Dt. 18,15-20; Sal.  94; I Cor. 7, 32-35; Mc. 1,21-28.

 

Dt. 18,15-20. Los profetas. ¿Qué significa hablar «en nombre de Dios»? Con la excusa de los patriarcas y de la ley, Israel rechazaba oficialmente el mensaje de los profetas. Pero, el autor de esta lectura dice: «También Moisés era un profeta, incluso el primero de los profetas». EL pueblo elegido no debe su origen, su historia, y su destino a las instituciones y a los políticos, sino sólo a la Palabra de Dios. El intérprete de esta palabra se llama «profeta», y tiene una legítima autoridad, semejante a la del Hijo: «Escúchenlo» (Mt. 17, 5)

 

Sal.  94. Este salmo es un acto litúrgico: la primera parte es un himno clásico; la segunda parte es un oráculo, en la boca de Dios, invitando a la observancia de la ley en relación con el don de la tierra. (cf. infra).

 

Hb. nos ofrece un comentario cristiano a este pasaje: 3,7-4,11. Todo el tiempo del Antiguo Testamento es una repetida llamada y expectación del «hoy» en que podrá entrar el pueblo en el descanso de Dios. Con Cristo llega este «hoy», con su resurrección se inaugura en el mundo el reposo de Dios, que descansó cuando terminó su trabajo creador. Este «hoy» de Cristo se ofrece a todos: hay que escucharlo y entrar aprisa en su descanso. Pero la vida cristiana es de nuevo un «comienzo», que hemos de mantener hasta el fin, para entrar en el reposo definitivo de Cristo y de Dios.

 

ICor. 7, 32-35. Lo que cuenta es el amor. Pablo responde a una pregunta propuesta por los corintios a propósito del matrimonio. El no transmite una orden del Señor, sino que expresa un punto de vista personal: El mundo no está destinado a durar siempre, su fin está cercano y la humanidad no tiene necesidad de una renovación con el matrimonio. Tal vez, debido a esta página, el matrimonio con frecuencia ha sido desvalorizado. De esta lectura, como quiera que sea, podemos sacar la enseñanza de que el amor de Dios es la única cosa verdaderamente válida y digna de fe. Tanto el celibato como el matrimonio deben ser una elección de amor. No tiene sentido como entonces hablar de un «estado de vida» más o menos perfecto porque la única perfección es el amor. ¿De qué sirven el celibato y el matrimonio si no están inspirados en el amor? Absolutamente de nada.

 

Mc. 1,21-28. Jesús sale a campo abierto. He aquí la primera manifestación de Jesús, el mesías, el hombre nuevo, en un mundo dominado por el mal físico y moral. El demonio representa todas las fuerzas del odio, de la muerte, de la maldad; Cristo lo que condena y lo domina. La enfermedad es síntoma de la debilidad que nos empuja a la muerte; Jesús triunfa sobre ella con aquella fuerza que le hará resurgir de entre los muertos. El anuncia un orden nuevo y lo pone en movimiento. Ahora, se declara la guerra a los poderes demoníacos que esclavizan al hombre y la victoria está asegurada. Esa victoria habrá de pasar por la cruz. “Con su muerte destruyó nuestros pecados y con su resurrección nos devolvió la vida”.

 

¿Eres, tú, el profeta? Dt. 18, es un clásico de la teología mesiánica bajo el modelo del profeta. Otro modelo o tipo del mesianismo será, por ejemplo, el Siervo de Yahvé. Este fragmento pertenece al código deuteronómico (12,1-26,15), que es una auténtica y verdadera predicación de la ley donde se traza la fisonomía ideal del profeta al lado de las otras instancias político religiosa de Israel (el Rey, el sacerdote, el levita, el juez).  Paradójicamente, parece que en este texto se cancela el carácter carismático del profeta y se convierte en institución. Sin embargo, la estructura interior de la misión del profeta, se revela profundamente anclada en Dios: El profeta es el portavoz de Dios, su palabra es eficaz y creadora como la del Señor a grado que esta nota (la realización), se convierte en uno (no el único) de los criterios de verdad y autenticidad de la profecía.

 

La iniciativa es siempre de Dios: «Yo suscitaré en medio de tus hermanos un profeta como tú». Las palabras del profeta son palabra de Dios por las que el profeta es sustraído de las coordinadas político-religiosas y, colocado en una posición radicalmente trascendente: «Yo pondré en su boca mis palabras y él dirá lo que Yo le mandaré».  Y el juicio que Dios reserva a quien rechaza o persigue al profeta, es el mismo que se reserva a quien rechaza a Dios: «si alguno no escucha las palabras que él pronuncie en mi nombre, Yo le pediré cuentas», e igualmente grave, o más grave, es decir, y en esto hay que tener mucho cuidado, como Palabra de Dios, aquello que no es otra cosa más que figuraciones propias y palabras nuestras, hacer pasar por buena moneda teológica, felices ocurrencias.

 

Es claro que, bajo esta definición altísima del profeta, la teología judía ha creído ver los lineamientos de un Profeta por excelencia y no simplemente la continuidad del profetismo. El profeta «semejante a Moisés» se convierte, entonces, en el anuncio del Mesías y de la esperanza que él llevará a Israel. De este texto, dedicado originalmente a la función profética, se ha desarrollado, así, un modo de interpretar la figura del Mesías, no ya con los contornos de un rey triunfador, sino con los de un mensajero de Dios, dispuesto a arriesgar la vida misma por la palabra de la que él es depositario.

 

También en el tiempo de Jesús este tipo de espera mesiánica se había difundido a nivel popular. Se esperaba la venida de Elías (Mt. 11,14), o de otro Jeremías o alguno de los antiguos y vigorosos profetas de Israel. «Eres tú el profeta que debe de venir o esperamos a otro» (Mt. 16,14). A este respecto es muy iluminador el texto de Jn.1,19-21: ¿Eres Elías? ¿Eres el Profeta?

 

 

Salmo responsorial. «¡Ojalá escuchéis hoy su voz…..!»

De alguna manera el salmo que leemos hoy como responsorial, nos da el tema de nuestra reflexión dominical. La respuesta consiste en una súplica de hondo significado: “Señor, que no seamos sordos a tu voz”.  Esta es la actitud fundamental del creyente, del pueblo de la alianza. Contra lo que nos imaginemos, el primer mandamiento de Dios es: ¡Escucha, Israel! Muchas veces en los salmos encontramos reflejada la sordera voluntaria del pueblo y la nvitación de Dios a escuchar; los profetas denunciarán con mucha frecuencia esa actitud de sordera voluntaria que caracteriza a un pueblo “que no quiere ver con los ojos ni oír con los oídos ni creer con el corazón, porque no quiere convertirse y que Dios lo salve. Sobre este tema, se puede decir mucho. Y podemos preguntarnos, si nosotros, escuchamos realmente la Palabra tal cual es, sin retoques, sin manipulaciones, sin contagios ideológicos, sino en su prístina y radical exigencia.

 

No endurezcáis el corazón….!

En la Exhortación Apostólica Verbum Domini, nos dice el Papa B. XVI;  “La Palabra de Dios revela también inevitablemente la posibilidad dramática por parte de la libertad del hombre de sustraerse a este diálogo de alianza con Dios, para el que hemos sido creados. La Palabra divina, en efecto, desvela también el pecado que habita en el corazón del hombre. Con mucha frecuencia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos la descripción del pecado como un no prestar oído a la Palabra, como ruptura de la Alianza y, por tanto, como la cerrazón frente a Dios que llama a la comunión con él.[  Por ejemplo Dt 28,1-2.15.45; 32,1; de los profetas cf. Jr 7,22-28; Ez 2,8; 3,10; 6,3; 13,2; hasta los últimos: cf. Za 3,8. Para san Pablo, cf. Rm 10,14-18; 1 Ts 2,13.]. En efecto, la Sagrada Escritura nos muestra que el pecado del hombre es esencialmente desobediencia y «no escuchar». Precisamente la obediencia radical de Jesús hasta la muerte de cruz (cf. Flp 2,8) desenmascara totalmente este pecado. Con su obediencia, se realiza la Nueva Alianza entre Dios y el hombre, y se nos da la posibilidad de la reconciliación. Jesús, efectivamente, fue enviado por el Padre como víctima de expiación por nuestros pecados y por los de todo el mundo (cf. 1 Jn 2,2; 4,10; Hb 7,27). Así, se nos ofrece la posibilidad misericordiosa de la redención y el comienzo de una vida nueva en Cristo. Por eso, es importante educar a los fieles para que reconozcan la raíz del pecado en la negativa a escuchar la Palabra del Señor, y a que acojan en Jesús, Verbo de Dios, el perdón que nos abre a la salvación”. (26).

 

En la carta a los Hebreos nos ofrece un comentario cristiano a este pasaje (3,7- 4,11). Todo el tiempo del A.T. es una repetida llamada y expectación del «hoy» en que podrá entrar el pueblo en el descanso de Dios. Con Cristo llega este «hoy», con su resurrección se inaugura el reposo de Dios, que descansó cuando terminó su trabajo creador. Este «hoy» de Cristo se ofrece a todos: hay que escucharlo y entrar de prisa en su descanso. Pero la vida cristiana es de nuevo «comienzo», que hemos de mantener hasta el fin, para entrar en el reposo definitivo de Cristo y de Dios. Así, pues, ojalá escuchéis hoy su voz.

 

Enseñaba no como los escribas, sino con autoridad.

El texto de Marcos que leemos este domingo, marca con insistencia la misión profética de Cristo: se puso «a enseñar». Estaban admirados de su «enseñanza», porque «enseñaba» como uno que tiene autoridad…..una  «doctrina»  nueva «enseñada» con autoridad. Se pueden notar las veces  que aparece la palabra enseñar, y no de cualquier manera, sino con «autoridad». En este texto, incluso, en su construcción estilística, podemos ver la definición de Cristo «profeta eficaz» y por lo tanto, portavoz auténtico de Dios, lo cual es exacta pero no agota completamente la personalidad de Jesús de Nazaret.  Es más, en la estructura general del evangelio de Marcos toda definición o título de Jesús es siempre parcial, es sólo una intuición que, pedagógicamente, debe ser desarrollada hasta la plenitud de la comprensión pascual. Cristo es mucho más que un Profeta en el sentido corriente del pensamiento hebreo.

 

Por esto, en la escena del endemoniado que hoy leemos, Jesús «grita» al espíritu inmundo que «grita», la definición de «Santo de Dios». Esta expresión en boca del demonio es blasfema, atentatoria peligrosa porque intenta abortar el plan de Dios levantando falsas expectativas, mesianismos dudosos, ideas equivocadas; por ello, Jesús responde con contundencia. ¡Cállate y sal de ese hombre! En Jesús hay que creer, no por la contundencia de milagro, sino por el lento camino de la conversión y de la penitencia, por el camino de la cruz. El conocimiento de Cristo no es «el que grita» el espíritu inmundo ni el que está ligado a la fama “de hacedor de milagros”, sino que el conocimiento de Cristo es aquél al que se llega a través de un camino lento de escucha y de búsqueda (el secreto mesiánico de Marcos). Es a través de un proceso de purificación que se realiza sobre estos títulos, que siendo exactos son insatisfactorios, un proceso de penetración y purificación a la luz de la fe pascual. Es ahí que, sólo en la cruz, sea el lugar donde Cristo aceptará esa fama “que se extiende por toda Galilea” y que ahora él rechaza.  Pascal escribe: «La fe en Cristo es auténtica no en cuanto nace de un milagro, sino en cuanto es generada por la cruz».

 

Interpetación de la explusión de los demonios.

 

La interpretación de los exorcismos de Jesús, como lo demustran antiguos ataques hebreos, ha sido discutida desde los primerísimos tiempos. En la era moderna la exegesis racionalista de la Biblia, a partir de J.S. Smeller (1779), ha intentado aclarar “naturalmente”, con la ayuda de los conocimientos psiquiátricos modernos, el fenómeno de las obsesiones. Está afuera de discusión que determinados fenómenos que el hombre de la antigüedad, de manera poco ponderada y sobre la base de un conocimiento defectuoso de las relaciones psicosomáticas, – por lo demás perfectamente entendibles -, atribuía a los espíritus malos, hoy pueden ser fácilmente diagnosticados como esquizofrenia, alienación mental maniaco depresiva, histeria, locura furiosa, epilepsia, etc., etc. Pero los más recientes conocimientos en el campo de la psicoanálisis han demostrado que con esto todavía no se ha dicho todo.

 

Resta todavía algo de inexplicable, que por lo demás no es suficiente para demostrar el “poder divino de Jesús”, pero de cualquier modo es siempre de nuevo un reto para la fe de los hombres. Las obsesiones como fenómeno general y alteración de la situación refleja una modalidad de fondo en la que se encuentra éste mundo todavía no liberado del influjo del mal.  Los sociólogos hablan de estructuras de represión, de dominio colectivo y de sistemas violentos de poder. De centros negativos de poder. Los autores del N.T. ponen al lector ante símbolos reales, que iluminan el telón de fondo y que ponen en claro cómo el hombre no puede librarse con sus propias fuerzas.  Según el testimonio de la Biblia no existe solo el “mal en el hombre”, sino también “el mal en sí”, que toma posesión del hombre. La potencia del mal se hace concreta en modo particular ahí donde se encarna la potencia de Dios.  El fondo filosófico de la obsesión se encuentra en la antropología. El hombre no puede pertenecerse a sí mismo; él, como creyente, pertenece a Dios, o se convierte en esclavo, de la incredulidad, de las formas creaturales, que tienen un peso propio y se convierten en poderes violentos que poseen al hombre. (J. Ernst).

Nosotros podemos ver estas fuerzas negativas y opresoras del mal con nítida claridad en la violencia mostruosa que vive nuestra ciudad, y nuestra patria. La cantidad y la modalidad de los asesinatos revelan algo más que una simple patología. Yo he retado a los psicólogos que penetren en la mente de alguien más, no solo de asesinar a alguien que ni siquiera conocen, sino despedazarlo, ponerlo en bolsas de plástico y tirarlo.  Dígase lo mismo de los abusos sexuales contra menores que se consuman diariamente en los propios hogares. Veamos el mal que nos rodea y descubriremos que en ella hay algo misterioso. Por lo demás, de ese mal no puede librarnos ni la policía, ni las mesas de seguridad, ni todas esas estructuras medias, por lo demás necesarias, sino solo la gracia curativa de Jesucristo. Si la posesión diabólica es algo, no es más que el hombre abandonado a su propio poder de destrucción y auto destrucción; el hombre que negará con sus hechos y sus palabras la verdad de Jesucristo.

 

MEDIO MINUTO CON EL EVANGELIO

Josef Ernst

 

La salvación de Dios viene en la Palabra, no en la palabra «en sí», sino en la palabra de Jesús. La predicación hoy, si se quiere distinguir de la enseñanza de los escribas del tiempo de Jesús, debe proponer la palabra con la autoridad de Jesús. La aburrida repetición y el girar en torno a lugares comunes es palabrería vacía. El espíritu y vida se hacen realidad en la comunidad que se reúne en el nombre del Señor. La predicación con autoridad toma forma concreta en la persona del predicador que está al frente de la comunidad.

 

Excursus.- Problema cristológico.

La tradición subyacente es una cosa, y otra la redacción final que cristaliza en lo que llamamos evangelio de Marcos. Entre estos dos momentos los especialistas ven tensiones vividas al interno de la comunidad.

 

  1. a) La imagen del taumaturgo, (hacedor de maravillas), carismático, y del exorcista, si se absolutiza resultan equivocadas, la tradición anterior a Marcos resalta la autoridad de Jesús y se distancia de la cristología de la gloria y de los milagros, poniendo en la boca del demonio el título insidioso de Santo de Dios. Mateo, en el episodio de las tentaciones, hace decir a Jesús: «retírate Satanás» (4,10). Dondequiera que hoy se privilegia unilateralmente el milagro, el lugar de la fe, una exhuberancia de entusiasmo en lugar de la penitencia y del recogimiento interior, el triunfo de Cristo en lugar de la cruz, hay un peligro inminente.

 

  1. b) Marcos, como redactor final, ha hecho derivar la autoridad de Jesús de su nueva enseñanza, es decir, del evangelio y de la cercanía del Reino. La autoridad de Jesús tiene sus bases en la causa que representa y que debe hacer llegar a los hombres. El milagro en la visión de Marcos es un elemento de la predicación del evangelio. La imagen del taumaturgo y del exorcista, viene completada por la de Jesús Maestro y así, se protege de distorsiones mágicas. La salvación de Dios viene en la palabra, no en la palabra en sí, sino en la palabra de Jesús. Marcos, diversamente a Mateo y Lucas (Sermón de la Montaña) ha renunciado a una exposición de contenido. Sin embargo, el tema de fondo, lo encontramos en el sumario de 1,14ss: Cuando detuvieron a Juan, Jesús se fue a Galilea a pregonar de parte de Dios la buena noticia…; el conjunto de parábolas del capítulo 4 debe ser entendido como una tentativa ejemplar de actualización de la predicación de Jesús.

 

  1. c) La predicación hoy, si quiere distinguirse de la enseñanza de los escribas en tiempos de Jesús, debe trasparentar el “hablar con autoridad” de Jesús. La aburrida repetición y el girar alrededor con palabras y más palabras, sólo es charlatanería. Espíritu y vida se convierten en algo vivo en la comunidad que se reúne en nombre del Señor. La predicción con autoridad toma forma concreta en la forma del predicador designado para ello.

 

Si tomamos en serio esto, ese enseñar con autoridad, tomaremos también en serio la homilía como el momento privilegiado para alimentar al pueblo. En cierto retiro espiritual nos decía el Padre Istibal que la inmensa mayoría de los católicos vive con el alimento que recibe en la misa dominical. Nunca hablaremos suficientemente sobre la importancia que tiene la homilía en nuestra liturgia; también ella es un momento litúrgico de la celebración.  Y también, habrá quien se oponga en ella; encontraremos siempre en la Sinagoga, el lugar menos indicado, al endemoniado que intenta abortar el proceso de enseñanza, de reflexión, de escucha e interiorización de la Palabra.

 

 

Leer homilía en JesúsMaestro