2 Re. 4, 8-11.14-16; Sal 88; Rom. 6,3-4.8-11; Mt. 10,37-42

 

Por encima de Cristo,

nada”. S. F. de Sales.

 

A quien se entrega totalmente a él, Jesús le da un amor capaz de establecer relaciones nuevas con todos, comprendidas las más ìntimas, la propia familia. Además, dado que el misionero prolonga la presencia de Cristo, puede contar con una acogida  favorable. Y, separado de todo, puede unirse a todos, ‘hacerse todo con todos y para ganarlos a todos’, como Pablo.

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2 Re. 4, 8-11.14-16.- Es sabido que una madre sin hijos proyecta su ternura maternal en otras personas. Y ese afecto es el que se proyecta sobre Eliseo y se convierte en hospitalidad y acogida. Pero acoger a un pequeño, es acoger a Dios mismo (Mt. 10,40); y aquella mujer hace esta experiencia, aprovechando la visita de Dios en la persona del profeta. Por el hecho de que se ha puesto toda entera al servicio de la hospitalidad, ella puede descubrir en Dios el secreto que la impulsaba a amar.

 

Sal 88.- vv.2-3.16-17.18-19. – Larga lamentación colectiva en la derrota; con referencia a la alianza de Dios con David y revelación de la misericordia de Dios.  Aún en las circunstancias adversas, el anónimo poeta nos invita a “cantar eternamente las misericordias del Señor, a anunciar su fidelidad por todas las edades”. El pueblo privilegiado lo es porque sabe aclamar al Señor, caminar a la luz de sus mandatos y poner su alegría en el nombre del Señor, todos los días y en su justicia, en su verdad y en su fidelidad, cifrar el orgullo.

 

Toda la tradición, desde la generación apostólica, han visto en David rey, el gran tipo de cristo. Él es verdaderamente el primogénito del padre, su tono es eterno, vence a los enemigos y extiende su poder a todo el mundo; él es El Ungido que recibe una descendencia perpetua. La paradoja es que el Padre permitió a su Hijo pasar por la afrenta y la derrota, lo hiso estar en la zona de la cólera divina en la dimensión reducida del tiempo humano; sostuvo a sus enemigos y lo dejo bajar hasta la muerte. ¿Dónde queda la misericordia y la fidelidad del Padre? todos los títulos y todos os poderes se los da el Padre a su Hijo de un modo nuevo y definitivo en la resurrección. Así vemos que «la misericordia y la fidelidad de Dios son eternas»

 

Rom. 6,3-4.8-11.-  Bautismo y resurrección – El agua, lo vemos en el rito bautismal, es símbolo de muerte y al mismo tiempo de regeneración. El bautismo cristiano que se celebra en el signo del agua profundiza después éste simbolismo, porque místicamente nos incorpora al misterio pascual de Cristo que es el misterio de su muerte y de la resurrección a una vida nueva.

 

Las consecuencias en el plano conductual son inmediatas; – es que debemos llevar una vida nueva -. Se muere una sola vez, y una vez muertos, ya no hay retorno. «Así también ustedes: considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios».

 

 

Mt. 10,37-42.- Llevar la cruz – La conclusión del grande discurso dirigido por Jesús a sus discípulos, nos recuerda toda la conclusión del evangelio: la cruz. No hay adhesión a Cristo que no sea una aventura crucificada; esto implica una revisión a todo lo que somos y tenemos; ello abre «la crisis» de todo lo que consideramos esencial para nuestra existencia. Jesús toma de nuevo el tema del «Dios celoso» del AT.: no soporta las medias tintas del amor. El texto puede parecernos, máxime en nuestra cultura egoísta, hedonista y materialista, inhumano, pero es necesario entenderlo como la lectura evangélica de la prueba de fe de Abran, dispuesto a sacrificar a su hijo único, al hijo de la promesa, sabiendo “que Dios tiene poder para resucitar a los muertos”. Como para Abran también para nosotros no se trata de perder, sino de encontrar.

 

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Mt. 10,37-39 requiere una atención más detallada dado que su simple lectura nos resulta chocante:

v.37.- “El que ama a su padre o a su madre más que a mí”…. Con esta advertencia severa se introduce el tema del “amor” (Phileo); la frase asegura el amor hacia Jesús contra toda limitación proveniente del amor a los parientes. El discípulo debe serlo sin distracción, a tiempo completo. Los lazos personales mas estrechos que existen entre los hombres (nexos familiares)están puestos en relación con Jesús con una doble referencia: «más que a mí» indican ambas que el amor a Jesús debe de tener la prioridad, porque en referencia a él viene colocado el «ser digno»: el valor del discípulo no está garantizado por los lazos de sangre, solo por la decisión a favor de Jesús.  Recordemos el episodio aquél, cuando una mujer le dice a Jesús: “dichoso el vientre que te llevó…” y la respuesta de Jesús que advierte que los verdaderamente dichosos son los que oyen la palabra de Dios y la guardan. María recibió a Jesús primero en su corazón y luego en su vientre (S. Agustín).

 

v.38.-“Y el que no toma su cruz…” En la cruz, en tomar la cruz, se concentra lo más esencial de la condición de la sequela Jesu; esta expresión adquiere todo su significado  a partir de la muerte de Jesús: el discípulo debe llevar el peso de la sequela, así como se lleva el brazo de la cruz. El que no es capaz de ello, “no es digno de mí”.

 

Mt. v.39. El texto dice así: “Quien se aferre a su vida la perderá, quien la pierda por mí la conservará”. ¿Qué quiere decir Jesús con ello? Psiqué, en la predicación de Jesús, que se encuentra en cuatro formas directas en la tradición de los evangelios,  (Mc. 8,35 par. Mt. 16,25 y Lc. 9,24; Mt. 10,39 par. Lc. 17,33 y Jn. 12,25), significa la vida auténtica del hombre (a diferencia de la vida meramente física, transitoria). El contraste entre «conquistar» y «perder» determina el sentido de la frase (logion). «Por amor de Jesús», (cf. Mt. 5,11; 10,18; 16,25) se pretende del discípulo la distinción de las dos «vidas»: sin Jesús la vida terrena puede perderse, pero con esto se conquista (se encuentra, se conserva), la vida auténtica prometida por Jesús, la única válida ante Dios.

 

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Creerle a Dios, es decir, confiar en El.

Podríamos decir que el tema de este domingo, marcado por el fragmento evangélico, es la necesidad de que el apóstol,  testigo de Jesús, enviado al mundo, ha de revestirse de una confianza a toda prueba en el poder de quien lo envía, una confianza ante la cual todas las demás seguridades pasan a segundo término. Se trata de algo, pues, exigente y difícil que solamente podrá realizarse con la ayuda misma de Jesús inspirándose en su ejemplo. Y este ejemplo lo han seguido y nos lo han dado todos los grandes evangelizadores a lo largo de dos mil años.

 

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí……

También había dicho Jesús que el que recibe a un profeta por ser profeta recibirá premio de profeta. De tal manera pues, hay un primer paso que consiste en la acogida. La mujer de Sunem acoge a Eliseo porque ve en el un hombre justo. El que recibe un justo por ser justo recibirá premio de justo.

 

La acogida cargada de delicadeza que le es dispensada a Eliseo por esta mujer ofrece al profeta la oportunidad de un lugar de descanso, de silencio y soledad para la reflexión. Los detalles no sobran, al contrario, reflejan la delicadeza operativa de la caridad. Ella le dice a su marido: Vamos a construirle en los altos una pequeña habitación. Le pondremos allí una cama, una silla, una mesa y una lámpara, para que se quede allí cuando venga a visitarnos. No se necesita más para la misión, una habitación pequeña, no una mansión, una simple mesa con su silla y un humilde lecho, ahí está la tranquilidad para la meditación. Así han sido las celdas de los santos.

 

En esta mujer se realiza lo que Jesús dirá después: Si alguien les da un vaso de agua fresca solo por ser discípulos míos, yo les aseguro que no quedará sin recompensa. Y por esta acción generosa aquél matrimonio de ancianos reciben el don más precioso para un matrimonio hebreo: un hijo. El hijo tenía una importancia especial para el hebreo porque era la única forma de trascender la muerte, de continuar viviendo, de sobrevivir al tiempo y a la destrucción de la muerte. Por esa premurosa hospitalidad, expresión de diálogo, de apertura, ella recibe esa gran recompensa. Detrás de la actitud de esta mujer está la confianza en Dios que no abandona sus hijos en sus necesidades más profundas ni en las situaciones más extremas. Ella ha tenido la valentía de solicitar a su esposo un don y un servicio para aquél hombre justo, y Dios le ha respondido con la gran bendición. Acogida, hospitalidad como expresión de la gran confianza que se ha de tener en Dios.

 

Renuncia y Confianza

En el Evangelio de hoy topamos otro tema de extrema importancia y que, de alguna manera, está también relacionado con la primer lectura, incluso con el Salmo que nos recuerda lo dicho por el Señor: Mi amor es para siempre y mi lealtad, (fidelidad) más firme que los cielos.

 

Nuestro fragmento es el final del segundo discurso de Jesús en Mt.: el Discurso Misionero. Los vv 34 y 39 nos hablan de la renuncia cristiana. El tono del discurso es intenso y ha cambiado respecto a lo precedente. Si no se cree en la bondad y Providencia Divina, es necesario, por lo menos, temer las consecuencias. No tener el valor de declararse a favor de Cristo ante los hombres, en los tribunales, sino renegar públicamente de El, es exponerse al riesgo de que él también nos niegue en la presencia de su Padre.

 

Las razones por las que ordinariamente se abandona la fe provienen de un excesivo apego a los propios familiares, a los bienes y a la propia vida. Pero, incluso, ante estas naturales y justas exigencias, Jesús permanece firme en sus afirmaciones. El que pone su mano en el arado y sigue mirando atrás no sirve para el Reino de los Cielos. Jesús no puede ser antepuesto a nada ni a nadie, incluso ni a la propia existencia. ¡Ay de aquél que se deje reblandecer por el afecto o por los deseos de su propia familia, podría perder la amistad de Dios! Jesús debe ser preferido, incluso, a la propia vida, a la que se debe estar pronto a renunciar para no perderlo. El que quiera salvar su vida la perderá.

 

En el horizonte del discípulo aparece siempre la posibilidad del martirio, y la abnegación y renuncias de cada día forman la vida del cristiano. El que no toma su cruz y me sigue…  La cruz suprema es la pérdida de la propia vida por el Evangelio, pero es una pérdida que se traducirá en la gran ganancia.

 

Se trata, pues, de exigencias radicales y, al mismo tiempo, paradójicas, típicas de la predicación de Jesús. Es necesario confiar totalmente en Cristo con el riesgo de que esta opción radical por Cristo comporta la posibilidad del martirio. Kierkegaard escribía lo siguiente: El discípulo quiere ser, y se esfuerza por ser aquello que admira, y meta de la admiración es la exigencia de ser o de querer ser la persona admirada.

 

Pero esta renuncia no es un fin en sí misma. La renuncia que el seguimiento de Jesús exige, no es un puro ejercicio ascético, ni una especie de abnegación masoquista, por el contrario está orientada a lograr la vida. Es un dejarlo todo para ganarlo todo.

 

Esta vocación radical comienza en el momento mismo en el que, por medio del sacramento del Bautismo, somos injertados en Cristo y hechos participes de su misión como nos dice Pablo en la segunda lectura.

 

Si bien estos textos apuntan más directamente a aquellos que lo han dejado todo para seguir a Cristo, (y hay que pensar si de veras lo hemos dejado todo por el Evangelio), ningún bautizado, ningún cristiano ha de sentirse ajeno a estas exigencias. Todos estamos llamados a dar testimonio en nuestros ambientes, en nuestras familias, en todas partes donde tengamos que desenvolvernos. Nuestro mundo necesita urgentemente del testimonio de los cristianos llamados a ser luz del mundo y sal de la tierra.

 

Excursus.

  1. Ravasi, en su rico comentario a la liturgia dominical, escribe de este domingo lo siguiente: “El verbo «acoger», usado siete veces en el fragmento de Mateo, trata sobre el discurso misionero y constituye el motivo dominante en la liturgia de este día. La acogida delicada, fina, que aquella mujer reserva para Eliseo, ese profeta nómada, es un bello modelo de actitud.

 

Pero hay una acogida más llena de alegría: es aquella que tiene como raíz no tanto un deseo de caridad, de filantropía, de apertura social, sino la convicción que detrás de la fisonomía de toda creatura, está el rostro de Cristo.  Sobre todo tres clases de personas revelan en sí una alta presencia del Señor: los profetas, los justos, los pequeños.  No importa siquiera si no reconocemos a Jesús inmediatamente en ellos; en el c.25, Mateo nos recuerda que los justos se sorprenderán el día del juicio cuando sepan que detrás del camastro de los enfermos, perseguidos, prisioneros, hambrientos, emigrantes, se escondía Jesús mismo. No habían hecho ninguna encuesta ni habían trabajado como “voluntarios”, en espera de una recompensa, sino solo por “aquél amor” que no se vanagloria, no se infla, no busca su propio interés”. Cor. 13,4-5

 

 

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