Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, está obsesionado con la grandeza. Es un ególatra del gigantismo. Lo dijo en un discurso de su campaña: “Vamos a ganar en cada nivel. Vamos a ganar tanto que ustedes me van a suplicar. Van a decir, ‘señor presidente, estamos tan cansados de ganar que no podemos soportarlo más. Por favor, ya no gane más. Señor presidente, por favor, tenga una o dos pérdidas’. Y yo diré: ‘no, no lo haré porque vamos a hacer a América nuevamente tan grande, mejor y más fuerte que nunca’.

El muro de tres mil kilómetros que prometió construir en la frontera con México, como no puede hacerlo más largo que los 21 mil kilómetros que mide la Gran Muralla China, había prometido que sería un pie más alto que aquella. Y cuando Vicente Fox le dijo que México nunca pagaría por el muro, Trump, en un ataque de ira anunció que el muro sería ahora diez pies más alto.

Para Trump todo debe ser monumental. Hablando del mundo militar, Trump dijo: “Vamos a hacer que nuestros militares sean tan grandes, tan fuertes y tan poderosos que nunca tendremos que utilizarlos”. Propuso construir un gran salón de 100 millones de dólares en la Casa Blanca para recibir a los visitantes VIP. En años pasados Trump se dedicó a la construcción y compra de rascacielos tratando siempre de que fueran los más altos del mundo, como el de 150 pisos que quiso construir en Nueva York.

¿Estamos ante un presidente que pretende ser la reencarnación de César Augusto? ¿Vuelven a revivirse los sueños utópicos de Musolini, Hitler y Stalin, pero ahora en la versión norteamericana? No sólo los líderes de las naciones están inquietos por la llegada de este presidente a la Casa Blanca que, con aires de soberbia y vanagloria, amenaza con desestabilizar el mundo. También muchos inmigrantes han empezado a vivir en la angustia por su futuro incierto. Y aunque el mismo Trump anuncia una época de gloria y poderío, muchos presienten el inicio de años de represión e incertidumbre.

La Palabra de Dios por boca de Isaías nos dice hoy: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció”. Nunca en la historia de la humanidad apareció una luz tan grande como con la llegada del Mesías a la tierra. Su venida encendió en el mundo un fulgor que nadie jamás podrá apagar. ¡Qué diferencia tan abismal entre el liderazgo del presidente de los Estados Unidos de América y el de Jesús de Nazaret! El orgullo, la arrogancia y la avaricia extrema de uno contra la humildad, la mansedumbre y el amor hasta dar la vida del otro.

Ante esa gran torre de Babel que quiere construir Donald Trump en Estados Unidos para hacer llegar a su país a la cima del cielo, Jesús señaló que el camino para llegar a ser grandes, como personas y como pueblos, es la humildad, el respeto y la apertura a los demás, lo que el papa Francisco llama ‘la cultura del encuentro’. Nuestro Señor nos mostró que sus preferidos eran los pequeños y los pobres, e hizo ver que mientras que los jefes de las naciones tiranizan a sus pueblos, no debía de ser así entre nosotros, sino al contrario: “el que quiera ser grande –dijo– que se haga servidor de ustedes” (Mt 20,26).

En muchos sentidos Estados Unidos es un país grandioso y su gran riqueza ha sido la inmigración. A semejanza de Pentecostés, en donde medos, partos, griegos y elamitas se unificaron en una sola Iglesia gracias a la acción del Espíritu Santo, los norteamericanos han construido una unidad nacional con la riqueza de los ingleses, irlandeses, italianos, franceses, mexicanos, puertorriqueños, cubanos, africanos, orientales, indios y otras culturas más. Por eso construir un muro fronterizo, expulsar a 11 millones de inmigrantes y prohibir a los musulmanes entrar en el país, son medidas que reflejan una visión distorsionada de la inmigración donde prevalece el miedo al que es diferente. Lo dijo el papa en una frase muy dura: “Una persona que piensa sólo en construir muros –donde sea que fuera– y no en construir puentes, no es un cristiano”.

Son tiempos inciertos para el mundo, ciertamente. Pero también son tiempos Dios y de oración. Como católicos hemos de orar continuamente por quienes rigen las naciones, y hemos de pedir al Señor en especial por el presidente norteamericano Donald Trump. El odio hacia él de muchas personas que lo rechazan solamente endurecerá más el corazón del presidente magnate. Pedir, en cambio, al Espíritu Santo que llene su alma de amor divino, es el camino correcto para que Trump aprenda a ser humilde, comprensivo, justo, compasivo, generoso, sensato, se ponga en los pies de los demás y busque no sólo el bien de su nación sino el progreso de todos los pueblos. Entonces sí que Estados Unidos será grande.

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