrucción de los espacios abiertos, bosques, ríos, playas, (Samalayuca), y el hacinamiento. “Si el permanente fenómeno de la urbanización de las sociedades es antiguo, la vertiginosa concentración demográfica en las numerosas mega urbes que han surgido en las últimas décadas en todo el globo y   especialmente en el Tercer Mundo, supone uno de los mayores desafíos de la humanidad”, advertía la ONU en 2007.

Añadía S. Pablo VI: “El surgir de la civilización urbana que acompaña al incremento de la civilización industrial, ¿no es, en realidad, un verdadero desafío lanzado a la sabiduría de la persona, a su capacidad de organización, a su imaginación prospectiva? En el seno de la sociedad industrial, la urbanización trastorna los modos de vida y las estructuras habituales de la existencia: la familiar, la vecindad, el marco mismo de la comunidad cristiana. … Etapa sin duda irreversible en el desarrollo de las sociedades humanas, la urbanización plantea a hombres y mujeres difíciles problemas: ¿cómo frenar su crecimiento, regular su organización, suscitar el entusiasmo ciudadano por el bien de todos? En este crecimiento desordenado nacen nuevos proletariados. Se instalan en el centro de las ciudades que los ricos a veces abandonan; acampan en los suburbios, cinturón de miseria que llega a asediar, mediante una protesta silenciosa, todo el lujo demasiado estridente de las ciudades del consumo y del despilfarro. En lugar de favorecer el encuentro fraternal y la ayuda mutua, la ciudad desarrolla las discriminaciones y también las indiferencias; se presta a nuevas formas de explotación y de dominio, de las que algunos, especulando con las necesidades de los demás, sacan ganancias inadmisibles. Detrás de las fachadas se esconden muchas miserias, ignoradas aún por los vecinos más cercanos; otras aparecen allí donde la dignidad de la persona humana zozobra: delincuencia, criminalidad, droga, erotismo.

Son, en efecto, los más débiles las víctimas de las condiciones de vida inhumana, degradantes para las conciencias y dañosas para la institución familiar: la promiscuidad de las viviendas populares hace imposible un mínimo de intimidad; los matrimonios jóvenes, en la vana espera de una vivienda decente y a un precio asequible, se desmoralizan y hasta su misma unidad puede quedar comprometida; los jóvenes abandonan un hogar demasiado reducido y buscan en la calle compensaciones y compañías incontrolables. Es un deber grave de los responsables tratar de dominar y orientar este proceso.

Urge reconstruir, a escala de calle, de barrio o de gran conjunto, el tejido social, dentro del cual hombres y mujeres puedan dar satisfacción a las exigencias justas de su personalidad. Hay que crear o fomentar centros de interés y de cultura a nivel de comunidades y de parroquias, en sus diversas formas de asociación, círculos recreativos, lugares de reunión, encuentros espirituales, comunitarios, donde, escapando al aislamiento de las multitudes modernas cada uno podrá crearse nuevamente relaciones fraternales”. En la Biblia, la ciudad aparece siempre como una entidad maldita porque separa al hombre de la naturaleza y, así, lo separa de Dios y del hermano.

La prueba de que Dios no nos ha abandonado la descubrimos en la voz de éstos y muchos otros profetas más que, desde su ámbito, como el científico, han advertido de la forma completamente inadecuada como nos estamos relacionando con la naturaleza.  JP.II tiene una frase muy bella: ‘si el hombre es bueno con la naturaleza, la naturaleza es buena con el hombre’.

Papa Francisco y el Patriarca Bartolomé, instaron a los mandatarios del mundo para que elaboren una respuesta colectiva para combatir el cambio climático, “ya que el planeta se está deteriorando y las personas vulnerables son las principales afectadas”.

“Hacemos un llamamiento urgente a quienes ocupan puestos de responsabilidad social y económica, así como política y cultural, para que escuchen «el grito de la tierra» y atiendan las necesidades de los marginados”, …. “Sobre todo, para que respondan a la súplica de millones de personas y apoyen el consenso del mundo por el cuidado de la «creación herida»”, agregaron los líderes de 1.200 millones de católicos y más de 300 millones de cristianos ortodoxos.

La pregunta de fondo la ha planteado Jürgen Moltmann en su libro: “Dios en la Creación”. ¿Cuál es el significado de la fe en Dios creador y de este mundo como su creación a la vista de la explotación industrial que está en marcha y de la irreversible destrucción de la naturaleza? ¿Qué tiene que decir la fe cristiana al nihilismo que subyace en la crisis ecológica? ¿Qué nuevos valores pueden establecerse y cuál sería su fundamento?, son las preguntas que este teólogo se plantea ante el desastre ecológico planetario. Para nadie es un secreto el cambio climático que está tocando el punto de no retorno. Lo vemos en los fenómenos extremos: sequías prolongadas, calores intensos, tormentas intempestivas y devastadoras. Millones de hectáreas de bosque, en México, – el mundo -,   son taladas con los efectos desastrosos para el clima del planeta. Todas estas acciones del hombre han ocasionado una auténtica alteración climática global.

En el 2005 se habían batido récords de deshielo, temperatura y huracanes los cuales han sido ya superados. Los expertos pronostican más calor y fenómenos más extremos. Deshielos polares, aumento de temperatura por los gases de efecto invernadero, tal es el pronóstico.  Lo novedoso de nuestra situación radica en el hecho de que ahora es el hombre el que está alterando los ciclos geológicos y con ello, lo vemos por la magnitud de los desastres naturales, amenazando la sobrevivencia de la especie.

«Laudato si’, mi’ Signore» – «Alabado seas, mi Señor», cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana, con la cual compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos: «Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba».

Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla. La violencia que hay en el corazón humano, herido por el pecado, también se manifiesta en los síntomas de enfermedad que advertimos en el suelo, en el agua, en el aire y en los seres vivientes. Por eso, entre los pobres más abandonados y maltratados, está nuestra oprimida y devastada tierra, que «gime y sufre dolores de parto» (Rm 8,22). Olvidamos que nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura”. (Papa Francisco).

¿Dónde está Dios?, o mejor, ¿por qué no obedecemos a Dios? ¿Por qué no oímos el grito de la naturaleza? ¿No estará el pecado del hombre detrás de todo esto? S. Pablo dice que la tierra ansía ver a los hijos de Dios libres del pecado para verse, ella misma, libre de la opresión.

 

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