Ex.34,4-6,8-9; Daniel 3; 2Cor. 13,11-13; Jn. 3, 16-18

Las lecturas de esta fiesta tienen un denominador común, la revelación de Dios. Dios se le revela a Moisés en una teofanía afirmando: · Yo soy el Señor, el Señor Dios, compasivo y clemente, paciente, misericordioso y fiel”. Tal es la “definición” que Dios nuestro Señor hace de sí mismo. Ante semejante revelación Moisés se postra en tierra para adorarlo, diciendo: “Si de veras he hallado gracia a tus ojos, dígnate a venir hoy con nosotros, aunque este pueblo sea de cabeza dura; perdona nuestras iniquidades y pecados, y tómanos como cosa tuya”.  Imposible encontrar un diálogo más hermoso entre Dios y el hombre. Dios se revela como el amor y la compasión infinitos, el hombre reconoce su miseria y su pecado. Pero este reconocimiento no hunde en la desesperación, sino que invita a la confianza, a la humildad: «tómanos como cosa tuya».

 

Por su parte Daniel nos propone ese himno de bendición clásico; un reconocimiento de la grandeza de Dios. Pablo nos invita a la alegría, a trabajar en la santificación, a la animación mutua, a la paz y a la armonía, actitudes que hacen posible la comunidad, y concluye la carta con el saludo trinitario. Juan, a su vez,, nos presenta la ley de oro del N.T.: El amor infinito con el que Dios nos ha amado en su Hijo querido. 3,14-16. Se trata de la fiesta de la Santísima Trinidad.

 

Si los dioses de la mitología asustaban a los mortales con sus amenazas y poder destructor, Dios nos atrae con su amor. Sin embargo, hay quien rechaza este amor condescendiente y misericordioso. Así, los últimos siglos muestran un deseo por parte de muchos de alejar cada vez más a Dios de la vida social y personal: apartarlo, primero intelectualmente como hipótesis innecesaria para explicar el mundo y el sentido de la vida, y después socialmente, como si el amor fuera una afrenta al hombre al poner al descubierto su indigencia. La celebración de hoy  nos invita a contemplar la inmensidad de Dios, su grandeza insondable, y al  mismo tiempo, su cercanía misericordiosa que se hace visible en la revelación del amor en Jesucristo.

 

Pero, ¿cómo hablar de Dios?, y, ¿quién podría comprenderlo? Ante él estamos como aquél niño que se encontraba ante la infinitud del mar: sacaba y sacaba agua, y era como si no hubiera tomado nada; vaciaba el agua en el hoyo hecho en la arena y la veía resumirse y desaparecer. ¿Cómo definir aquello que nos rebasa por todos lados?, ¿cómo intentar expresarlo, sin tener al menos una cierta experiencia de lo infinito de las aguas?  Para conocer el océano, mejor sería zambullirse y perderse en él. No se puede hablar de Dios si antes no se ha aprendido a hablar con él: los hombres de oración, los santos, los que han hecho la experiencia del amor absoluto de Dios, Francisco de Sales, Teresa de Lisieux, San Juan de la Cruz o Edith Stain, son los que pueden transmitirnos la experiencia y nosotros aprender de ellos.

 

La nuestra es siempre una respuesta a la iniciativa de un Dios que se revela en la intimidad de la fe, para decir su nombre. Porque solo Dios puede hablar de Dios, y lo hace haciéndose hombre en Jesucristo. Jesús de Nazaret es el rostro humano del amor de Dios: en su persona, la plenitud de la divinidad ha acampado entre nosotros y su Espíritu murmura en nosotros el nombre secreto: «Abba» ¡Padre!  Sin embargo, la revelación de Dios Trinidad permanece como un misterio, es decir, como una realidad que supera los límites de cualquier definición: cuanto nos es dicho de Dios no puede más que remitirnos continuamente a un Dios “incircunscribible” (aperigrafos).

 

«Tanto a amado Dios al mundo» (Jn. 3,16) San Juan abre un espiral hacia el misterio de Dios y su proyecto sobre nosotros. Como los tres extranjeros hospedados por Abraham en la encina de Mambré, así Dios nos quiere compañeros de su eternidad: para partir su pan con nosotros, para darnos el alimento de la vida en una intimidad sin fin.  «Decir a alguien: te amo, es decirle: no morirás». (G. Marcel).  Es necesario remontarnos hasta la vida profunda de Dios para comprender que el amor del Padre por cada uno de nosotros y por la humanidad toda, da la vida eterna a quien cree en Jesús.

 

Nuestra vida es y se desenvuelve en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este misterio trinitario “nos movemos, existimos y somos”.

 

No cabe duda que, en la confección del Año Litúrgico, esta fiesta tiene el carácter de síntesis. Si mal no recuerdo, en la teología se llaman «Apropiaciones», a la obra atribuida a cada una de las Personas: al Padre, la creación, al Hijo, la redención y al Espíritu Santo, la santificación. Sin embargo, ad extra “omnia sunt comunia”.

 

En efecto, el dogma fundamental, del que todo fluye, y al que todo  se dirige, es el de la Santísima Trinidad. De ahí que, después de haber recordado uno tras otro, en el curso del ciclo litúrgico, a Dios Padre, autor de la creación, a Dios Hijo, autor de la redención, a Dios Espíritu Santo, autor de nuestra santificación, la Iglesia nos invita hoy a la consideración y rendida adoración del gran misterio que nos hace reconocer y adorar en Dios la «Unidad» de naturaleza y la «Trinidad» de Personas.

 

Existe por ahí un librito perdido en nuestras bibliotecas de extraña belleza y misticismo de M. Philipon, o.p. titulado “La Trinidad en mi vida”. Es una obra de rara belleza, publicado en N.Y. el 22 de octubre de 1956. Tal vez lo tengas entre tus libros olvidados; yo afortunadamente lo encontré esta mañana cuando me disponía a compartir contigo. Trascribo para ti el prólogo con el que el Padre Philipon presenta su obrita.

 

«La Trinidad es lo único necesario. El Valor Supremo que coloca a cada cosa en su lugar en el universo, la empresa de toda vida humana es la Trinidad lograda o perdida para siempre.

 

La historia del mundo es un drama de redención; ¡todo concluirá para algunos en la visión de Dios, para otros en una eterna desesperanza! Lo había juzgado así San Juan, bajo su verdadera luz, en una reflexión trastornadora. Cristo ha muerto “no sólo por una nación”, sino “para traer a la unidad a todos los hijos de Dios, dispersos”. Jesús mismo nos ha dado la luz definitiva, en este punto capital, en su última oración: “Padre, que todos los hombres sean consumados en nosotros, en la unidad”.

 

¿Por qué esta verdad fundamental no llena de luz todos los instantes de nuestra vida? ¡Cómo cambiarían todas las cosas si nosotros supiésemos comprender que a través de nuestras menores acciones se continúa la ascensión de las almas hacia la Inmutable Trinidad! Sería necesario colocar junto a todas las encrucijadas de nuestras grandes ciudades un policía o una flecha indicadora recordándonos el por qué de nuestro mundo y nuestra vida. Un único sentido: la Trinidad. “One way: to the Trinity!”

 

¿Por qué providencial coincidencia he sido yo puesto para lanzar a Nueva York este mensaje trinitario? Hundido en este inmenso hormiguero humano, ¡cómo no cruzar con angustia todos estos rostros de hombres y mujeres que corren a sus trabajos o a sus placeres, aplastados por los gigantescos edificios y rascacielos! Sin embargo toda alma humana, a ciertas horas, paladea esta nostalgia de lo absoluto, esta necesidad de evadirse hacia lo eterno y lo divino. ¿Cómo no ha de elevarse nuestra oración suplicante y fuerte como un clamor redentor por tantos hermanos nuestros que no tienen la luz? Se desearía hacer comprender a todas estas masas humanas la advertencia de Cristo: “El cielo y la tierra pasarán, mis palabras permanecerán eternamente”.

 

Pasarán todas nuestras grandes capitales modernas. ¡Nueva York pasará, pero la Trinidad jamás pasará! »

 

Siendo así, ¿por qué constituye para nosotros un problema la homilía de este domingo? ¿Por qué la predicación de este domingo no nos resulta fácil? ¿Qué diremos de la Trinidad? ¿Qué punto destacaremos? ¿No querrá decir esto que nos hace falta “contemplar” el misterio de Dios y vivir más en él? ¿Cómo explicarle a nuestra gente que nuestro destino, y el destino de la creación, es participar en esa altísima corriente de amor que es la vida trinitaria?

 

Con razón se quejaba el padre Rahner de que «somos demasiado monoteístas». Con ello quería decir que nuestra predicación se refiere siempre genéricamente “a Dios”, y que si, algún día llegáramos a saber que, quien se encarnó fue la Primera Persona de la Trinidad, en realidad, poco cambiarían las cosas.

 

Pero basta asomarnos a las lecturas del N.T. para encontrar por doquier la dimensión trinitaria que campea en la revelación novotestamentaria.

 

De hecho, todo en esta liturgia festiva, subraya que existe un contacto misterioso entre la realidad trascendente que es Dios, y nuestra pobre experiencia. La Sabiduría de Dios es eterna, pero está implicada en las vicisitudes de nuestra vida diaria: se divierte con el globo terrestre y encuentra sus  delicias en estar con los hijos de los hombres (I Lectura ciclo C). La vida íntima del Altísimo, que es amor, se ha derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu, nos dice San Pablo en la II lectura, (C), y esto engendra la esperanza y una esperanza que no defrauda. La garantía, tanto de nuestra filiación, como de nuestra esperanza, es el don del Espíritu que Dios nos ha dado. Este Espíritu, veíamos hace ocho días, es quien hace posible nuestra oración, es esa fuerza sin la cual no podemos ni siquiera confesar a Jesús como Señor; ese Espíritu es el que nos revela a Jesús y lo mantiene vivo en nuestro corazón y en nuestra historia. Él, el Espíritu, nos guía a la verdad plena, nos explica lo que va suceder y nos recuerda lo que Jesús nos ha dicho (Evangelio). Como se ve, no se trata de un contacto tangencial de la realidad infinita de Dios con nosotros, sino de un encuentro verdadero. Por la encarnación sabemos «que uno de los tres ha muerto por nosotros»; sabemos que es el Hijo porque él mismo  nos lo ha revelado. El fruto de su pascua – inmediato – en el don del Espíritu.

 

“Os exhorto a ofreceros como hostias vivas” (Rom. 12,1).

Un programa de vida trinitaria.

 

La cruz es el fondo del misterio de Cristo. “Se ofreció a Sí mismo a Dios en oblación y hostia (sacrificio) de aroma agradable” (Ef. 5,2). Este texto de San Pablo nos proporciona el secreto de la economía de la salvación; el contexto pone de relieve el móvil de esta redención: el amor. “Sed, pues, imitadores de Dios, como que sois sus hijos muy queridos; y proceded con amor, a ejemplo de Cristo que nos amó y se ofreció a Sí mismo a Dios en oblación y sacrificio de olor purísimo”. (Ef. 5,2)

 

La muerte de Cristo fue una inmolación de amor, para la gloria del Padre, por la salvación del mundo; y habrá  siempre en la Iglesia almas generosas, heroicas, perfectas  imitadoras de Cristo, que ofrezcan a Dios su vida en una incesante oblación de amor.

 

Por vocación, todo cristiano está consagrado a la cruz; pero procuremos no desviarnos de la simplicidad del Evangelio. No soñemos cosas extraordinarias. No tomemos una actitud de víctima demasiado rígida que nos singularice y nos dé a nosotros mismos la ilusión de que nos encontrarnos ante Dios y los hombres entre las almas privilegiadas.

 

Tracemos humildemente el surco de nuestra vida, día a día, con la conciencia de nuestra debilidad y con la convicción  de que el que siembra nada es  si no es apoyado por el Dueño de la mies. A él toda la gloria. «El pensamiento de que estoy obligado, como mi tarea principal y única, a hacerme santo cueste lo que cueste, debe ser mi preocupación constante; pero preocupación serena y tranquila, no agobiante y tirana», decía S. Juan XXIII

 

Ser oblación ante la Trinidad consiste simplemente en tomar en serio los compromisos del Bautismo y vivir como hijos de Dios bajo el signo de la Cruz por la práctica de todas las virtudes cristianas. La fe nos introduce en la intimidad de las tres Personas divinas, la esperanza nos hace tender hacia Dios para encontrar en Él nuestra suprema felicidad en la posesión prefecta de la Trinidad, el amor nos empuja hacia Dios para su mayor gloria y para la extensión de su reinado en el universo. Mientras más se vive de amor puro, tanto más se glorifica a Dios, tanto más se salva a las almas en unión con el Crucificado.

 

La vida teologal constituye el clima espiritual, la atmósfera habitual de una alma que se ofrece a la Trinidad: de la mirada constante sobre Dios, por la fe, orientando hacia Él el corazón por la esperanza, resulta el alma transformada más y más en Dios por el amor. “Sobrepasando todas las cosas visibles, el alma ha establecido en Dios su morada, en comunión con las Tres Personas Divinas, habitando con Ellas en una misma vida de luz, de amor y de alegría”. (B.XVI). Esta fe contemplativa, eminentemente práctica, guía su acción y le descubre el sentido divino de todos los acontecimientos del mundo, de los más pequeños detalles de su vida. No se detiene en las causas segundas. Iluminada por el Espíritu Santo, por los dones de inteligencia, de ciencia y de sabiduría, todo lo juzga a la luz de Dios, con la mirada de la Trinidad.

 

El alma no mira a lo terreno. Todo pasa. Camina  hacia lo eterno con el deseo único de perderse  en Dios y de gozar allí de la Trinidad en la unidad. Apoyada en la Omnipotencia protectora de Dios, avanza, con un alma de eternidad, “en un abandono total, sin inquietud ni pereza, deseosa de realizar, día a día, todo el bien, grande o pequeño, que está en su poder, ansiosa únicamente de la gloria del Padre, con la alegre libertad y la confianza sin límites de los verdaderos hijos de Dios”. (Teresa de Lisieux).

 

Por encima de todo, el alma vive de amor. No busca los éxtasis sino la voluntad de Dios, una perfecta conformidad a sus designios, el don total de sí y de sus bienes. Todo está en ella consagrado a Dios, a su mayor gloria, a la extensión de su reinado. Va más allá de lo finito. Vive de Dios, en el “amor puro, pero sobre la cruz”. El amor puro no es lo extraordinario sino “la intimidad de todos los instantes con Dios, sin que venga nada a distraer el alma de su oficio de amar”. (Teresa de Lisieux). No busca más, se adhiere sin reservas a todos los quereres de Dios, sin más afán que el de darle amor y de trabajar a través de todas las cosas, como Cristo, por la gloria del Padre. “Su ideal es la oblación, el don de sí por amor”. Así lo han hecho los santos. Pensemos en Carlos de Foucauld o en Teresa de Lisieux. Francisco de Sales, etc., Teresita decía: “He encontrado mi vocación en la iglesia: mi vocación es el amor”. Querría ver que el amor abraza a todo y que todos los seres proclaman la “alabanza de gloria” de la Trinidad. (cf. Ef. 1,12-14). Sueña con participar en todos los sufrimientos de Cristo para salvar al mundo con él; oblación por la iglesia con Cristo. Así vivió Teresita su vida, su enfermedad, su agonía, su muerte.

 

Este ideal sublime debe realizarse en la práctica cotidiana de la vida. Si las virtudes teologales conservan al alma en la vida inmutable, en comunión con las Tres Divinas Personas, las virtudes morales le permiten, a través de todas las cosas, obrar lo eterno, realizar la verdad en el amor. Entramos en su misterio inefable y tremendo, y él entra en nuestra pobre y mísera vida. Se trata de una mutua inmanencia. ¡Mirabile comertium!, admirable intercambio, decía S. Agustín.

 

Por lo demás, toda la vida cristiana, que comienza con el santo bautismo, y  hasta el final con la unción de enfermos antes de nuestra partida de este mundo, igual que todo el culto que tributamos a Dios, será siempre en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

De allí que la Doxología mayor de la Eucaristía, sea el Gloria perfecto, el momento más solemne de la Misa: «Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre Omnipotente, en la Unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria, por los siglos de los siglos».

 

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Un minuto con el Evangelio.

Marko I. Rupnik, SJ

 

Dios es la comunión de las tres santísimas Personas. La comunión es la vida, el aislamiento es la muerte. El pecado ha alterado las relaciones y el hombre se ha aislado; por eso, el salario del pecado es la muerte. Pero Dios, siendo amor, no puede dejar de buscar al hombre, a su criatura amada. Lo alcanza mediante el don de sí mismo. Dios Padre entrega a este hombre perdido, aislado y muerto a su propio Hijo. El Padre confía el Hijo a la muerte y, con el don del Hijo, acorta la distancia con el hombre muerto. Al adherirnos al Hijo, superamos la muerte porque el amor del Padre no lo deja en la tumba y la comunión no permite la putrefacción. El Hijo vuelve vivo de la muerte llevando consigo a aquellos que se le confían. El Espíritu santo es el Señor que da la vida precisamente porque graba la filiación en nuestro corazón. Es él quien nos une al Hijo y grita en nosotros. ¡Abbá! Es el que ora al Padre en nosotros, el que nos conduce a la verdad plena, el que nos interpreta las cosas que sucederán, el que nos colmará de gozo eterno junto al Padre y el Hijo por toda la eternidad.

 

 

 

 

Leer homilía en JesúsMaestro