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Zac 9,9-10; Sal 144; Rom 8,9.11-13; Mt 11,25-30

 

Les aseguro que si no

se convierten y se

hacen como niños, no

entrarán en el Reino

de los cielos. Mt.18,2

 

Con la mirada renovada por la oración, Jesús contempla la paradoja de una salvación escondida a los “sabios según el mundo”, a los inteligentes y engreídos, y revelada a los pobres, a los humildes, a los pecadores. Se trata de una extensión de la bienaventuranza reservada a los pobres, a los humildes.  

 

Zac 9,9-10.- Visión de paz – Carros y caballos habían sido los instrumentos del avance imperialista de los asirios; después los ejércitos de Alejandro que habían invadido Palestina. Los hebreos no han de imitar a sus invasores; han de tomar la revancha con una paz conquistada no mediante las armas, sino a través de la justicia; los mejores artífices de tal justicia fueron los pequeños, los humildes, los pobres, los más idóneos para confiar en Dios. Su mesías no se rodeará de las pompas de un rey oriental; el día de las palmas entrará en su ciudad montado en un `humilde` burrito.

 

Sal 144. – La misericordia, el amor, la fidelidad de Dios, su compasión y su ternura, es lo que canta el salmo de este domingo: Te ensalzaré Dios mío, mi Rey, /Bendeciré tu nombre por siempre jamás. La razón para esta alabanza gozosa son las maravillas que Dios ha hecho, pero también, y, sobre todo: Porque el Señor es clemente y misericordioso/ lento a la cólera y rico en piedad/es bueno con todos/ cariñoso con todas sus creaturas. Este hecho debe despertar la gratitud: Que todas tus creaturas te den gracias, Señor/ que te bendigan todos tus fieles; / que proclamen la gloria de tu Reino, /que hablen de tus hazañas/… Porque tu reinado es un reinado perpetuo, /y tu gobierno va de edad en edad. (Sal 144,1-2.8-14).

 

El sentido cristiano del salmo: «Cristo viene a establecer el Reino y a someterlo a su Padre: «Un Reino eterno y universal: el Reino de la verdad y de la vida, el Reino de la santidad y de la gracia, el Reino de la justicia, del amor y la paz». De hecho, Cristo, al predicar ese Reino, al instaurarlo en nuestra historia, experimenta el rechazo, el fracaso y la incomprensión de todos aquellos que están seguros, falsamente seguros en sus experiencias religiosas, en la ley, en las seguridades intelectuales o religiosas o político-económicas. Se sienten seguros, pertrechados en su supuesta superioridad intelectual que los incapacita, en el fondo, para recibir el Reino que viene. En cambio, los humildes, los pobres y los pecadores, las prostitutas y los publicanos, estarán mejor dispuestos para acoger el mensaje de Jesús. Esto determina El Himno de la Jubilación, es el canto de gratitud y alabanza de Jesús que reconoce en este hecho la voluntad de Dios: ¡Así te ha parecido bien, Padre!

 

Rom 8,9.11-13.- Vivir según el Espíritu – El nuevo modo de los salvados en Cristo, es llamado «vivir según el Espíritu»; y espirituales son llamados los que practican este género de vida. A ellos se contraponen los hombres “carnales”, los que viven según los razonamientos humanos (según la carne. Cf. Ef.4,29-32; 5,1-6), y están todavía bajo la ley. Entre la carne y el espíritu, la lucha es continua en la persona del creyente; pero, aunque se experimente el peso de la “carne”, el creyente puede ya vivir según el espíritu, desde el momento que el Espíritu de Dios vive en él. Rom. es un escrito central en el NT. Rom. 8 es central en dicho escrito.

 

 Mt 11,25-30.- Un reino para los pequeños – En la primera parte de la lectura, Jesús, lleno de júbilo, da gracias al Padre por haber querido que los secretos de la salvación, – “estas cosas” -, fueran revelados a los pobres y a los humildes. En la segunda parte, Jesús se dirige directamente a los pequeños (pobres, humildes, pecadores, oprimidos, agobiados), y los invita a entrar en comunión con él.  Cristo toma sus palabras de alabanza a Dios de la boca de los tres jóvenes en el horno ardiente (Dn.3,52), cuya humildad está claramente contrapuesta a la soberbia de los sabios babilonios, (cf. El Magníficat). El “yugo de la ley” era una metáfora frecuente entre los rabinos para indicar la observancia de la ley para todos los que querían entrar a su escuela.  También Jesús es un “rabí” e impone su “yugo” los que quieren seguirlo: pero es un yugo suave, ligero, porque él mismo forma parte de la gente sencilla, de los pobres, de los humildes, “de los que se estremecen ante la palabra de Dios”. (cf. Is. 66, 2b).

 

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Zac. 9,9-10. Estos dos versitos son el inicio de un canto de victoria y de paz. Terminada la guerra, el Rey vuelve victorioso a la capital, Jerusalén, para establecer una era de paz y esplendor. Pero esta marcha triunfal, este regreso victorioso, paradójicamente, se lleva a cabo con humildad y sencillez, porque se trata de un reinado diferente. El rey sabe que Dios le ha concedido la victoria (Sal 98,2), ésta no ha sido resultado de alianzas humanas, sino de la acción misma de Dios, por eso el rey regresa cabalgando una cría de burra. El instaurará un periodo de paz, eliminará todos los elementos de guerra, todo el armamentismo consistente en carros de batalla, caballos, arcos, flechas y dictará paz a las naciones, se instaurará entonces un reinado de mar a mar, Del Gran Río al confín de la tierra. Hay un versito más que no leemos en la lectura de hoy: Por la sangre de tu alianza, libertaré a los presos del calabozo (v.11).

 

Es fácil descubrir las resonancias mesiánicas de este fragmento. Así comprendemos la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, porque será precisamente allí donde él, a través del misterio de su muerte y resurrección, realizará ese reinado de paz universal, escatológica. En su pasión será también el lugar donde brille con toda su fuerza la humildad y mansedumbre de Jesús. Ya podemos entender entonces que Jesús nos pida a nosotros que aprendamos de él, no otra cosa, sino a ser mansos y humildes para encontrar el descanso, un descanso que no ha de ser un día de campo en un bello lugar, ni un feliz fin de semana, sino el descanso escatológico en la paz misma de Dios, la paz que él nos da que no es como la del mundo y que nadie podrá quitarnos. A ese rey, manso y bondadoso, alaba el salmo 144.

 

Jesús revela a su Padre a los pequeños. Tal es el tema de este domingo. El fragmento evangélico lo podemos dividir fácilmente en dos: vv 25-27 y vv. 28-30. Sin embargo, como lo señala Bonnard, los capítulos 11, 12 y 13 están dominados por el tema de «lo que está oculto». Las ciudades, sede de las escuelas rabínicas y de la cultura religiosa de entonces, desconocen a aquél que los «sencillos» reconocen. De hecho, el pasaje que leemos hoy viene enseguida de la recriminación de Jesús a las ciudades de Galilea que han visto “esas cosas” que Jesús ha realizado y no han creído. (11,22-24). Como sucede frecuentemente en los sinópticos, el verbo «responder» reviste aquí un acento polémico; Jesús responde condenando el rechazo que le opone la élite religiosa de su pueblo. «Jesús agradece o alaba al Padre por su fracaso». En efecto, Jesús fracasa en todos los frentes. O más exactamente, fracasa ante los sabios, los inteligentes, los que están cómoda y seguramente instalados en su religión, en sus ritos, en su percepción de la realidad; ante los que están instalados, pues, y seguros. Jesús no prefiere por simpatía personal los sencillos a las élites, sino que reconoce que, este fracaso y el resultado que le acompaña corresponde a la esencia misma de la obra que realiza al servicio de los hombres y de su Padre: salvar a los pobres, a los que desprecian los poderosos, a los humildes, a los que saben que lo necesitan.  Tal el mensaje de las bienaventuranzas.  Es la teología de Mateo. Tal es, en efecto, el sentido del verbo «confesar, alabar, reconocer» que Mateo y Lucas ponen en los labios de Jesús. Jesús confiesa, alaba, reconoce, la sabiduría del Padre, su amor, su proyecto y lo alaba por ello. La incredulidad y la fe que Jesus encuentra no son accidentes ni resultados positivos o negativos, de sus esfuerzos personales; la autoridad y el beneplácito de Dios gobiernan toda su actividad. «Sí, Padre, así te ha parecido bien»; es tu beneplácito.

 

De ahí deriva la actitud fundamental de los ciudadanos del Reino, actitud que Jesús encarna: La mansedumbre y la humildad. Jesús es humilde ante el Padre cuando reconoce cuál es el camino y la voluntad del Padre, –  el Padre elige el camino de la humildad -, y la acepta con una actitud de serenidad aún cuando todo apunte hacia el fracaso. Aprendiendo de él a ser mansos y humildes, también nosotros sabremos reconocer el proyecto de Dios que se realiza en la historia. Nosotros buscamos el éxito, buscamos la espectacularidad y lo llamativo y no comulgamos muy bien con la actitud humilde, con la mansedumbre que Jesús proclama y quisiéramos inyectarle al cristianismo ciertas ayudas provenientes de las sociologías y psicologías deformadas, de ciertas corrientes religiosas de corte oriental porque, tal vez, Jesús nos ha decepcionado un tanto cuanto. La humildad es la verdad, decía Santa Teresa, y la verdad es que todo es obra es todo es obra de Dios, que somos eternos deudores de Dios.

 

Mt. 11, 25-30. He aquí el texto completo de P. Bonnard; lo titula: Jesús revela su Padre a los pequeños. Es evidente que este pasaje se divide en dos con facilidad: vv. 25-27 y 28-30:

 

Jesús habla de un kairós. En ese momento, en aquel momento, en un momento determinado de su acción reveladora, Jesús exclama…. La palabra kairós tiene un significado teológico especial en el NT; se refiere a un momento preciso, determinado por el mismo Dios, un momento, ese momento y no otro. En ese momento Jesús exclama, explota en ese himno de gratitud que alaba al Padre, Señor de Cielo y Tierra, porque ha dispuesto las cosas precisamente de esa manera: Porque has ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los ignorantes, a los pequeños, a los niños. De hecho, el término griego que se contrapone a los sabios y entendidos es nepíois que quiere decir infantes. Se trata de un Apocalipsis, es decir, de una revelación. Jesús responde condenando el rechazo que le opone la élite religiosa de su pueblo. Jesús agradece o alaba al Padre por su fracaso; más exactamente, por su fracaso ante los sabios e inteligentes. No prefiere, por simpatía natural, los sencillos a las «élites» sino que reconoce que este fracaso y el resultado que le acompaña corresponde a la esencia misma de la obra que realiza al servicio de los hombres y de su Padre: Salvar a los pobres a los pecadores, a los humildes de la tierra, a los que desprecian los poderosos. Tal es el sentido de su alabanza, de su acción de gracias: un reconocimiento de la voluntad de Dios que ha de realizarse en la humildad. Jesús reconoce y alaba a Dios por su obra de salvación tal y como se realiza, en la contradicción, en medio de la oposición, del rechazo, de la adversidad e, incluso, del fracaso. El fracaso tendrá su expresión máxima en la Cruz.

 

La incredulidad y la fe que Jesús encuentra no son, pues, accidentes ni resultados positivos o negativos de sus esfuerzos personales; la voluntad y beneplácito de Dios gobiernan toda su actividad. Además, la revelación que Jesús aporta no es una ciencia para iniciados como la gnosis o como se practicaba en Qum-Ram. Es para todos los que tengan un corazón humilde y bien dispuesto para recibir esa enseñanza. Jesús es el único que conoce al Padre de la misma manera que el Padre conoce a Jesús; de la misma manera que Jesús nos revela y nos lleva al Padre, el Padre es quien, a su vez, nos lleva al hijo. En San Juan estas ideas son fundamentales: Nadie viene a mí, si el Padre que me envió no lo trae. (Passim).

 

De aquí parte la invitación de Jesús a todos nosotros: Vengan a mí todos los que están fatigados y agobiados por la carga, y yo los aliviaré. ¿Qué carga agobiante es esa? En el tiempo de Jesús, el judaísmo tardío hablaba de la ley, de los mandamientos y de las tradiciones humanas, como de una carga que había que soportar, un yugo que oprimía el cuello de los fieles. Jesús viene a liberar al pueblo de esa falsa percepción viciada de la relación con Dios; no suprime la ley ni los profetas, sino que los muestra en otra perspectiva: Bajo el signo de la misericordia y del amor.

 

Jesús no viene a liberar a los hombres de toda obligación moral; en vez de las exigencias legales judías, impone las suyas propias, que son tan serias y, sin duda, más radicales que la Ley de Moisés (cf. Caps. 5-7). Pero el maestro que las propone, a diferencia de los rabinos, es dulce y humilde de corazón. Antes de someter al hombre a una ley renovada, le comunica la alegría del Reinado de la Misericordia. Cargar con el yugo de Jesús es unirse a él, seguirle y aprender de él; sin duda, aprender en su escuela el verdadero alcance de la ley; sólo el puede hacer de esta ley un peso ligero.

 

También en nuestro hoy encontraremos el descanso y la paz que tanto deseamos para nuestra alma y nuestros ambientes, sólo imitando a Jesús en su humildad, en su dulzura, en su mansedumbre, tomando sobre nosotros el yugo ligero de su doctrina, de su propuesta, de su mandato. (Evangelio Según San Mateo. Madrid. 1970)

 

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Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

 

Cristo bendice al Padre que ha tenido ocultas estas cosas a los sabios y a los inteligentes habiéndoselas revelado a los pequeños. ¿Cuáles son esas cosas? Son los signos que Jesús hacía para ser reconocido como Hijo de Dios; tanto es así que, un instante antes, Cristo, decepcionado por la incomprensión, dice: ¡Ay de ti, Corazaín!  ¡Ay de ti, Betsaida!, porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros obrados en medio de vosotros, ya desde hace tiempo habrías hecho penitencia, envueltos en cilicio en cenizas. Cristo fue comprendido por los humildes y los pequeños, es decir, por las personas que no tienen nada sobre que apoyarse; quien, por el contrario, ponía por delante sus convicciones o su poder se ha situado contra Cristo. Éstos, al final, lo entregarán a la muerte sin llegar al conocimiento del don de Dios. Dios resiste a los soberbios y da a gracia a los humildes, dice San Pedro.

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