Dt. 6, 2-6; Sal. 17; Hb. 7,23-28; Mc. 12, 28-34.

Dt. 6, 2-6. ¡Escucha! … Este fragmento es la parte central de una plegaria que los hebreos recitan, hasta hoy, todos los días, (shemá). Es una página extraordinaria; aun siendo un texto legislativo es una de las páginas más bellas que hayan escrito sobre el amor a Dios. Pero el hebreo tenía espontáneamente tal sentido de la grandeza, de la potencia, de la inaccesibilidad de Dios que era necesario ayudarlo un poco a los fieles para acercarlos a ese amor.   

Sal. 17, (Leemos los vv. 2-4. 47-51). Este salmo se presenta como un himno que entona David, alabando y dando gracias a Dios por su protección cuando el enemigo lo atacaba, por las victorias que le concedió y por haber extendido su poder a someter algunos reyes vasallos (ISam. 18-29). Los temas están desarrollados con amplitud y con riqueza imaginativa.

  1. 2-4, es una apretada letanía de diez invocaciones referidas a Dios como refugio y fortaleza, es decir, como única seguridad. Los vv 47-51 son la conclusión del himno, subrayando la acción personal de Dios para con David; añade la acción de gracias, como acto de público reconocimiento.

David es el ungido o mesías, y como tal, es figura de Cristo. Por este camino puede ser transpuesto el salmo a un sentido cristiano; en la transposición las descripciones plásticas y vigorosas se espiritualizan con valor cristiano.

Hb. 7,23-28. Un único y verdadero sacerdote. Los destinatarios de Heb. experimentaban todavía una nostalgia del culto judío: un ejército de sacerdotes en el Templo y un cúmulo de sacrificios diarios garantizaban el culto debido a Dios. Igualmente multiplicaban los mandamientos; tenían la impresión de hacer mucho por Dios. El culto y la moral pueden ser un peligroso sustituto; la buena conciencia del deber cumplido puede hacernos olvidar que la salvación proviene sobre todo del sufrimiento y del amor de Dios. En la eucaristía este amor está presente entere nosotros, capaz de liberarnos a nosotros y al mundo. Por lo tanto, es Cristo nuestro único sacerdote; él es único que salva. Si la liturgia y la religión no son vividas con esta convicción, se reducen a un ritualismo y a un moralismo vacíos e ineficaces.

Mc. 12, 28-34. Un solo mandamiento. Mateo y Lucas hacen decir a Jesús que los mandamientos del amor (a Dios y al prójimo) no son más que dos aspectos una única actitud: vivir con y para los otros, en comunión con Dios. Marcos en el relato de hoy abre un horizonte no menos rico presentando el amor como el contenido esencial de la nueva alianza. Toda la vida, cuando está animada por el amor, se convierte en “culto”, es decir, en el lugar de la verdadera religión.

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Dios Es Amor. La Introducción de la Encíclica DEUS CARITAS EST, es una síntesis estupenda de la verdad de nuestra fe. Nos sirve muy bien para configurar nuestra homilía este domingo. Comparto contigo una parte de la Introducción donde, de hecho, cita la 1ª lectura y el pasaje de Mc., leído hoy.

  1. « Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él » (1 Jn 4, 16). Estas palabras de la Primera carta de Juan expresan con claridad meridiana el corazón de la fe cristiana: la imagen cristiana de Dios y también la consiguiente imagen del hombre y de su camino. Además, en este mismo versículo, Juan nos ofrece, por así decir, una formulación sintética de la existencia cristiana: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él».

Hemos creído en el amor de Dios: así puede expresar el cristiano la opción fundamental de su vida. No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. En su Evangelio, Juan había expresado este acontecimiento con las siguientes palabras: « «Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todos los que creen en él tengan vida eterna» (cf. 3, 16). La fe cristiana, poniendo el amor en el centro, ha asumido lo que era el núcleo de la fe de Israel, dándole al mismo tiempo una nueva profundidad y amplitud. En efecto, el israelita creyente reza cada día con las palabras del Libro del Deuteronomio que, como bien sabe, compendian el núcleo de su existencia: «Escucha, Israel: El Señor nuestro Dios es solamente uno. Amarás al Señor con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas» (6, 4-5). Jesús, haciendo de ambos un único precepto, ha unido este mandamiento del amor a Dios con el del amor al prójimo, contenido en el Libro del Levítico: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (19, 18; cf. Mc 12, 29- 31). Y, puesto que es Dios quien nos ha amado primero (cf. 1 Jn 4, 10), ahora el amor ya no es sólo un «mandamiento», sino la respuesta al don del amor, con el cual viene a nuestro encuentro.

En un mundo en el cual a veces se relaciona el nombre de Dios con la venganza o incluso con la obligación del odio y la violencia, éste es un mensaje de gran actualidad y con un significado muy concreto. Por eso, en mi primera Encíclica deseo hablar del amor, del cual Dios nos colma, y que nosotros debemos comunicar a los demás. Quedan así delineadas las dos grandes partes de esta Carta, íntimamente relacionadas entre sí. La primera tendrá un carácter más especulativo, puesto que en ella quisiera precisar —al comienzo de mi pontificado— algunos puntos esenciales sobre el amor que Dios, de manera misteriosa y gratuita, ofrece al hombre y, a la vez, la relación intrínseca de dicho amor con la realidad del amor humano. La segunda parte tendrá una índole más concreta, pues tratará de cómo cumplir de manera eclesial el mandamiento del amor al prójimo. El argumento es sumamente amplio; sin embargo, el propósito de la Encíclica no es ofrecer un tratado exhaustivo. Mi deseo es insistir sobre algunos elementos fundamentales, para suscitar en el mundo un renovado dinamismo de compromiso en la respuesta humana al amor divino”.

Un problema de lenguaje. El amor de Dios por nosotros es una cuestión fundamental para la vida y plantea preguntas decisivas sobre quién es Dios y quiénes somos nosotros. A este respecto, nos encontramos de entrada ante un problema de lenguaje. El término «amor» se ha convertido hoy en una de las palabras más utilizadas y también de las que más se abusa, a la cual damos acepciones totalmente diferentes. Aunque el tema de esta Encíclica se concentra en la cuestión de la comprensión y la praxis del amor en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia, no podemos hacer caso omiso del significado que tiene este vocablo en las diversas culturas y en el lenguaje actual.

El Amor lo es todo. La palabra más grande y por consecuencia la más densa, que una persona puede dirigir a otra, es decirle; «Te amo»”. La declaración puede ser aceptada o rechazada, pero tanto en un caso como en otro, tiene profundas repercusiones: porque el amor es una cosa muy seria, tan seria que le es connatural asumir una forma absoluta, total.

 

En la liturgia de hoy, este grito es lanzado ardientemente a la cara de Dios en el salmo responsorial: «Yo te amo, Señor tú eres mi fortaleza». En las lecturas de hoy, el tema del amor es considerado desde el hombre: como respuesta a la provocación irresistible de aquel Dios que es «amor», como dice San Juan.

 

La mayor fuerza recae sobre su carácter de totalidad: «Amaras con todo tu corazón…» ¿Por qué con todo? Porque el amor por su naturaleza no admite limites ni medidas. No se puede “amar un poco”. La medida del amor es amar sin medida, (San Bernardo); de esta manera se expresa la extrema seriedad del amor. Dios es amor y en alguna manera también el hombre es amor: porque solo en el amor su vida es rescatada del vacío, del naufragio. El amor mide la felicidad y el valor de una existencia. Por eso exige la totalidad del hombre en una consagración sin límites: toda la capacidad de comprender “(«Corazón»), todas las energías afectivas («El alma») y todo el dinamismo de la acción («Fuerzas, intensidad»). Se ama con todo lo que se es y con todo lo que se hace y con todo lo que se tiene. Cuando es así, el amor basta. Ama y has lo que quieras, decía San Agustín. Y sin el amor nada podemos hacer que tenga valor (ver. 1 Cor. 13)

 

Esto resulta todavía más evidente si se piensa en lo que es su primer objeto: «Amarás al Señor tu Dios». El “Señor” lo es todo, y la relación con él exige unirse a él completamente. La vida como totalidad, decía Edith Stein, lo cual es posible solo por el amor.

 

Para tener una relación adecuada con el hermano es necesario situarse en esa perspectiva, si se prescinde de la fe la relación que Dios quiere es imposible. Se puede creer por un momento que un “tú” humano dé a la vida todo su sentido, pero es una ilusión. En realidad, se multiplican las relaciones porque nadie logra agotar las secretas energías del corazón humano. Nadie puede apagar su sed. Solo Dios porque él ha plasmado nuestro corazón, lo ha hecho para sí y no encuentra la paz ni la plenitud si no se abandona en él. ¿No me bastará ese Dios que se basta a sí mismo?

 

El amor es totalidad, también en otro sentido: resume en sí toda la moral y la espiritualidad cristiana. Toda virtud no es más que un aspecto particular de la caridad. Si en las virtudes no está presente el amor, éstas se vuelven estériles e inocuas. La consagración, el servicio, la obediencia, la pobreza, la castidad no llegan a ser valores auténticos si no son formas del amor.

 

Quien reza: “. Que venga tu Reino”, puede decir igual, “que venga tu amor”. «El lugar que corresponde a la caridad es el primero y el más eminente en la escala de los valores cristianos» (Pablo VI. Ecclesiam Suam). Es necesario un esfuerzo convergente a todos los niveles – personal, eclesial, doctrinal y práctico -, para volver a poner la caridad en el centro. «En lo que a uno respecta, puede pedir cuanto ama; no más». (S. Catalina de Siena).

 

Es evidente que tal primado del amor no debe ser una teoría, sino una experiencia. Es decir, necesita traducirse en vida concreta. Para limitarnos a su Objeto primero, el Señor, he aquí algunas cosas en las que se expresa y de las cuales se nutre: sed de conocerlo, – deseo de su presencia cultivada siempre por la fe -; necesidad de la escucha y, por lo tanto, amor a su Palabra; asiduidad en el diálogo con él,  es decir, de la oración; adhesión constante a su voluntad, es decir, una urgente necesidad de imitarlo, caminando sobre sus huellas;  alegría de ofrecerle la vida haciéndolo la razón de la existencia; en fin, el pesar de no haberlo amado antes: «tarde te he conocido, oh belleza siempre antigua y siempre nueva, tarde te he amado» (S. Agustín). Tal ha sido, con sus variantes personales, la tónica de la vida de los santos.

 

La eucaristía que celebramos hoy domingo hace presente el más grande   acto de amor de la historia: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Y ustedes son mis amigos si hacen lo que les mando». Y Cristo da su vida por nosotros. Esto requiere una respuesta: será limitada por que somos débiles, pero al menos que nos atrape de tal modo que comprometa, de veras, todo nuestro ser y toda nuestra vida.

 

Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik.

El escriba conoce muy bien la ley y los mandamientos y se siente autorizado para interrogar a Jesús y para evaluar su respuesta. Jesús, al ver su competencia, le dice: «no estás lejos del Reino de Dios». Este «no estás lejos» indica la distancia entre el saber y el vivir. La fe es, sobre todo, una cuestión de relación con Dios, y más aún, de amor a Dios. Un engaño muy fácil es el de pensar en Dios, saber cuál es la relación apropiada con Dios y hacernos falsas ilusiones de que esto es suficiente, de que esto ya constituye la relación con Dios. En cambio, queda todavía ese «no estás lejos». Esta distancia es superada por Dios mismo que, precisamente en su Hijo hecho hombre, nos alcanza con su amor y nos transfigura en sus hijos. En Cristo, el saber y el conocer se hacen vida, estilo de vida.

 

Meditación.

«Mis deseos me hacen sufrir un verdadero martirio durante la oración. Abro las cartas de San Pablo buscando una respuesta. Los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los Corintios se abren ante mis ojos… Leo, en el primero, que todos no pueden ser apóstoles, profetas, doctores, etc., que la Iglesia se compone de diferentes miembros y que el ojo no puede ser al mismo tiempo la mano… La respuesta era clara, pero no colmaba mis deseos y no me daba la paz… como Magdalena, siempre inclinada junto a la tumba vacía, terminó por encontrar lo que buscaba, así, descendiendo hasta las profundidades de mi nada, llegué tan alto que puede alcanzar mi objetivo…

 

Sin desanimarme, continué mi lectura y esta frase me consoló: “buscad con ardor los DONES MÁS PERFECTOS; pero ahora voy a mostraros un camino más excelente” (1Co 12, 31). Y explica el Apóstol cómo los dones más PERFECTOS no son nada sin el AMOR… Que la caridad es el CAMINO EXCELENTE para ir con seguridad a Dios.

 

Había encontrado por fin el descanso… Pensando en el cuerpo místico de la Iglesia, no me reconocí en ninguno de los miembros descritos por San Pablo, o, mejor dicho, quería reconocerme en todos… La caridad me dio la clave de mi vocación. Comprendí que la Iglesia tenía un cuerpo, compuesto por diferentes miembros; el más necesario, el más noble de todos no podía faltarle; comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que este corazón estaba ARDIENDO de AMOR.

 

Comprendí que sólo el amor hace obrar a los miembros de la Iglesia, que si el amor se apagase, los apóstoles no predicarían el Evangelio, los mártires rehusarían derramar su sangre… ¡Comprendí que EL AMOR ENCIERRA TODAS LAS VOCACIONES, QUE EL AMOR LO ES TODO, QUE ABARCA TODOS LOS TIEMPOS Y LUGARES… EN UNA PALABRA, QUE ES ETERNO!…

 

Entonces en un exceso de alegría delirante, me dije: ¡Oh, Jesús, Amor mío… he encontrado por fin mi vocación, MI VOCACIÓN ES EL AMOR!… ¡Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia y este puesto, ¡oh, Dios mío!, me lo habéis dado vos.. en el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor… así lo seré todo… así se realizará mi sueño!…» (Sta. Teresa de Lisieux. Historia de un alma. mm. B.)

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