Dan 12,1-3; Sal 15; Heb 10,11-14.18; Mc 13,24-32

 

¡Creo en la vida eterna…!

 Credo.

Se hace de día – Daniel es el libro profético más reciente del A. T., es el único que anuncia abiertamente la resurrección. Con un lenguaje imaginativo, (género apocalíptico), que los evangelios retomarán, lanza un último mensaje de esperanza: los justos son llamados a la vida eterna. También nosotros, hoy, esperamos de Cristo resucitado esa vida plena que él ofrece a los que tienen la valentía de confiar en él.

 

Sal 15.- El salmo comienza con una súplica y enseguida desemboca en una profesión de confianza y entrega exclusiva a Dios.

Síntesis total: en la alternativa del bien y del mal, Dios es el bien, (auténtica ciencia del bien y del mal) Afirmación de fe y experiencia religiosa: sólo Dios es bueno, fuente de todos los bienes. «Yo digo al Señor: Tú eres mi bien».

 

Aunque el autor, probablemente, no conoce la vida futura y el premio celeste, la experiencia de la intimidad con Dios le hace romper los límites de la doctrina tradicional y pronuncia fórmulas que quedan disponibles para recibir la plenitud de su sentido. Esto sucede en Cristo, – ver Hch 2,31; 13,55 -, a quien el Padre no permite experimentar la corrupción del sepulcro, sino que lo levanta a su presencia y lo sienta a su derecha. (Pablo dice que nosotros estamos sentados con él a la derecha del Padre). Por Cristo, el cristiano conoce la realidad de la vida celeste, espera en ella, la pregusta en la contemplación, en la liturgia; en este horizonte, el cristiano reza este salmo con toda capacidad de sentido:

 

Por eso se alegra mi corazón,

se goza en mis entrañas,

mi carne descansa serena:

Porque no me entregarás a la muerte

ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción:

 

Me enseñarás el sendero de la vida,

me saciarás de gozo en tu presencia,

de alegría perpetua a tu derecha.

 

 Heb 10,11-14.18.- El pecado no es la última palabra. Con frecuencia el cristiano, educado en cierta mentalidad rigorista, aparece como obsesionado por el complejo de culpa, incesantemente ocupado en negociar el perdón. Sabemos de esta actitud en el confesonario. Esta actitud se remonta a la antigua religión cuando se creía que había que arrancarle a Dios el perdón, a través de ritos, ofrendas, prácticas, sacrificios. En Cristo, el perdón nos ha sido dado de una vez por todas, y para todos los pecados.  (¿No es esto la misericordia?). Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva, el Señor nos introduce en una religión interiorizada, fundada en una confianza filial, y no en el temor. (El amor echa afuera el temor. IJn.).  Dios está con nosotros, y solo él nos hace dignos, con su presencia. Un cristiano sabe del pecado; pero cree con mayor firmeza en la victoria de Cristo en el pecado.

 

Mc 13,24-32.- Tiemblan los cimientos. Como para Babilonia y para Nínive, he aquí el tiempo de la prueba; también para Jerusalén. Hasta que esto suceda, en la ciudad Santa o en el mundo, la carrera por el bienestar o el particularismo se puede esperar que Dios haga temblar los cimientos. Este mensaje difícil de entender es, sin embargo, «buena noticia» en la medida que el hombre no se desanima después de la catástrofe, sino colabora sin cansarse en la reconstrucción de la ciudad según el plan de Dios.  

 

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 “Me enseñarás, Señor, el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia”. (15) Con la frescura del lenguaje bíblico podemos expresar el anhelo más profundo del hombre que es el deseo de la vida; pero el hombre sabe que esa vida no tiene su origen en él, sino en Otro, ese Otro que es la fuente de la vida, quien da y mantiene en la vida. que ama la vida y es amigo del hombre. En sí misma, la vida nuestra es una realidad fatalmente amenazada. Sin Dios, nuestra vida es una vida muerta. De aquí nace la súplica confiada y entrañable: “Enséñame el camino de la vida,/sáciame de gozo en tu presencia/y de alegría perpetua junto a Ti.”  Es la súplica de quien sabe que la vida es don y, también, que la muerte es una amenaza constante. Sin mayores complicaciones teológicas, se expresa una fe nítida, una confianza clara en el Señor que alegra el corazón y el alma, que nos da tranquilidad, que no nos abandonará a la muerte ni dejará que experimentemos la corrupción del sepulcro. El Salmo 15   es el anhelo hecho oración y súplica.

 

El Sal. 15. expresa una profunda intimidad con Dios nuestro Señor. En el reparto de la tierra prometida, el Levita no obtiene ningún lote, porque el Señor ha de ser su porción y su heredad. Dios mismo ha sorteado los lotes por manos de Josué, moviendo la suerte o nombres en la copa de sorteo. Esta porción entraña una gran intimidad con Dios, (vv 7-9): aún en privado, «de noche», en experiencia interior y no solo por causes oficiales. No solo en el templo sino en todo momento siente la presencia y compañía de Dios, fuente de alegría, descanso y serenidad.

 

Los que duermen en el polvo se levantarán.

Hay una línea que une la primera lectura y el evangelio. En el libro de Daniel, libro apocalíptico, por cierto, después de una gran angustia, se dice que “muchos de los que duermen en el polvo se despertarán: unos para la vida eterna y otros para el castigo eterno. En el relato de Marcos, igualmente, después del caos cósmico, aparecerá el Hijo del hombre en las nubes del cielo con gran poder y majestad. “Él enviará a sus ángeles a congregar a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales desde lo más profundo de la tierra a lo más alto del cielo”.  Expresión polar que abarca todas las dimensiones; no existe lugar de donde el Señor no congregue a los suyos. Esto nos dice, digámoslo luego, que la aparición definitiva del Cristo Glorioso, más que el fin, señala el inicio de una nueva humanidad, de una nueva creación consumada, de la salvación definitiva de los fieles. No es entonces la transmisión de ningún terror ni la destrucción de la creación, sino de una transformación cuyos detalles no estamos en grado de conocer y por lo tanto de describir. En este particular hay que ser más bien sobrios.

 

El Capítulo 13 de Mc, por ser una de las manifestaciones apocalípticas más antiguas del N.T., reviste una importancia y complejidad especiales. Prueba de ello es el reciente libro de Juan Mateos que le ha dedicado 570 páginas a dicho capítulo. En la cubierta dice: El capítulo 13 de Marcos constituye, indudablemente, una de las unidades evangélicas más enigmáticas. Jesús abandona el templo y se dirige al Monte de los Olivos, desde el que contempla sus grandes edificios de los que no quedará piedra sobre piedra. La hora y el día, al igual que la ruina de Jerusalén, nadie los conoce más que el Padre, pero «primero tiene que proclamarse la buena noticia a todas las naciones» (v.10). Luego, en cambio, asegura «que no pasará esta generación antes que esto se cumpla» (v.30) ¿Habla en sentido apocalíptico del final de la historia o simplemente de la inmediata inauguración del reino mesiánico? Esta obra de Mateos está catalogada como el estudio más completo jamás hecho sobre el particular.

 

Tal vez, dado los avances de las sondas que navegan por los espacios siderales, husmeando y buscando el origen del universo, haciendo descubrimientos asombrosos, provocan una  sonrisa entre compasiva y escéptica, sobre nuestro texto que dice de que la luz del sol se apagará, la luna ya no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo y las potencias celestes se bambolearán. ¿De qué se trata, entonces? Mateos demuestra claramente, cimentado en la más pura tradición bíblica, que esas estrellas y esos poderes que caen, que se bambolean, que se vuelven erráticos e inciertos, no son otra cosa que las potencias de este mundo que se oponen a la Potencia, al Poder que es Dios mismo y que, por lo tanto, están condenadas a la ruina. Son los reinos de este mundo, los centros negativos de poder. Marcos habla de potencias o poderes y de Potencia o Poder; en plural son los príncipes de este mundo, en singular, es Dios mismo. Los detentadores del poder (plano sociopolítico, cf.v.9, «gobernadores y reyes»), divinizados y legitimados por la religión pagana, rivales de Dios, y de hecho perseguidores de los que proclaman el evangelio, por el triunfo definitivo de Cristo se bambolean y están destinados a caer. Es el carácter escatológico de la historia; es el último Eón, el tiempo final que se ha inaugurado con el triunfo de Cristo sobre los poderes hostiles a Dios.

 

Muchos textos del A.T. avalan esta interpretación, veamos solamente uno, Is. 14,12-14 que habla sobre el destino del rey de Babilonia: ¿Cómo has caído del cielo lucero de la aurora, y estás derrumbado por tierra, agresor de las naciones? Tú decías en tu corazón: subiré al cielo, pondré mi trono por encima de los astros del cielo,… subiré por encima de las nubes, seré semejante al Altísimo”. En este texto, el rey de Babilonia es comparado con una estrella, el lucero matutino, y se habla precisamente de su caída. Se ironiza sobre su orgullo, que ha terminado en miseria. La estrella-lucero representa al rey que envanecido por su poder se ha arrogado rango divino. Aquí se inspira Marcos para hablar de los poderes hostiles al Poder, o sea, a Dios, con un lenguaje de sabor apocalíptico. Esos astros se apagarán, ya no tendrán luz; la única luz será la luz de Dios. Así pues, no se habla propiamente del fin del mundo, sino de la nueva y definitiva humanidad realizada en Cristo, en su misterio pascual. Se habla de una nueva forma de convivencia entre los hombres, se habla del Reino que ha llegado.

 

La perícopa de este domingo consta de dos partes: La primera unidad abarca 13,14-27.

 

  1. La pregunta sobre el «fin del mundo» no se ha agotado ni siquiera en nuestros días, no obstante la desmitologización, (Bultmann) las sondas espaciales y el resurgimiento del núcleo kerigmático. El hombre culto sabe muy bien que el sol, la luna y las estrellas no penden como lámparas en el firmamento no pueden precipitarse en el vacío en una catástrofe cósmica. Sin embargo, los intentos de explicación naturalista y filosófica consideran sólo el margen del problema. El ojo de la fe reconoce detrás del fin «natural» un evento sobrenatural establecido por Dios. El creador del mundo es también aquél que lo lleva a plenitud.

 

  1. Lo que externamente aparece como catástrofe y ruina, en verdad es el inicio de un nuevo cielo y de una nueva tierra. Marcos se refiere a esta idea sólo en una manera reservada, los escritos posteriores serán más explícitos. La categoría de lo ultraterreno mantiene su carácter vinculante respecto a las expectativas terrenas sobre el futuro y su realización tal como se presentan en ciertas formas de socialismos. Pensemos tan solo en la idea marxista de la historia. Los cristianos ciertamente deberán reflexionar también sobre el hecho que «la tierra nueva» aún de manera diversa, es como quiera que sea, esta tierra nuestra que habrá de ser renovada. No es destrucción, sino renovación. Ahora bien, no haríamos mal en reflexionar este domingo, no sobre un final apocalíptico de la creación, sino sobre el final de la creación realizada por el hombre mismo. Lodato’ si es un hermoso tratado en esta línea: la destrucción planetaria es, ya, triste realidad; el fin avendrá por esta razón. Temas como el calentamiento global y el ecocidio, la depredación y destrucción multiforme de nuestro planeta, es algo que ya no puede ser ignorado en nuestra predicación.

 

  1. La venida del Hijo del Hombre es un evento que pone fin a la historia de la humanidad. El concepto de juicio no puede ser relativizado en términos de teología existencial, ni puede ser restringido a la muerte personal de cada quien. Si la humanidad como un todo se ha hecho culpable delante de Dios y ha sido liberada por Jesús Cristo, también el juicio será como una totalidad.

 

  1. El discurso apocalíptico de Mc se contenta con alusiones: el Hijo del Hombre reúne a los elegidos para conducirlos al Reino del Padre. La falta de una descripción detallada del juicio (como Mt 25,31-46), merece especial atención. Todo el discurso termina en una promesa de consolación: “el que cree en ti, alza la cabeza y vuelve la mirada a ti; tu verdad viene a nosotros para bendecirnos” (W. Schnithals). Pero también el cumplimiento es presentado en una manera completamente reservada. El punto de vista esencial, la comunidad de los elegidos con el Señor es descrito eficazmente. El evangelio con toda seriedad no es un discurso de amenaza, sino palabra que da consuelo y promesa de gozo.

 

La segunda unidad es 13,28-32 y es la parábola del higo y la pregunta sobre el «cuando» del fin.

 

  1. Domina la idea de la cercanía del fin o de la venida del Hijo del Hombre en su doble función como juez y como aquel que da cumplimiento. Mas las fórmulas son vagas, no se precisa nada, lo cual no favorece una interpretación en el plano cronológico que haría posible calcular la fecha exacta del fin. Para el evangelio, la cercanía no es una medida cronológica, sino un motivo parenético, exhortativo, Dios viene siempre a nosotros, en Jesús Cristo; en él, el cumplimiento está siempre cercano, se da en el encuentro con la Palabra de Dios, nos llama en cada decisión de fe, en cada acción moral, viene a nosotros en la gravedad de la muerte personal. Visto así, el fin de todas las cosas está siempre delante a nosotros.

 

  1. Las palabras que se refieren al no conocer la fecha, suscitan sorpresa en relación a una enunciación tan insistente; éstas toman significado si se tiene en cuenta las fantasías exaltadas de la apocalíptica reinante en aquel tiempo. En todos los tiempos ha habido gente ansiosa, hombres de poca fe, pesimistas, o gente que desprecia la vida terrena con actitudes amenazantes, que querrían ver mejor y más allá de Dios, el fin del mundo. El «nadie lo sabe» incluido el Hijo, da una vigorosa lección a tales profetas de desventura, o también a determinadas interpretaciones escatológicas completamente erradas, como es frecuente en todas las sectas “cristianas” y con especial acento en los Testigos de Jehová. Dios no sólo dispone, también se reserva la decisión respecto al día y la hora. Quien tiene fe y confianza, no tiene necesidad de calcular o contar con miedo y ansiedad.

 

  1. La palabra de Jesús – en la intención de la predicación eclesial que vemos en este evangelio – no pasará. “Pues toda carne es hierba y su belleza como flor del campo; se agosta la hierba, se corta la flor” (Is 40,6-8), pero la Palabra del Señor permanece para siempre. Esa palabra es la buena noticia que se os ha dado (1 Pe 24,25). En el conflicto de las opiniones humanas en el arriba y debajo de las opiniones teológicas y ocasionalmente también en las actitudes de moda, hay una constante; se debe creer firmemente en esta palabra.

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Meditación – Todos, un día, hemos conocido una especie de final: la guerra, la muerte de un ser querido, una enfermedad imprevista, el encuentro con una sociedad dura y, a veces, poco humana, cuando no francamente inhumana… Nos aterra la ferocidad patológica del crimen, el abuso de que son víctimas los niños, los crímenes contra mujeres. Sabemos lo que es comenzar necesariamente de nuevo a vivir y a creer en la primavera, viendo el despuntar de las hojas de la higuera. A veces hemos reinventado el mundo como si se pudiese tocar luz a fuerza de futuro. Jesús no lo sabía todo. Estaba deslumbrado por el sol de Dios, que se filtraba en la calígine de los días amenazadores que se cernían sobre él. Decía a sus amigos el secreto guardado en la precariedad del presente. Aquí está el mensaje luminoso de las palabras apocalípticas de Jesús: hoy, aquí, a través de los éxitos y los fracasos de la vida, es necesario vivir la primavera de Dios. Siempre despuntarán las tímidas hojitas en la higuera en la historia. 

 

 

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