Jer 1,4-5. 17-19; Sal 70; I Cor 12,31-13,13; Lc 4,21-30

Peligroso cuando los

/profetas se cansan.

(J. Vasconcelos).

Jer
1,4-5.
17-19 – Solo contra todos – Durante el trágico periodo, cuando la caída del reino de Judá, Dios
llama a un hombre pacífico de nombre Jeremías y le confía la misión de
denunciar, de su parte, a una sociedad en descomposición. Jeremías comprende
que su vida será una lucha continua contra los poderosos. La palabra de la que
él es mensajero, le costará muy caro. Esta Palabra pondrá en duda las ilusiones
y seguridades de los hombres de su tiempo. Él tendrá la valentía de oponerse a
la mentira y rechazar el silencio de la vergüenza. En este hombre continuamente
perseguido, pero victorioso, se presenta, ya, todo lo que será la trama de la
existencia de Jesús.

Sal 70 – Leemos los primeros ocho versitos de este
salmo.
Síntesis de
lamentación y súplica para el futuro, y alabanza y acción de gracias por el
pasado; con una actitud presente de confianza. En la vejez y en la enfermedad
mira hacia adelante y hacia atrás, ha hablado con Dios.

En
cada momento de la vida, de la iglesia o del cristiano, la oración puede hacer
presente el pasado como una gran experiencia de salvación y de alabanza: así
aprende confianza y esperanza para el futuro. Es la función de la memoria.
Nunca debemos olvidar; en la Biblia, el olvido es un pecado. Cuando olvidamos,
cancelamos una relación, anulamos un amor. Con frecuencia escucharemos en la
Escritura: recuerda, Israel.

La
iglesia es, en cierto sentido, vieja, rica en experiencias, aunque siempre
renueva su juventud. También cada cristiano debe aprender a encontrar a Dios en
su propia vida, desde su juventud, desde el vientre materno: esos «milagros»
cotidianos tienen que volverse signos de la presencia divina: así aprenderá a
alabar a Dios por su propia vida, y a confiar en él en un presente tormentoso.
«Bendice, alma mía, al Señor y no olvides sus beneficios» (Sal. 102,2). Solo el
que no olvida hace oración.

I Cor
12,31-13,13 – Una única respuesta – La iglesia de Corinto ha dado muchas
preocupaciones a Pablo. Pero todas las respuestas del apóstol a estos problemas
y a las situaciones lamentables de aquella comunidad pueden resumirse en una
sola: el amor del cual él es el testigo. Se trata de un don que supera a los
otros. Para evitar, sin embargo, toda confusión de significado, Pablo da a este
amor no el nombre común de entonces «eros» (pasión posesiva), sino «ágape-caridad»
(amor que se da).

Lc 4,21-30 – El
rechazo de los conciudadanos – El discurso que Lucas pone en boca de Jesús en
esta lectura, es un verdadero discurso programático, y está en línea con la
intuición fundamental que el autor ha puesto a la base de su evangelio y de
Hechos: que la salvación propuesta, primero, a los hebreos, debe extenderse a
todas las naciones. Esta revelación suscita escepticismo y oposición entre los
paisanos de Jesús, que hubieran querido de él, no el anuncio de un compromiso
de liberación, sino signos sensibles de su poder, es decir, milagros, como los
había hecho en Cafarnaúm entre los paganos. Los celos y la envidia, realidades
cotidianas, casi habituales, lo destruyen todo. Siempre es así: el hombre
considera la religión como una inversión humana e intenta negociar con Dios
buscando solo los propios intereses.

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El relato de la vocación de Jeremías es
una figura de la vocación y consagración de Jesus. La vocación profética incluye una elección de Dios, una consagración,
un nombramiento. La elección precede totalmente a la existencia, como si la
fundase. Si Jeremías va a ser concebido y a nacer es para una misión específica
en la historia. La vocación no es algo sobrepuesto a la historia. Así es la
vocación de los profetas y la de Juan el Bautista y la de Pablo. Después de
todo es un proyecto que Dios realiza. Dios abarca entera la existencia en el
antes y también en el después. Antes de formarte en el vientre materno te
escogí, ese es el antes; y te nombré profeta de los paganos, es el después. No
se trata, nunca, de un feliz fin de semana; y menos, en el caso de Jeremías
cuya vocación y ministerio es profundamente humano y dramático. Esta vocación,
como la de otros profetas, prefiguran la vocación y consagración por el
espíritu de Jesús porque él “ha sido puesto para luz de las naciones y gloria
de su pueblo, Israel”, como dice Simeón a María.
En la reacción de los
oyentes en la sinagoga, vemos la ilustración de lo dicho a propósito de la
vocación de Jeremías.

La
reacción de los oyentes (4,22-30)
.

Sin solución de continuidad, Lucas pasa
de un estado de aceptación y admiración a otro de rechazo, de confrontación, de
polémicas acerbas y de intento homicida. Resulta por demás preguntarnos sobre
la secuencia histórica; tampoco a Lucas le ha interesado mayormente. Cierto,
Jesús llega a Nazareth, donde se había criado, precedido de fama. Estamos más
bien frente a la técnica narrativa de Lucas, que de esta manera nos pone ante
un hecho paradójico, casi incomprensible. “Alguien” presente entre los oyentes,
entre los que han escuchado el comentario de Jesús, pregunta, dirigiéndose
probablemente a la asamblea, a todos y a nadie en particular; ciertamente, la
pregunta no está dirigida a Jesús, la pregunta es un intento desmoralizador:
“Pero ¿no es este el hijo de José?”. La pregunta apenas logra ocultar el afán
de boicot, es un comentario venenoso que intenta sembrar la duda, la sospecha,
entre los oyentes. Ese “alguien” está siempre presente en la historia de la
iglesia, en la historia de nuestra propia fe; ese “alguien” que con una
pregunta tan maliciosa como oportuna, siembra la duda, la sospecha. Es la labor
del demonio. Después de todo, qué pretensiones tan desmesuradas las de este
hombre que no es más que el hijo del carpintero, al que vimos crecer entre
nosotros. Muchas preguntas podemos hacerle al texto. No se trata de una
historia, en el sentido moderno, Lucas nos propone ya desde el mismo debut de
Jesús, la suerte del Evangelio, la cantidad de razones que hay para no
aceptarlo.

La respuesta de Jesús también es
intempestiva y virulenta. Comienza por aplicarse un refrán: “médico, cúrate a
ti mismo”. Las palabras que siguen revelan demasiadas cosas y parece que las
pronuncia Jesús. Jesús parece decir que sus paisanos le reclaman: «lo que hemos
oído que sucedió en Cafarnaún, hazlo aquí en tu ciudad» (v. 23). Se trata de un
reclamo nacionalista, de un reclamo de grupos celosos, o de otras muchas cosas
que en el fondo significan una oposición frontal a Jesús y a su proyecto. En el
fondo no acepamos la humildad del evangelio y queremos, buscamos espectacularidad;
de ahí el éxito de los show man. Aun dentro de nuestras comunidades buscamos el
show, traemos gurúes de donde los haya, nuevas experiencias olvidando la
humildad del evangelio, olvidando que «solo el amor es creible».

La respuesta de Jesús es igualmente dura
cuando cita el caso de la viuda de Sarepta y del sirio Naamán. El ejemplo de
Elías y de Eliseo muestra que el camino de la salvación no está circunscrito a
los confines de la tierra prometida, ni es sólo para los hijos de Abrahán. Que
el buen Dios no es propiedad de Israel ni de nadie. Los dos profetas atestiguan
la preferencia divina por los pueblos paganos. También a ellos Dios les ha dado
su gracia. Este es un filón de la teología de Lucas que estructurará sobre todo
el Libro de los Hechos. También Jesús atenderá a una viuda fenicia y a un
leproso sirio. La salvación está dirigida al hombre, prescindiendo de la
sangre, de la tierra de origen y de las condiciones sociales.

Lo que está haciendo Jesús es lo que estaban
haciendo los discípulos cuando Lucas escribía su evangelio. Esto se ve con toda
claridad en el programa literario de Hechos en el que los discípulos están
llamados a llevar el evangelio hasta los confines del mundo. Los
estructuralistas ven en este pasaje la oposición entre dos ciudades, Nazareth,
la tierra de Jesús, y Cafarnaún, el centro de operaciones de su actividad
evangelizadora; el fracaso en su propia tierra y el éxito fuera de ella. No se
trata de un texto primordialmente histórico, aunque de cualquiera forma pudo
haber sucedido; más bien podemos hablar de un hecho profético. No solamente es
la historia de la evangelización, del trabajo de la Iglesia, sino la vida misma
de Jesús que fracasa en Nazareth y en Jerusalén. También en muchos ambientes
nuestros Jesús fracasa.

El hecho de que se haya ido, pasando por
en medio de ellos, sin ser asesinado, indica que el final llegará solamente
cuando Jesús lo decida.

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Meditación. ¿Qué significado
tiene para nosotros, hoy, esta página de Lucas tejida tan sabiamente? Nos
recuerda que ninguna patria puede pensar que el hijo del carpintero le
pertenece exclusivamente. Que ninguna sinagoga, ninguna iglesia, puede encerrar
en sí a Jesús. Y que los pueblos santos, tanto del antiguo Israel, como del
nuevo pueblo de los bautizados, deben convertirse continuamente y derrumbar los
muros que construyen alrededor de sí, para caminar hacia aquellos lugares
siempre nuevos donde Jesús quiere realizar el milagro de una humanidad
renovada. Es necesario que se pregunten si Jesús es el profeta de nuestra vida,
si es el profeta de nuestra iglesia. Desde los libros más antiguos de la biblia
se ve claramente que los profetas no son hombres del templo ni empleados del
palacio. Son hombres libres, enraizados en Dios y en la humanidad. Pastores de
la gran migración humana, viven bajo el cielo abierto y respiran el soplo del
Espíritu.

Con su mirada encendida ven
el fondo de su tiempo que a veces parece poner al desnudo el futuro. Su palabra
quiebra los horizontes cerrados. Su insoportable lucidez molesta a los hombres
superficiales que se mecen en sus sueños y en sus ilusiones, y a las
instituciones que se encierran en sí mismas. Estos «portavoces de Dios», como
los llamaba León Bloy, son también aquellos que ayudan al nacimiento de la
humanidad futura. El evangelista Lucas nos dice, en esta página llena de
significado, que Jesús pertenece a la raza ardiente e incómoda de los profetas.
Con su vida y con su muerte. Jesús nunca fue hombre del templo, aunque lo visitaba,
como buen devoto. ¿Dejaremos que renueve nuestras iglesias, para abrirlas a la
aurora de Dios?

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«Si yo convirtiera todos los
pueblos de la tierra al evangelio, si no tengo amor de nada me sirve
». (S. Teresita de Lisieux).

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