En días pasados el Señor me concedió estar presente en un exorcismo mayor. Fue un regalo de Dios. Dejo claro que yo no fui el sacerdote que lo realizó, ni tampoco tengo el nombramiento para hacerlo. Estuve ahí simplemente porque fui invitado a hacer oración de intercesión por la persona poseída, junto con un grupo de laicos, un exorcista que presidió el rito y otro más que fungió como su auxiliar. La experiencia fue fuerte y agotadora para todos. Dos horas y media en oración nos dejó con una buena dosis de cansancio, pero con la alegría de haber colaborado con Jesucristo en la curación de llagas muy dolorosas dentro de su Iglesia.

La diócesis en la que estuve ha logrado implementar una pastoral bastante completa de exorcismos y liberación, con exorcistas nombrados por el obispo y laicos preparados para auxiliarles. No describiré aquí lo que mis ojos vieron. ¿Para qué sirve la vana curiosidad? El que quiera saber qué sucede durante un exorcismo, puede alquilar una película sobre el tema para dar satisfacción a su deseo de sensacionalismo.

Muchas personas se preguntan por qué los espíritus malignos, o demonios, pueden llegar al grado de alterar la vida de una persona, poseyéndola. La primera respuesta es por el odio que Satanás y sus ángeles tienen a Dios. Como no pueden aniquilarlo, su odio también lo dirigen a la imagen de Dios en la tierra, que es el hombre. Por eso san Pedro advertía: “Sean sobrios y estén siempre alerta, porque su enemigo, el demonio, ronda como un león rugiente, buscando a quién devorar. Resístanlo firmes en la fe” (1Pe 5,8-9).

La segunda respuesta es porque el alma humana es el campo que vive en permanente disputa entre dos reinos contrarios: el reino de Jesucristo y el reino de Satanás. San Pablo en su Carta a los Efesios dice que “Nuestra lucha no es contra enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio” (Ef 6,12). Se trata de una lucha que inició apenas el hombre fue creado, ya que después de que el diablo no pudo devorar al Niño, “enfurecido contra la Mujer, se fue a luchar contra el resto de su descendencia, contra los que obedecen los mandamientos de Dios y poseen el testimonio de Jesús” (Ap 12,17).

La persona a la que le hicieron el exorcismo que me tocó presenciar llegó en sus cinco sentidos a la cita con el exorcista; no mostraba signos de alteración, sino que saludó a todos amablemente. Demonios la perturbaban porque ella misma lo permitió, participando en actividades esotéricas. Una vez que inició el rito perdió la conciencia y una segunda personalidad se manifestó, hablando y actuando a través de su cuerpo. Concluido el exorcismo, la persona recobró su personalidad amable y encantadora que tenía, antes de que iniciaran los conjuros. No pensemos, pues, que un poseso es una persona permanentemente perturbada. Cuando se hacen los ritos exorcísticos surge el, o los demonios, y queda oculta su auténtica personalidad.

El exorcismo mayor es un acto litúrgico de la Iglesia, acción sagrada del Cuerpo de Cristo. A diferencia de los hermanos evangélicos que carecen de sacerdotes, y que sólo utilizan la Biblia para exorcizar; o peor aún, a diferencia de tantos pseudo exorcistas que con actos esotéricos intentan expulsar al Maligno, la Iglesia Católica ha establecido un ritual de exorcismos con normas muy concretas para echar fuera a los demonios. Fue publicado por la Congregación para la Disciplina de los Sacramentos en 1999.

El exorcismo es un sacramental, es decir, un signo sagrado que ha sido creado por la Iglesia para preparar a la recepción de los sacramentos. Muchos posesos son personas que, durante el tratamiento de los exorcismos, aprenden a vivir de la fe en Jesucristo, se confiesan y comulgan, oran y se alimentan de la Palabra de Dios. Si el Señor ha permitido que Satanás tenga algún influjo sobre ellos, es porque Dios sabe utilizar al Enemigo para sus divinos planes y obtiene, muchas veces en los posesos y sus familias, un crecimiento espiritual muy firme y adelantado.

Durante el exorcismo mayor pude escuchar oraciones como las letanías de los santos, salmos, súplicas a Dios y oraciones imperativas al diablo que sólo el exorcista pronunció. Es peligroso que un sacerdote no autorizado por su obispo para hacer exorcismos, y menos los laicos, den órdenes al demonio. Estas personas pueden verse luego seriamente perturbadas con influjos diabólicos como son obsesiones o depresiones severas. El gran exorcismo al que asistí se caracterizó por una gran piedad de los exorcistas y del equipo de laicos, por una gran humildad, obediencia a las normas de la Iglesia y armonía entre todos. Terminado el exorcismo, sólo vi rostros radiantes de paz y alegría.

Crece el número de personas perturbadas por la acción extraordinaria del Maligno. Es un fenómeno en muchas diócesis. Pidamos al Señor que se apiade del pueblo que sufre, nos conceda la conversión y nos libre de nuestros enemigos.

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