El próximo 1 de julio los mexicanos iremos a las urnas para elegir al presiente de México. Mientras los cinco candidatos llevan a cabo su campaña, la sociedad mexicana tiende a polarizarse según los proyectos de nación que los candidatos proponen para el país. Las circunstancias apuntan para que al final de las contiendas electorales sean dos los contendientes fuertes en los que se decida la elección. Ello seguramente suscitaría apasionamientos y radicalismos que podrían dividir a los mexicanos.

Los obispos de México, preocupados por una de las elecciones más competitivas de las últimas décadas, nos invitan a razonar el voto y a no dejarnos guiar únicamente por nuestras emociones o sentimientos. Sabemos que ninguno de los candidatos es perfecto, pero no por ello estamos llamados a votar por ‘el menos peor’, sino por aquel que pueda hacer el máximo bien posible. Hemos de preguntarnos si con tal presidente habrá más paz, más seguridad, menos crimen organizado, mejor educación y desarrollo humano integral.

Los católicos hemos de tener en consideración algunos criterios que son fundamentales para el bien común de los mexicanos. En primer lugar el respeto que merece todo ser humano desde el vientre materno y hasta su muerte natural; también la definición inalterable del matrimonio, que es entre un hombre y una mujer. Asimismo, el derecho que tenemos todos a la libertad religiosa, es decir, a vivir personal y de manera comunitaria la religión. Algo fundamental es también la búsqueda del bien de los más pobres y excluidos de nuestro país. Por eso hemos de preguntarnos si con tal o cual candidato la vida será respetada, el matrimonio se reconocerá como monógamo y heterosexual, si la Iglesia gozará de libertad para cumplir su misión evangelizadora y si habrá procesos reales y no varitas mágicas para ayudar a combatir la miseria, la violencia y la corrupción.

Al sufragar el próximo 1 de julio, conviene que lleguemos a las urnas bien rezados, sabiendo que con nuestra decisión estamos haciendo la voluntad de Dios. Los obispos nos invitan a no dejarnos manipular para votar en bloque, y mucho menos dejarnos corromper por la compra de votos. Recordemos que las elecciones no son solamente para presidente de la república, sino para senadores, diputados federales, algunos gobernadores y más de mil presidentes municipales. Por ello hemos de votar por las personas concretas que puedan realizar, en lo posible, el auténtico bien de la sociedad. En todos los partidos y las alianzas existen candidatos que pueden aportar al bien común.

El ambiente de ataques entre candidatos y la polarización del electorado pueden hacer percibir que las cosas están pésimas en México, lo que podría llevarnos a vivir en la desesperanza. Pero la desmoralización no debe ser una actitud de católicos. El cristiano católico es, ante todo un optimista, alguien que sabe descubrir oportunidades y retos aún en las circunstancias más difíciles, alguien decidido a participar activamente en la transformación de su patria. Es saludable, entonces, agradecer a Dios por la oportunidad de trabajar por el bien de nuestro país y redescubrir tantas cosas buenas que se han logrado en los últimos años.

Preparemos desde hoy nuestro voto orando por el proceso electoral del 1 de julio. Sirva la oración que los obispos mexicanos han preparado con este motivo:

Dios Uno y Trino, invocamos tu asistencia amorosa a favor de nuestra nación en este año que ejerceremos nuestra responsabilidad ciudadana como una expresión de compromiso y participación en la construcción de nuestra Patria.
Padre eterno y bondadoso, ayúdanos a discernir con tu sabiduría para elegir a aquellos ciudadanos que puedan ejercer las funciones de gobierno con conocimiento, sensibilidad, competencia, honestidad y que sean constructores de la paz y la reconciliación.

Hijo único del Padre, que te encarnaste y asumiste un contexto histórico, en medio del pueblo de Israel, que tu ejemplo nos comprometa con nuestro propio pueblo para que ofrezcamos nuestra aportación constante en la participación y el compromiso ciudadano.

Espíritu Santo, fuente del amor del Padre y del Hijo, ilumina nuestra mente e inspira nuestros afectos, para que todos los habitantes de México seamos corresponsables y construyamos una nación donde reine el diálogo, la verdad, la justicia y la paz, que nos haga merecedores de la Patria del Cielo.

Todo esto, Dios Uno y Trino, lo suplicamos amparándonos en la intercesión maternal de Santa María de Guadalupe, Madre de todos los mexicanos, por Jesucristo nuestro Señor, amén.

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