Is 55, 10-11; Sal 64; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23

 

Nuestra respuesta a la loca generosidad de Dios debería consistir en aferrarse sin ninguna duda a la palabra escuchada para dejarnos, a nuestra vez, atrapar por ella comprometiéndonos en el camino de la obediencia y del celo misionero a su servicio.  ¿No será esto, precisamente, lo que Jesús llama «comprender» las parábolas?

 

Is 55, 10-11.- Palabra poderosa – La palabra es mágica, posee una potencia sorprendente que mueve a los hombres  a lo mejor o a lo peor. La palabra empeñada compromete el futuro; acoger la palabra significa introducir algo nuevo en las relaciones con los otros; los discursos políticos definen nuevas relaciones entre los pueblos.  La palabra de Dios, que ha creado al mundo y ha salvado al hombre, ¿será menos fecunda dentro de nosotros?

 

Sal 64.- Himno a Dios por su misericordia en el templo, por su poder creador, por sus dones de los campos.  Los vv. que leemos son 10-14. Las grandes obras de la naturaleza y la historia son “signos” de Dios para quien sabe contemplar. Entre dichos signos se podría colocar el gobierno pacífico y rítmico del ciclo agrícola. La tierra se abre para recibir la lluvia como bendición de Dios: así, Dios aparece como protagonista de esta actividad sencilla y prodigiosa. La bendición de Dios se traduce en abundancia, y la misma tierra parece sentir el gozo del don divino, y se une al canto de alabanza: “las colinas se orlan de alegría, las mieses aclaman y cantan”.

 

Rom 8, 18-23.-  El universo liberado – Ante la realidad espeluznante del calentamiento global, este texto tiene mucho que decir. Los ambientalistas podrían sacar de él innumerables motivos en su lucha para preservar el planeta.  Ignoramos a dónde va el mundo. ¿Cómo no estar angustiados ante los sufrimientos y la incertidumbre del tiempo presente? Sin embargo, aún en los casos más graves el cristiano  no pierde la esperanza: percibe en todo sufrimiento, no los espasmos de la agonía sino del renacimiento y la resurrección. Nosotros no sabemos a dónde va el mundo, pero en la fe estamos ciertos que no puede escapar de las manos de Dios.  El amor de Dios no podrá renunciar a liberarlo, a transformarlo; la última palabra es la de Dios.

 

Mt 13, 1-23.- El sembrador de la palabra – Según las costumbres agrícolas del antiguo oriente, se sembraba antes de arar la tierra quitando del campo, eso sí, las piedras y los espinos. Jesús siembra en los lugares menos imaginados. Unos siembran en el campo, otros cosecharán, pero más tarde. Una cosa es cierta: todo lo que será recogido derivará de la virtud de la semilla, a cuya naturaleza pertenece la fecundidad.  El dinamismo de la palabra de Dios lleva la promesa del Reino, de la misma manera que la simiente lleva, ya, en potencia, la cosecha. Como los sabios de la antigüedad, Jesús propone un enigma: ¿qué hace producir el ciento por uno?, ¿qué es aquello que tiene un principio modesto y un final abundante?, ¿quién hace que el terreno sea fértil? Hay una única respuesta: Jesús que es al mismo tiempo sembrador y semilla.

 

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Por tres domingos vamos a leer Mt. 13, El Discurso de las Parábolas. Se trata de una demasía; resulta imposible encerrar en tres lecturas dominicales uno de los discursos más hermosos y profundos del N.T. A mi juicio, bastaría con  leer sólo  una parábola  cada uno de los tres domingos,  (XV-XVII), si bien el valor tal vez resida en  leer para el pueblo, completo, el texto de las parábolas según Mateo.

 

En realidad, las parábolas constituyen una roca firme, quizá la más primitiva, y un filón inagotable de la enseñanza de Jesús. Tal vez como ninguna otra sección de los evangelios, las parábolas revelan el alma de Jesús, sus emociones, su situación, su oculta alegría, como en el Himno de Júbilo, leído el domingo pasado; y la revelación del Reino. No olvidemos que son las parábolas del “Reino”. Las parábolas que nos hablan de la siembra del Reino, de su difícil crecimiento, del riesgo de toda siembra; y nos hablan también de la cosecha final, de las antítesis del Reino, (su siembra humilde y su final glorioso: el grano de mostaza), del hallazgo del Reino, de la misericordia de Dios, de la nueva justicia basada en el  amor y comprensión, como el padre del hijo pródigo, de la ruptura con el pueblo de Israel, de la cosecha escatológica, de la venida de Jesús. Se trata, pues, de un auténtico tesoro de la enseñanza de Jesús. Tal vez estemos, como dicen los especialistas, ante la ipsissima Verba Jesu.

 

«La imagen» (literaria), es como el punto de apoyo y la pista de lanzamiento de su inteligencia. Es también un símbolo que hay que «descifrar». En la imagen puede verse ya como en un grado variable, «la clave» que nos lleva a una comprensión que ya habíamos vislumbrado. La acción de sembrar es una imagen que todos conocemos, máxime, en tiempos de Jesús; pero también es un símbolo. Ahora nosotros tenemos que encontrar la clave, el password, para entenderlo mejor. Esta es la dinámica de acercamiento a las parábolas. Si no encontramos esa clave, no entendemos la parábola. Toda parábola tiene su password. Por ejemplo, ¿cuál es la clave de la parábola del sembrador o de la cizaña que aparece en el campo de trigo o la parábola de la levadura? Es necesario, pues, ver la imagen, ver el símbolo y ver la clave de interpretación.  

 

¿Por qué a ellos les hablas en parábolas……?

La respuesta de Jesús no deja lugar a dudas: hay quienes están adentro y hay quienes se quedan fuera. El que tenga oídos para oír, que oiga. Esto quiere decir, al que le interese, que ponga todo lo que está de su parte, que haga un verdadero esfuerzo, que demuestre su interés, ese es el que está dentro. Al que no le interesa, el indiferente, por las más diversas razones, ese queda fuera. Las parábolas no admiten mentes perezosas.

 

Esto no es nuevo: El A.T. atestigua esta idea. De hecho, Mateo cita a Is 6,9-10 para expresarlo: Oiréis y no entenderéis, miraréis y no veréis. Porque se ha endurecido el corazón de este pueblo, y sus oídos oyen torpemente, y han cerrado sus ojos, para no ver con los ojos ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse, ni que yo los salve. Y lo curioso es que a ese pueblo, con esas características, es a quién el Señor envía su profeta. Esas palabras forman parte de la vocación de Isaías.

 

Pero el texto de Mateo parece apegarse más al texto de Dn 2, 28: hay un Dios en el cielo que revela los misterios.  Por eso Jesús les dice: a ustedes se les ha concedido conocer el Reino de los cielos; pero ellos no.  Esto no deja de ser extremadamente misterioso; pero la parábola ya nos dice que hay distintas tierras que van, unas de la infertilidad total, hasta la tierra pródiga, abundante y generosa. Jesús, tras su fracaso en la predicación abierta, y esto se ve más claro en Marcos, se va concentrando, cada vez más, en una enseñanza privada a sus discípulos.  Dedicará más tiempo a ello. ¿Por qué Jesús habla en parábolas? Para que oyendo no entiendan por su corazón endurecido. En cambio, ¡dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! En verdad os digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, oír lo que vosotros oís y no lo oyeron. Por eso, es tan llamativo ver a Jesús que en privado explica estas cosas a los suyos. (En realidad Jesús no explica las parábolas; esto es un trabajo redaccional  posterior de las comunidades primitivas. Jesús termina con: el que tenga oídos par oír que oiga.

 

Nosotros, ¿seremos de los de adentro, de esos que Jesús llama dichosos, o seremos de los de afuera, de aquellos que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen, corazón y no entienden?

 

El Sembrador.

El esquema es fijo. En primer lugar, la parábola como tal que termina con las palabras severas de Jesús: el que tenga oídos para oír, que oiga; enseguida viene el por qué Jesús utiliza las parábolas. Ya lo hemos dicho más arriba. Y en tercer lugar la explicación de la parábola. Fijémonos que la parábola es pariente   del enigma. La mente tiene que estar atenta, ágil, porque el Reino de los Cielos se parece a…

 

Conforme a lo dicho, debemos preguntarnos: ¿cuál es el password de esta parábola? ¿Cuál es la clave? ¿Cuál es, por tanto, su enseñanza? Tenemos el símbolo del sembrador, y lo primero que llama la atención es que Jesús haya querido simbolizar en la frágil, eventual y amenazada acción de sembrar, su trabajo evangelizador. Jesús sabe pues, que, como en toda siembra, nunca tendremos una cosecha plena, hay demasiados riesgos. Hay pérdidas, a veces totales. Aquí se mencionan solo algunos: tierras duras como el camino, superficiales como los terrenos pedregosos, tierras ahogadas, empalagadas de espinos y, por fin, hay también tierra buena que da fruto.

 

Pero, ¿dónde está la clave para esta interpretación?, yo no quisiera decirlo. Pero tomemos la opción de lectura que hace la liturgia. La semilla que siembra el sembrador es la palabra del Reino. La semilla es la palabra de Dios y, ésta, es una palabra eficaz, que no se frustra, que no se malogra, sino que realiza la voluntad de Dios. “Como bajan del cielo la lluvia y la nieve y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar,… así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí sin resultado, sino que hará mi voluntad y cumplirá su misión (Is. 55, 10-11; ver salmo responsorial.64).

 

Jesús se llena de una inmensa alegría porque sabe, conoce, o si se quiere, en sus fracasos, ha reconocido la política del Reino que no es otra cosa más que la acción de Dios actuando en la debilidad humana. Esa palabra por lo tanto tiene su virtualidad independientemente de nuestros aciertos y desaciertos, de nuestra mediocridad y cobardía, independientemente de todos los fracasos tal como pudiera pensarse que acontece en nuestro mundo, hoy. Entonces a mi muy particular juicio la clave para esta parábola, teniendo en cuenta todos los particulares, es la fe en esa Palabra poderosa y eficaz que es como una semilla que dará fruto. El sembrador tira la semilla en la tierra y la semilla, por sí sola, si que el sembrador sepa cómo, irá dando su fruto: primero los brotes, luego las ramas y después las espigas y el fruto.

 

Oigamos a Mons. Cerfeaux: “Los fracasos aparentes de Jesús no habían hecho mella alguna en su inquebrantable confianza en Dios: se explicaban por la revelación del misterio del Reino, que es poder de Dios actuando en la debilidad.

 

Los discípulos de Jesús, los Doce sobre todo, no olvidarían la lección. A través de sus fracasos y persecuciones, cumplirán su quehacer, sembrarán, plantarán la Iglesia. Después de ellos, la misma ley se verifica con los cristianos, encargados de ministerios o simples fieles, esa ley misteriosa que regula, desde la siembra, el progreso de la cosecha. Dios quiere depender de los terrenos que él ha creado. Su segunda creación no renueva de arriba abajo la primera, su gracia actúa sobre un primer fondo deteriorado por el pecado. Dentro de esa perspectiva, Dios pide y acepta nuestra colaboración, y nos invita a ser tierra buena, húmeda y cálida, que descascarilla la semilla y la hinche de su propia substancia de manera que tierra y semilla forman una sola cosa.

 

Oigamos a san Agustín, al obispo, al gran teólogo y escriturista, explicar y aplicar la parábola a sus sacerdotes y a sus fieles: «Cambiad de conducta mientras se puede, dad vuelta a las partes duras con la reja del arado, echad fuera del campo las piedras, arrancad las espinas. No tengáis el corazón duro, que aniquila inmediatamente la palabra de Dios. No tengáis una capa ligera de tierra, donde la caridad no puede arraigar profundamente. No permitáis que las preocupaciones y deseos del siglo ahoguen la buena semilla, haciendo inútiles nuestros trabajos con vosotros. Todo lo contrario, sed la tierra buena… Y el uno produce el ciento, el otro el sesenta y un tercero el treinta por uno, con frutos más o menos grandes en cada cual. Y todos harán el granero.»

 

Aquí radica nuestro consuelo y nuestro gozo. El granero de Dios es espacioso, y su gracia es, indudablemente, más generosa que todo lo que nosotros podemos imaginarnos. Tiene recursos y sabe usar estratagemas que inventa su misericordia en cada minuto, hasta el final de cualquier vida humana, para que crezcan sin medida la misericordia de Dios y nuestra confianza”.

 

 

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Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

La semilla cae en el camino, en lugar pedregoso, sobre espinos, y cae sobre tierra buena. ¿Qué pasa con la semilla? Depende, pues, del terreno sobre el cual cae. De nuevo el Señor nos pone ante el arte de acoger, de aceptar su Palabra. Acoger su palabra no significa un fácil entusiasmo, sino que, a imagen de la Virgen de Nazaret, quiere decir acogerla con una simpatía de fondo, con una apertura total y llevarla con amor y cuidado. Acoger la palabra quiere decir llevarla en el corazón y comenzar un diálogo con ella. Para esto siembra Dios la palabra en nosotros. A medida que hablemos con la Palabra de Dios, crece en nosotros nuestra vida según ella. La semilla que crece es nuestra vida entretejida, fortalecida y vivificada por la Palabra de Dios. Los frutos de la palabra dependen, pues, del amor con el cual la acogemos y la llevamos.

Excursus.

Curiosidad bibliográfica.

Existen tres obras que han marcado la exégesis de las parábolas de Jesús. La primera fue de Adolf Jülicher (1888. 2ª. Ed. 1899). El mérito de esta obra es haber superado el alegorismo heredado de los Santos Padres. Otra obra, ésta de carácter decisivo, pertenece a C.H. Dodd. Es el resultado de unas lecciones que explicó este exegeta inglés en la Facultad de Teología de la Universidad de Yale, en ¡1935! (la última edición en castellano es de 1974). Y por último la obra maestra, y que podemos llamar definitiva sobre las parábolas, es: Las Parábolas de Jesús, escrita por Joaquín Jeremías en ¡1947!, y conserva todo su valor y no sabemos si un día va a ser superada.

 

Después de estos autores,  comentar  las parábolas es tanto como escribir una sinfonía después de Beethoven. Con todo, hay buenos comentarios; y conservo, desde hace mucho tiempo, un hermoso comentario de las parábolas, breve y sistemático, de Mons. Lucien Cerfeaux, viejo biblista, héroe de mil batallas,  jesuita y especialista en S. Pablo. Con el texto de Mons. Cerfeaux, como base, he dado varias tandas de ejercicios.

 

Naturaleza de las parábolas.

Dodd ha escrito acertadamente, hablando del realismo de las parábolas que, «esto se debe a la convicción de que no hay una mera analogía, sino una afinidad interna entre el orden natural y el espiritual, o dicho en términos de las mismas parábolas: el Reino es intrínsecamente semejante a los procesos de la naturaleza y de la vida diaria de los hombres. Por tanto, Jesús no sintió la necesidad de ejemplos artificiosos para ilustrar las verdades que deseaba enseñar. Los encontró ya preparados por el hacedor del hombre y la naturaleza. La vida, incluida la vida religiosa, forma parte de la naturaleza, como se afirma claramente en el conocido pasaje que comienza: “fíjense en las aves del cielo….” (Mt. 6,26-30)».

 

Jeremías dice al respecto: “Quien estudia las parábolas de Jesús, tal como nos lo han sido transmitido por los tres primeros evangelios,  trabajo sobre un fundamento histórico especialmente sólido; las parábolas son un fragmento de las rocas primitivo de la tradición. Se admite generalmente que las imágenes se graban en la memoria, más fijamente que los temas abstractos. Y, en lo que se refiere a las parábolas de Jesús, conviene añadir que reflejan fielmente y con claridad especial «su Buena Nueva», el carácter escatológico de su predicación, la seriedad de su llamada a la conversión, su oposición al fariseísmo.

 

Añade este autor otro dato muy importante: “En el fondo se trata de un conocimiento muy sencillo, de gran alcance. Las parábolas las puede entender un niño. No son obras de arte, al menos en primera intención; no quieren tampoco inculcar principios generales («no se crucificaría a un maestro que cuenta historias amenas para corroborar una moralidad prudente» C.W. F. Smith), sino que cada una de ellas fue pronunciada en una situación concreta en la vida de Jesús, en una circunstancia única, a menudo imprevistas. Además, se trata, preferentemente de situaciones de lucha, se trata también de justificación, de ataque, de defensa, incluso de desafío. Las parábolas son armas de combate. Cada una de ellas exige una respuesta al instante”.

 

La imagen. La parábola está en la línea de la imagen, de la imagen literaria; estamos ante una metáfora prolongada, la alquimia de la metáfora, (L. A. Schoekel). Los griegos la definían en su retórica como la yuxtaposición, a un pensamiento menos accesible, de una analogía bastante concreta para clarificar la idea abstracta. Las ideas abstractas son difíciles de retener y entonces hay que ayudarnos de imágenes, de comparaciones, de analogías para hacer accesible la idea. Es lo que hacemos generalmente cuando nuestra audiencia se está durmiendo (cosa muy frecuente), durante la homilía, y recurrimos a una imagen, a una anécdota concreta para enganchar de nuevo con la audiencia.

 

En su De Poética Hebrea, el Padre Luis Alonso S., al iniciar el capítulo VIII, Imágenes, dice: “llegamos al capítulo más importante y más difícil: la imagen. Gloria, quizá sustancia de la poesía, planeta encantado de la fantasía, galaxia inagotable y viva y cambiante. Y lo que nunca debe hacerse es intentar deshacer el lenguaje simbólico, figurado, para traducirlo en un lenguaje realista, agorado, cerrado. El símbolo está siempre abierto”. En ese reino literario vive la parábola.

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