En el mundo antiguo del imperio romano, el cristianismo tuvo un impacto social muy grande. Los discípulos de Jesús de Nazaret predicaron ideas que revolucionaron la condición social de la mujer. Entre esas novedades estaban la igual dignidad del hombre y de la mujer, la grandeza de la virginidad y la indisolubilidad del matrimonio.

En aquella Roma imperial, las muchachas jóvenes eran desposadas a una edad en la que jugaban a las muñecas. Los matrimonios eran arreglados por terceras personas y, de esta manera, se vivían sin amor y dignidad. La fidelidad conyugal era maltratada. Los espectáculos, las termas y los festines favorecían el adulterio y el deterioro de la vida matrimonial.

La predicación del Evangelio trajo para la mujer nuevos ideales y aires más puros. Ellas se sintieron liberadas de vivir como esclavas de los instintos del varón. El celibato voluntario por el Reino de Dios le dio libertad a la mujer, y sacó a la sociedad de la prisión de sus instintos para ser guiada por el mundo del espíritu.

Actualmente el mundo occidental ha vuelto a ser esclavo de sus instintos sexuales. La pornografía, la banalización del sexo y la mentalidad anticonceptiva presente en modas, costumbres y redes sociales, han hecho regresar a nuestra sociedad a un estilo de vida semejante a la de aquellas sociedades antiguas, con la consecuente degradación de la mujer y el deterioro de la vida familiar.

Hoy se dice que el cristianismo ha sido una religión opresora de la mujer. Eso es absolutamente falso. En ninguna sociedad mundial, como en la cristiana, la mujer encontró su verdadera dignidad y auténtica libertad.

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