La Iglesia está viviendo su 11 de septiembre propio. En esa fecha del año 2001, en Nueva York, perdieron la vida casi tres mil personas por el derrumbe de las torres. Pasaron 17 años y vino para la Iglesia el informe de Pensylvannia en el que reporta que número grande de almas fueron mortalmente heridas por sacerdotes en la Iglesia Católica. Monseñor Gänswein -secretario de Benedicto XVI- ha dicho que es como si todas las iglesias de Pensylvannia hubieran colapsado repentinamente, junto con la Basílica de la Inmaculada Concepción de Washington DC.

La inmensa mayoría de los sacerdotes -quiero creerlo así- entramos un día al Seminario deslumbrados por la persona de Jesucristo. “Tú eres el Mesías”, le dijimos sin titubear. Por eso estábamos ahí, dispuestos a entregar la vida por él. ¿Qué sucedió en el camino? Pudo ser que hayamos tenido la experiencia de Pedro. El apóstol, en el caminar con el Señor, se dio cuenta de que Jesús le invitaba a la renuncia al mundo, a la sobriedad y la castidad, al servicio generoso y al cultivo de las virtudes, al sacrificio y la entrega de la propia vida. Asustado, Pedro trató de disuadir a su Maestro.

“Apártate de mí, Satanás”, le dijo Jesús al que sería la cabeza de los apóstoles, reprimiéndolo. Seguramente el pescador de Galilea jamás olvidó aquella frase. Pedro creía que Jesús era otro tipo de Mesías. Lo confundió con un mesías político y militar, cuando en realidad Jesús venía como el Siervo sufriente de Yahvé. Venía a derrotar a sus enemigos con las armas de la obediencia, el sufrimiento y el servicio. Su dominio era desde la Cruz y no desde las victorias humanas. Cuando como sacerdote olvido la cruz y mis glorias pasan a ser las del mundo: competencia social, parroquias económicamente pudientes, fiestas y banquetes, carrera eclesiástica, puestos de poder en la diócesis… temo haber perdido el rumbo de mi ministerio y temo escuchar al Señor que me reprenda con aquella misma frase que Pedro nunca olvidó.

Mis glorias pueden llegar a ser las construcciones y las mejoras a los templos, la participación en los medios de comunicación social, el haber celebrado los matrimonios de la alta sociedad o la lucha por mejorar el progreso material de las comunidades. Si es así, entonces al final me esperará el cansancio, la incertidumbre, la desilusión, una vida de pecado y quizá la pérdida de la vocación. Escandalizada por la corrupción moral de algunos miembros de las altas jerarquías de la Iglesia, mi madre en estos días me preguntaba cómo era posible que Dios haya llamado a un obispo de tanta importancia como el de Washington y haya caído en tan abominables actos. Le respondí que Dios hace el llamado, pero que la vocación se puede perder, si no se cultiva o se descuida. Le sucedió a Judas y puede suceder a cualquiera que se duerma en el camino.

¿Cuál es la ruta para recuperarnos de este “11 de septiembre” que está haciendo tanto daño a la Iglesia? Sin duda necesita la Iglesia obispos fuertes, valientes, decididos a no tolerar la corrupción en sus diócesis, presbiterios y Seminarios. Sin embargo el trabajo lo hará principalmente el Espíritu de Dios. Hemos de ponernos de rodillas y pedir al Señor que venga a reparar la viña que su diestra plantó y que un día él hizo vigorosa con los testimonios de los santos. Nuestra actividad en la Iglesia debe quedar subordinada al cultivo de una fe profunda y a la búsqueda de la santidad personal y comunitaria, desde una visión de eternidad, viviendo no para nosotros mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por nosotros.

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