Is 50,5-9; Sal 114; Sant 2,14-18; Mc 8,27-35

 

Is 50,5-9 – La vía de la no violencia El profeta, perseguido por sus compatriotas, confía su defensa a Dios mismo porque, precisamente es por él por quien está sufriendo la persecución, el aislamiento y la amenaza. Lo mismo sucederá con Jesús, que recibe las injurias para que el corazón del hombre se purifique del odio. El amor debe seguir la lógica de la cruz: morir a causa del odio de otros, a fin de que los otros vivan por nuestro amor. Esta lógica tendrá su expresión más alta en el Crucificado.

 

Sal 114 – Cántico de acción de gracias – Comienza con un enunciado genérico, no referido al pasado. Dice en un presente duradero la experiencia ya asimilada del salmista: “Amo al Señor porque escucha mi voz suplicante” (v.1-2). En los versos 3-6 narra la experiencia de la liberación: una enfermedad grave que hace sentir la presencia ineludible de la muerte, y hunde al hombre en la angustia. En esta situación invoca al Señor, y el Señor lo escucha. En el momento presente, en el acto de «recordar», la bondad de Dios adquiere un carácter de constante: por eso el tono del enunciado genérico en adjetivos y participios: “estando yo sin fuerzas me salvó”. En el verso 7 vemos la experiencia de la liberación como fuente de confianza para el hombre. El v. 8 resume la liberación, y el versito 9 concluye con un propósito esperanzado. «Caminar en la presencia del Señor» es el proceder del hombre, el que Dios le exigió a Abraham. «En el país de la vida» – liberado del reino de los muertos-, el israelita puede convivir con su Dios, el Dios la alianza; en la tierra prometida, que es tierra de Dios y de vida. La plenitud de sentido de este salmo está en la Cruz de Jesús.

 

Sant 2,14-18 – La fe sin obras está muerta – ¿Contradice, Santiago, a san Pablo? (ver Gal 3 y Rom.4). Para Pablo las obras de la ley no nos dan ningún derecho sobre Dios. El amor de Dios por nosotros es absolutamente gratuito: es Dios quien nos ha amado primero, cuando nosotros no lo amábamos. Todo lo que podemos hacer es creer en este amor. Pero Santiago no dice lo contrario. Simplemente pone en claro (como por lo demás, lo hace Pablo) que una fe verdadera se reconoce por sus frutos, por una caridad atenta sobre todo a los pobres, a los afligidos, a los pequeños. Una fe triunfalista, evasiva, que ofrece fáciles consuelos y peligrosas seguridades, pero que nos deja vivir tranquilamente nuestro egoísmo, es una fe sin obras. Es una fe muerta.

 

Mc 8,27-35 – El camino de la cruz – La oposición de los fariseos crece, los herodianos arman un compló para matar a Jesús. El bautista ha sido decapitado. Jesús predice que seguirá la misma suerte dolorosa de los profetas. Pero, para Pedro y los apóstoles, este discurso es inaceptable (como lo fue el discurso del Pan de Vida). Su dificultad es también la nuestra, cada vez que la Cruz, de un simple adorno, se convierte en una desconcertante realidad de nuestra vida; siempre prontos a reafirmar en abstracto nuestra fe, pero después, siempre reticentes a reconocer que también la inseguridad y el reto son reveladores del proyecto salvífico de Dios.

 

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Nuestro tema:

El tema de este domingo viene trazado por la aclamación antes del evangelio: “No permita Dios que yo me gloríe en algo que no sea la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6,4). Este es el tema de nuestra reflexión dominical: el Logos de la cruz. ¡Por cuántos caminos busca el hombre su salvación! Las experiencias religiosas triunfalistas, evasivas, seudoliberadoras; las ideologías, la política, la economía, la tecnología, las psicologías y las sociologías, en fin, por mil caminos el hombre busca su salvación. Hoy nos dice Jesús que la cruz es el único camino de salvación. La cruz, tema redescubierto en s. XX, es el principio estructurante e interpretativo de la teología cristiana. J. Moltmann, en su Teología de la Esperanza, lo ha dejado claro.

 

Comienzo, ahora, con la sección del P. Marko Iván Rupnik:

UN MINUTO CON EL EVANGELIO.

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Pedro responde: Tú eres el Cristo, el Ungido, es decir, el Mesías. Y por sorpresa, Cristo exhorta a los apóstoles que no lo difundan. Y ésta es la palabra que usa sólo contra los espíritus inmundos. Esto significa que, tras la idea de «Mesías» que la gente se ha hecho y que Pedro ha confesado, hay algo tan inaceptable que Cristo lo considera engañoso como una obra del espíritu inmundo. Éste es el espíritu que contamina la relación con Dios hasta falsearla del todo, y que pervierte las relaciones humanas creando brechas de separación. De hecho, la idea del Mesías se pinta con demasiada imaginación humana, está fuertemente marcada por el nacionalismo judí, por un triunfalismo engañoso. Un Mesías fuerte, dominador, que confirma al pueblo judío no puede liberar al hombre porque haría esclavos a los otros pueblos. Cristo es el Mesías del amor universal del Padre, que no se realizará según la mentalidad de los hombres, ni aprobará a los distintos grupos de poder, sino que se llevará a cabo mediante el sacrificio de sí mismo. Por eso, Cristo anuncia en seguida su camino pascual.

 

  1. En el oficio de lectura, comenzamos a leer este domingo, y ¡durante dos semanas!, el sermón de nuestro padre Agustín sobre los Pastores. Lectura obligada y motivo de meditación seria. A propósito de la misericordia, del amoris officium según la expresión del Santo.

 

Y, ustedes, ¿quién dicen que soy yo?.

  1. L. Martín Descalzo escribió un pequeño librito llamado “Jesús de Nazareth”, y comienza, precisamente, con estas palabras: “Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?”. “Hace dos mil años, un hombre formuló esta pregunta a un grupo de amigos. Y la historia aún no ha terminado de responderla. Era simplemente un pescador que hablaba con un grupo de aldeanos. Nada hacía sospechar que se tratase de alguien importante. Vestía pobremente. Él y los que lo rodeaban eran gente sin cultura… La tarde de un viernes, cuando la pesada loza de un sepulcro prestado se cerró sobre su cuerpo, nadie hubiera dado un centavo por su memoria, nadie hubiera podido pensar que su recuerdo perduraría en algún sitio, fuera del corazón de aquella pobre mujer – su madre – que se hundía en la tiniebla de la noche y de la soledad… Y, sin embargo, veinte siglos después, la historia sigue girando en torno a la memoria de este hombre”. La pregunta que decide nuestra vida llega, ahora, a nosotros, en la liturgia dominical: Y, ustedes, ¿quién dicen que soy yo?

 

Nota exegética.

Pero vayamos por partes. Iniciamos la lectura de la segunda parte de Mc; la perícopa que leemos hoy es el parteaguas del relato de Mc. Se inicia con una perícopa sobre los discípulos. El tema del seguimiento toma un perfil nuevo dados los tres anuncios de la Pasión, que estructuran la sección que va de 8,27 a 10,52; sería muy oportuno leerla repetidamente para tener el contexto de los fragmentos que leeremos los domingos siguientes. El discipulado no es solamente una genérica comunidad de camino con Jesús (3,13), ni una participación en su misión (1,18), más bien es, concretamente, cargar la cruz y seguir a Jesús, es decir, una concreta situación de vida: la negación de sí (8,34), la humillación de sí (9,33-35) y la renuncia a los puestos de honor (10,35-40). A diferencia de la primera parte, ahora las escenas donde aparece gran cantidad de pueblo pasan, casi completamente, a segundo plano. Las pocas perícopas que presuponen una mayor cantidad de oyentes, terminan con una enseñanza en privado a los discípulos.  También los relatos de milagros están estructurados según el mismo modelo.

 

En lo que respecta a la enseñanza de Jesús, llama la atención el rol prominente de la cristología respecto a la predicación tradicional sobre el Reino de Dios. Jesús se esfuerza por introducir a sus fieles acompañantes en el secreto mesiánico que en la pasión se hará evidente para todos (Mc. 7). La densidad cristológica y de la teología de la Pasión en Mc., han de ser vistas en la más estrecha conexión con la consecuente exigencia de conversión y de fe (1,15). La llamada al seguimiento de la cruz es la respuesta concreta a la incredulidad y al rechazo de parte de amplios grupos de la población. Jerusalén, como meta del caminar de Jesús es un factor determinante para enmarcar cada una de las perícopas que vamos a leer. (J. Ernst: El evangelio según san Marcos).

 

El benedictino alemán Anselm Grün ha escrito un pequeño “comentario” sobre el evangelio de Marcos; se trata de reflexiones hechas por este pródigo escritor que desde su abadía se comunica con el mundo exterior. De él son estas palabras: “en la segunda parte de Mc. Jesús va hacia Jerusalén. Ya no es el sanador que realiza hechos portentosos, sino el Maestro que enseña a los discípulos. Les enseña su propio destino y el misterio de su persona, pero también les enseña a seguirle en su camino. Toda esta parte está ordenada en torno a tres anuncios de su Pasión y resurrección. En una de estas tres predicciones Jesús aborda el misterio de su persona, y en las otras, la correcta comprensión de la existencia cristiana”.

 

El mesianismo de Jesús pasa por la cruz.

Marcos liga el primer anuncio de la Pasión con la declaración del Mesías de Pedro (8,27-30). Quiere mostrar a través de ello cómo debemos entender el mesianismo de Jesús. Jesús, al que Dios ha enviado para hablar de su poder absoluto y para liberar a los hombres del poder de los demonios, cae ahora en las manos del mal y será destrozado por los poderes del mal. Pero exactamente en ese momento vence al mal en su raíz. Con los tres anuncios de la Pasión, Marcos muestra cómo entiende, él, la enseñanza de Jesús sobre su poder absoluto: ese poder se pierde en la debilidad, pero se evidencia como poder absoluto. Jesús tiene que sufrir mucho (8,31). Esto también se podría leer en relación con Is 53,4. Él tiene que soportarlo todo, pues la voluntad de Dios es que cumpla su destino en representación de la humanidad y que la salve. Entonces Marcos relata qué grupos son responsables de la muerte de Jesús. Es condenado “por los ancianos, por los sumos sacerdotes y por los escribas” (8,31). Los ancianos son los representantes de la aristocracia laica. Los sumos sacerdotes representan a todo el sacerdocio judío. (y también el nuestro). Y los escribas son los sabios judíos. Los fariseos no son nombrados aquí. Sin embargo, ellos aparecen a menudo en el conflicto como enemigos de Jesús. Pero no son enemigos que quieran destruir a Jesús. Él es condenado por estos tres grupos. Esto estaría relacionado también con el canto del siervo de Dios en Is 53,3. El hecho de que Jesús tenga que sufrir mucho expresa la intención salvadora de Dios. El que sea menospreciado describe el destino que le preparan los hombres. Jesús consuma el anhelo del pueblo judío de que “el siervo de Dios soportara nuestros sufrimientos, cargara nuestros dolores y con sus llagas nos curara” (cf. Is 53,1-12)”.

 

En efecto, la I Lectura es uno de los Cantos del Siervo de Yahvé, de tal manera que el acento de la liturgia de este domingo cae sobre la necesidad de un conocimiento lo más exacto posible de la persona de Jesús y de su misión. Pedro lo ha confesado como “el Mesías”. Una confesión buena pero profundamente insatisfactoria. ¿Qué clase de Mesías? ¿Cómo habrá de realizar este hombre su pretendido mesianismo? Lo inadecuado de la profesión de Pedro queda de manifiesto luego que Jesús les revela el paradójico camino por el que él habrá de realizar su mesianismo: “Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del Hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitar al tercer día”. Pedro rechaza ese camino. Su confesión del mesianismo de Jesús es equivocada. Y trata de apartar a Jesús de ese camino. Por ello es llamado Satanás, en cuanto trata de apartar a Jesús del camino que el Padre le ha trazado. Lo demoníaco de toda tentación, también para nosotros, está en el hecho de que alguien intenta apartarnos de lo que Dios quiere. De esta manera se comprende que el tema de este domingo es el seguimiento de Jesús por el camino de la cruz. Pablo VI denunciaba que, hoy, queremos un cristianismo sin cruz; y esto no es posible; los cristianos somos discípulos de un condenado a muerte.

 

El seguimiento o discipulado.

Por eso el siguiente paso de nuestra perícopa es el trazo del camino del seguimiento de Jesús. “después llamó a la multitud y a sus discípulos y les dijo: el que quiera venir conmigo que renuncie a sí mismo que cargue con su cruz y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá. Pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará. La práctica de Jesús constituye la inspiración de la praxis cristiana. El camino del seguimiento de Jesús ha quedado perfectamente trazado. Si Jesús ha seguido ese camino, sus discípulos no pueden pretender algo diferente.

 

Aquí, única parte en el N. T., el evangelio es equiparado a Jesús: “El que pierda su vida por mí y por el evangelio”. El evangelio deja de ser una ideología, un libro, una idea romántica, y se convierte en exigencia profunda de vida, de un seguimiento radical a Jesús tal como lo expresa san Pablo en Gál 6,14; o bien, en la teología de la cruz que traza Pablo en los dos primeros capítulos de 1 Cor.

 

Así pues, lo que está en juego es la persona misma de Jesús, su mesianismo y el camino por el cual habrá de realizar su mesianismo; esto ha de quedar claro en la mente de los discípulos de entonces y de ahora, porque el camino del discípulo no es otro que él de Jesús.

 

También a nosotros hoy, este domingo nos es dirigida la misma pregunta: “y, ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?” ¿Cuál será nuestra respuesta? De cualquier forma, nuestra respuesta tiene que ser una respuesta que se da a partir de la vida. Jesús traza para el discípulo de todos los tiempos, por lo tanto, también para nosotros el camino del seguimiento, camino de renuncia al egoísmo, al auto afianzamiento; de renuncia a las falsas seguridades, renuncia a intentar tener en nosotros mismos, o en otros puntos, el centro de gravedad y principio de realización. Negarse a sí mismo es reconocer que solamente aceptando a Jesús, su propuesta, su persona, su vida, podremos ser plenamente libres, plenamente nosotros. Estamos llamados a reconocer que no existe nada que esté por encima del evangelio de Jesús. Y esto tenemos que decirlo con nuestra propia vida. “Por encima de Cristo nada”. (S. Benito Abad).

 

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