Uno de los aspectos más preocupantes de las elecciones 2018 es que el pueblo no vote con la cabeza sino con el corazón. Como muchacha ingenua y enamorada que siente pero no piensa, así los mexicanos tenemos el riesgo de tomar una mala decisión el próximo 1 de julio, que después sea causa de grandes dolores de cabeza. No me refiero a ningún candidato en particular sino a todos en general, porque hasta hoy todos han caído en ese juego peligroso que se llama demagogia, juego que enciende las pasiones y nubla el buen juicio.

La demagogia es una deformación de la democracia. Se trata de una estrategia política para endulzar el oído del pueblo llenándole la cabeza de halagos y falsas promesas. La demagogia pretende conseguir la atención el pueblo promoviendo ideas radicales en las masas. El político demagogo va por la conquista de los sentimientos de los ciudadanos. Manipula la emoción y no estimula la razón.

Esta semana el periodista Sergio Sarmiento denunciaba las promesas de dinero que algunos candidatos están haciendo por conquistar a los electores. Uno de ellos ha prometido dar 1200 pesos mensuales a las jefas de familia; otro ofrece 3600 pesos al mes para los que ni estudian ni trabajan; otro más ha prometido un ingreso fijo para todos por el sólo hecho de ser mexicanos. Sin embargo ninguno de los candidatos explica cómo será todo eso posible, qué gastos y programas se recortarán para financiar el dinero regalado, cuáles impuestos tendrán un incremento y a cuánto subirá la deuda pública. A ninguno le importan los vicios que sus ofrecimientos puedan engendrar. Todo es demagogia que no mide las consecuencias de las promesas. Concluye el periodista diciendo: “Estamos camino al precipicio, pero no parece haber vuelta atrás. Las elecciones se compran con promesas irresponsables. Para impulsar políticas públicas sensatas, primero hay que llegar al poder”.

Es muy fácil que el pueblo se deje embelesar por soluciones fáciles y simplistas para los grandes problemas que aquejan al país. El político demagogo aprovecha los odios del pueblo, sus deseos recónditos, sus sueños y temores. Pero también un político se vuelve demagogo cuando durante su campaña se ocupa de subrayar los problemas y conflictos que se desatarán en caso de que no se vote por él sino por su rival. Todo ello se hace con el propósito de despertar el temor de los ciudadanos. Eso también es demagogia.

Recordemos cómo en el mundo han desfilado famosos personajes en los últimos tiempos: Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia, la pareja Kirchner en Argentina y Donald Trump en Estados Unidos. No importa si son de izquierdas o de derechas: todos ellos manipularon los sentimientos y sueños de sus pueblos, sembraron odios y creyeron que eran ellos los únicos capaces de interpretar los deseos de las masas. Lenin y Hitler también fueron demagogos. La demagogia es una constante de la historia. Ya en la antigua Grecia, Platón y Aristóteles advirtieron que de este tipo de políticos nace el autoritarismo que conduce a los países hacia gobiernos tiránicos y dictatoriales.

Es fácil detectar a los políticos demagogos. Se parecen a los encantadores de serpientes cuya música de su flauta los delata. Lo realmente difícil es que las masas no se dejen hechizar por su discurso, especialmente en tiempos de crisis. Y cuando las masas aplauden al demagogo, el riesgo de un estallido social se vuelve muy grave.

El próximo domingo veremos el segundo debate entre los cuatro candidatos (Margarita Zavala ya declinó). Hasta hoy han predominado los discursos demagógicos y los ataques personales entre los contendientes. Necesitamos ya escuchar argumentos serios y bien razonados que nos permitan discernir quién puede hacer el mejor papel como presidente de México. Estaremos muy atentos a lo que ocurrirá en Tijuana para ver si lo que proponen es razonable y posible, o si detrás de sus palabras se esconde esta forma de manipulación labiosa, y que puede llevar al país por el despeñadero.

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