La pregunta: padre, tengo mucha ansiedad y miedo a morir. No sé por qué me sucede, estoy viendo un psicólogo y me ha ayudado, mas justamente ayer me dio ansiedad en la noche. Empecé a pensar que para mí ya no hay solución, ya que estoy viviendo en pecado porque estoy casada por el civil, mas no por la Iglesia. Yo sé que se trata de una trampa del Maligno pero, de verdad, no sé cómo regresar a Dios. Yo antes iba a la iglesia, servía y trataba de confesarme cada mes, comulgaba cada vez que podía, rezaba el rosario, y me alejé. No sé si estoy en una muerte espiritual, pero sé que nesesito ayuda, porque mis miedos y mi ansiedad me afectan al estar con mi esposo y mis hijos… confio en que Dios tiene el momento correcto en el que me pueda acercar a Él otra vez, mas no sé cómo sobrellevar lo que siento. Espero y me pueda guiar.

Padre Hayen: lo primero que debes hacer es recuperar la serenidad y la calma, para poder reflexionar y actuar. Si no te tranquilizas, seguirás alegrando al diablo, como hasta ahora. Al demonio no lo alegran tanto tus pecados, sino tu abatimiento, tu desaliento, tu desesperación y tu falta de confianza en la misericordia de Dios. Decía san Claudio: “El mayor mal que le puede suceder a un pecador no es pecar. El mayor y más terrible mal será siempre perder la confianza en la misericordia de Dios”. Así le sucedió a Judas, y terminó colgándose de un árbol.

Mira lo que hizo san Pablo, hija mía. Cuando el apóstol hablaba del pecado, decía que ni siquiera entendía lo que hacía, porque hacía lo que aborrecía. Veía que el pecado habitaba en él, y que en su carne no había nada bueno. No podía hacer el bien que quería, sino el mal que detestaba. Estaba desesperado y por eso exclamó: “¡Ay de mí! ¿Quién podrá librarme de este cuerpo que me lleva a la muerte?” Puedes entender su angustia leyendo Romanos 7, 14-25.

Pero el santo no se quedó mirando su situación horrorosa de pecado, sino que levantó su mirada hacia su Salvador y, al final, pudo exclamar: “¡Gracias a Dios, por Jesucristo, nuestro Señor!”. ¿Quién no se deprime al mirar tanto tiempo los estercoleros de nuestros pecados? Deja de estar mirando hacia la oscuridad y mira hacia arriba donde está Jesús resucitado, y alégrate porque el Señor ya está haciendo todo lo posible para echarte el salvavidas y librarte de tu angustia. Tienes un Salvador que se llama Jesucristo y a Él has de invocar.

Aprende de tus errores. Por nuestras debilidades, muchos católicos nos alejamos de Dios y de la Iglesia en algún momento de la vida. Y cometemos pecados que luego nos dan mucha vergüenza. Pero con la desesperación no conseguiremos nada. En cambio, si nos arrepentimos y pedimos perdón, el buen Dios nos perdonará y hasta puede convertirnos en grandes santos. Así que tu tristeza no te salvará, sino tu arrepentimiento. Pero tu arrepentimiento no debe ser desalentador, sino pacífico y lleno de confianza en la bondad de Dios. Dice el salmo 32: “El que hizo nuestro corazón, comprende todas nuestras acciones”.

¿No estás casada por la Iglesia? Pues cásate pronto, mujer; es lo primero que has de hacer para recuperar la gracia. Habla con tu pareja y exprésale tus inquietudes. Si bien te ama, querrá jurarte amor para toda la vida frente a un altar. Pónganse como meta próxima contraer matrimonio cristiano y busquen la asesoría de un sacerdote que les dé confianza. Recuerda que la única empresa definitivamente fracasada es la que no se intenta. Y pídele al Señor en tu corazón que llegue pronto el día en que puedas acercarte, antes de la boda, al confesionario. Ahí encontrarás a un sacerdote que te escuchará y te hará vivir la experiencia del hijo pródigo quien, luego de malgastar su vida con malas mujeres, regresó a la casa de su padre.

Siéntete afortunada porque hasta en estos momentos de tu vida, cuando todo parece perdido, Dios se manifiesta. Él sabrá sacar de estos males pasajeros, bienes mayores. Que Dios te consuele, hija, y levanta tu alma también hacia la Virgen María. Me despido con las célebres frases de san Bernardo de Claravall.

“¡Oh tú que te sientes lejos de la tierra firme, arrastrado por las olas de este mundo, en medio de las borrascas y de las tempestades, si no quieres zozobrar, no quites los ojos de la luz de esta Estrella, invoca a María!.

“Si, turbado a la memoria de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado a la idea del horror del juicio, comienzas a ser sumido en la sima del suelo de la tristeza, en los abismos de la desesperación, piensa en María.

“En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. 

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