¿Y si Cristo no hubiese resucitado?, titula Juan Arias, – exsacerdote de ¡84 años!, encargado de la edición portuguesa de El País -, su entrega a dicho Diario este Viernes Santo. “La Pascua cristiana, dice, replantea para la nueva teología el problema de la resurrección física de Jesús. Este año aún más, ya que después de varios siglos, 50 expertos acaban de restaurar el Santo Sepulcro de Jerusalén, en el que, según la tradición, había sido sepultado Jesús”.

Las traiciones tienen que serlo hasta el fondo fatalmente. Tenían las abuelas un refrán: ‘el que del cielo resbala, hasta el infierno no para’. Este ex religioso de extraordinaria preparación, debe saber que, si no hay resurrección física, ni siquiera podemos hablar de resurrección alguna; si físicamente Jesús no resucitó, Jesús está definitivamente muerto, también para nosotros. Y también nosotros estamos definitivamente muertos, sin esperanza, sin más futuro que la oscuridad y el vacío de la muerte. En este caso, como dice Pablo a los corintios, ‘somos los más vilmente engañados de los hombres’. ‘Si Cristo no resucitó, continúa, tampoco nosotros resucitaremos y estamos aún en nuestros pecados’. Entonces, «comamos y bebamos que mañana moriremos».

Cierto, la resurrección de Cristo es un evento único, pero es necesario encontrar el modo para vivirla día a día. A los ojos de los primeros cristianos, la mejor forma de hacerlo, era la vida comunitaria; es decir, aquello que se expresaba en una liturgia doméstica en torno a los recuerdos y los testimonios de los apóstoles, en un clima de gozo y de participación (Eucaristía). Nosotros, al contrario, no ponemos nada en común, ni en la liturgia, con frecuencia descolorida y aburrida, ni en la vida. La pasividad y el replegarse sobre sí mismo jamás podrán ser un signo de la presencia del Resucitado.

Así, pues, Jesús, según Arias, viviría solo en el recuerdo de los suyos. ‘Seguiría vivo en la memoria de los que lo habían amado. Así se lo dijo, al despedirse durante la última cena: “Haced esto en mi recuerdo”. Cada vez que ellos celebraran la pascua judía o cristiana, él estaría a su lado’. Aquí se dicen cosas ciertas, pero traen veneno. En efecto, Pablo dice, refiriéndose a la eucaristía: «cada vez que comemos de este pan y bebemos de este vino, anunciamos la muerte del Señor hasta que vuelva». No es indiferente que la celebración sea judía o cristiana; la diferencia es abismal. Además, la eucaristía no es un recuerdo, sino una memoria, “porque, cada vez que se celebra, se lleva a cabo la obra de nuestra redención”, tal es la oración de la Iglesia. Negar la resurrección física de Jesús, es chocar de frente contra los datos bíblicos, del N. y del Antiguo Testamento, es chocar de frente contra la fe cristiana y la tradición teológica y litúrgica de la comunidad de Jesús. Dice Pablo: «Ahora bien, si se proclama que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado, y si Cristo no ha resucitado, es vana nuestra proclamación, es vana nuestra fe. Y nosotros resultamos testigos falsos de Dios, pues testimoniamos contra Dios diciendo que resucitó a Cristo…» (ICor.15,12-15). La lucha dura más de veinte siglos. Hay que ser valiente para corresponder a la gracia de la fe. Ya decía yo que los judas pequeños no se ahorcan. 

Cierto, la comunidad cristiana debe siempre esforzarse en tomar conciencia de la “centralidad del misterio Pascual” liberándolo de lecturas reductivas meramente apologéticas o espiritualistas. En la Pascua la historia y el mundo están implicados en un nuevo proceso de transformación que los proyecta hacia Dios. Se trata de la verdadera ‘transmutación de los valores’. Cristo ha roto la prisión de los límites y de la muerte, del pecado y del fin, y ha inaugurado el reino de la redención y de la gracia. Es necesario devolver la fe cristiana a su matriz radical impidiendo, así, la reducción a un modelo vagamente ritual, filosófico, social o pietista. El misterio Pascual, – muerte y resurrección de Jesús -, es lo único que celebra el cristianismo, es el Centro de un nuevo sistema solar. Todo gira en torno al Resucitado.  Todo lo que a él se acerca participa de su luz, de su vida; todo lo que de él se aleja es oscuridad y muerte.

El Resucitado es una nueva forma de presencia. La muerte y la resurrección de Jesús no marcan un final, al contrario, son el episodio abierto hacia el verdadero futuro, de la historia y del mundo. A la manera del camino que, al salir del pueblecito, se prolonga y se pierde en lontananza, así, Jesús y su mensaje, su obra, avanzan hacia el futuro total. Los relatos evangélicos no se cierran, permanecen abiertos: “Vayan por todo el mundo… Yo estaré con ustedes hasta la consumación de los siglos”, así termina Mateo su relato.

La muerte y sepultura de Jesús, afirma J. Blank, (cf. 4/3 ad loc.), no representan la última palabra para la tradición del N.T. sobre el Señor. Más bien se marca para qué la persona de Jesús fue reconocida después por los discípulos bajo una nueva actividad.  El mensaje de que Dios había resucitado al crucificado Jesús, la fe pascual, pertenecía desde el principio al evangelio tal como la comunidad primitiva lo presentó a la opinión pública: «A éste Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos de ello… Sepa, pues, con absoluta seguridad toda la casa de Israel que Dios ha hecho Señor y Mesías a éste Jesús a quien ustedes crucificaron». (Hech 2,32.36). Y este Señor y Mesías no es una fantasma, un simple recuerdo en el amor de los suyos, a la manera como yo recuerdo a mis padres y hermanos muertos. Las llagas que conserva el Resucitado en su cuerpo glorioso nos confirman que es el mismo que colgó del madero el Viernes. No son capítulos añadidos sino el proyecto unitario del Padre que se realiza en admirable unidad.

Este mensaje de la resurrección de Jesús no es, por lo tanto, ningún apéndice suplementario, y en el fondo superfluo, al relato de los evangelios sobre Jesús, sino que expresa las nuevas relaciones con  Jesús de Nazaret en que se supieron inmersos, tanto la comunidad como los propios evangelistas, después de Pascua; para ellos la persona y la causa u obra de Jesús no había terminado en modo alguno sobre la cruz, antes bien, se mostraron como iniciadores que ponían en marcha un nuevo movimiento o desarrollo.

¿Duda o desprecio? No obstante, en los creyentes surgen dudas, entonces como ahora, sobre la forma, sentido original e historia y significado del hecho. Más ahora cuando la ciencia choca con el mundo de ideas e imágenes en que viene envuelto el relato de la resurrección. Falta todavía un inmenso trabajo exegético por hacer. Ciertamente el dato fundamental, el dato sobre el que descansa el edificio cristiano, nos llega a través del testimonio de “unos” que dijeron que se les apareció. El capítulo 24 de Lucas refleja lo que será la historia de este mensaje. El resucitado busca de nuevo a los discípulos que se han dispersado, deshechos interiormente, por el trauma de la cruz; los encuentra, los reúne: “espantados y temblando de miedo ellos pensaban que veían un fantasma”.  Y él les dijo: “¿por qué están turbados?, ¿por qué surgen dudas entre ustedes? Miren mis manos y mis pies (taladrados). Después les dijo: “esto es lo que les decía cuando todavía estaba con ustedes que tenía que cumplirse en mí todo lo que estaba escrito, y entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran la escritura”. Este episodio refleja la historia que habrá de repetirse a lo largo de los siglos.

Por último, la peor negación del misterio de la Resurrección y de la oferta de vida que comporta, son las dolorosas escenas de guerra que en estos días santos se han disparado en su peor forma. Los violadores del mundo, los señores de la guerra, han sacado las espadas olvidando que “el que a hierro mata, a hierro muere”.

Es menester que el resucitado, también a nosotros, nos abra el entendimiento para “comprender las Escrituras”. Sin esta gracia seguirán siendo para nosotros “un libro sellado con siete sellos”. Y la oscuridad nos cubrirá.

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